Mientras periódicos y noticiarios abrían con elegías a Maricarmen y los políticos señalaban a quienes no guardaban un minuto de silencio en su memoria, la juez Beatriz Biedma comparecía en la Audiencia Nacional como perjudicada en el caso de las cloacas. Una causa en la que la UCO ha documentado seguimientos, contactos con organizaciones criminales y referencias a «eliminarla» como parte de la estrategia destinada a desestabilizar el proceso que afectaba al hermano del presidente del Gobierno.
Cuesta imaginar un asunto más grave en una democracia que una juez amenazada por investigar al entorno del poder. Y, sin embargo, la prioridad política e informativa ha sido Maricarmen. Es cierto que su caso tiene ventajas: desvía la atención de un complot siniestro que remite al PSOE y activa una emoción simple, irresistible y fácilmente transformable en metralla contra la oposición.
La misma noche en que murió Maricarmen, algunos ya estaban señalando a sus asesinos: los fondos buitre, los rentistas, el capitalismo, Ayuso, el PP. Mentiría si dijera que me sorprendió. Pero conviene tener cuidado con ese razonamiento. Si asumimos que Maricarmen murió porque fue desahuciada, y que los decretos del Gobierno impedirán que vuelva a producirse un caso igual, tendremos que asumir que el Gobierno tuvo en sus manos evitar su muerte. Cuando llevas ocho años gobernando, «gracias a mí no volverá a ocurrir» implica necesariamente «por mi culpa ocurrió hasta ahora». Mejor buscar soluciones que señalar culpables.
La historia de Maricarmen es trágica, pero el oportunismo con el que está siendo utilizada es tan descarado que da miedo pensar hasta dónde puede llegar. Maricarmen y la crisis de la vivienda es sólo un pretexto -uno más- para señalar la inhumanidad del adversario. Estos delirios emotivistas tienen una utilidad política formidable: se construye una emoción pública obligatoria, seguida de un ritual estricto para clasificar al personal por su grado de empatía; en realidad, de sumisión. Revisen las reacciones al minuto de silencio: no se trataba de honrar a Maricarmen, sino de pasar lista y denunciar la falta de humanidad del contrario.
El emotivismo aspira a convertir la compasión en obediencia política: ¿está usted con la empatía o es un miserable? ¿Con los buitres o con los vulnerables? Pero se puede sentir lástima por Maricarmen sin aceptar las tesis del Sindicato de Inquilinas. Se puede lamentar su muerte y, al mismo tiempo, pensar que no representa bien la crisis de la vivienda, que su situación contractual era excepcional o incluso que algunas de sus decisiones fueron discutibles. Y la muerte tampoco canoniza retrospectivamente a nadie. Quien pensara que Maricarmen se había aprovechado de una situación privilegiada, su fallecimiento no refuta esa opinión. Si acaso la vuelve más incómoda. La muerte exige respeto, pero no obliga a reescribir los hechos.
El problema del sentimentalismo no es solo que exagere unas cosas y desplace otras. También encarece la discrepancia: quien considera que el caso Maricarmen ha derivado en legislación apresurada, circo mediático e instrumentalización política no es considerado un mero discrepante, sino un sujeto carente de humanidad.
Está bien ser empático, conmoverse con las tragedias ajenas, luchar porque no vuelvan a ocurrir. Pero hay casos, como el de la juez Biedma, que deberían activar algo más que nuestra sensibilidad.
Quizá deberíamos guardar un minuto de silencio por nuestra capacidad de distinguir entre lo conmovedor y lo monstruoso.