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Economía

Lo que nos enseña el bloqueo de Ormuz sobre los fertilizantes y los combustibles fósiles

Lo que nos enseña el bloqueo de Ormuz sobre los fertilizantes y los combustibles fósiles
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La guerra en Oriente Próximo está poniendo de manifiesto que el mayor desafío alimentario al que se enfrenta el mundo es la falta de acceso a los combustibles fósiles. Leer
OPINIÓNLo que nos enseña el bloqueo de Ormuz sobre los fertilizantes y los combustibles fósiles
  • BJORN LOMBORG
Actualizado 28 ABR. 2026 - 13:01

La guerra en Oriente Próximo está poniendo de manifiesto que el mayor desafío alimentario al que se enfrenta el mundo es la falta de acceso a los combustibles fósiles.

Durante años, los activistas climáticos han afirmado que nuestro suministro de alimentos se ve gravemente amenazado por el cambio climático provocado por el uso excesivo de combustibles fósiles. Irónicamente, la guerra en Oriente Próximo está poniendo de manifiesto que el mayor desafío alimentario al que se enfrenta el mundo es la falta de acceso a los combustibles fósiles.

Hoy en día, la mitad de todas las calorías que consumimos procedentes de proteínas, carbohidratos y grasas solo son posibles porque se producen con fertilizantes artificiales, en su gran mayoría a partir del gas natural. Sin los combustibles fósiles, la mitad de la población mundial no tendría alimentos.

El conflicto en Oriente Próximo y el bloqueo del estrecho de Ormuz no solo están provocando un aumento de los precios mundiales de la energía. Lo más importante es que, normalmente, una cuarta parte de los fertilizantes del mundo pasa por ese estrecho, y el bloqueo está reteniendo gran parte de los fertilizantes que ayudarán a cultivar los alimentos que alimentarán al mundo durante el próximo año. La ONU estima que esto podría hacer subir los precios de los fertilizantes en un 15-20 por ciento y empujar al menos a otros 45 millones de personas a una situación de hambre grave.

Y, sin embargo, durante las últimas décadas, se nos ha repetido hasta el hartazgo que el uso de combustibles fósiles, responsable del calentamiento global, era el gran desafío para el abastecimiento alimentario mundial. Esa afirmación es casi totalmente errónea.

Seguridad alimentaria

Este argumento apocalíptico sobre el clima solo recibió atención porque perdimos de vista la maravilla que supone uno de los mayores logros de la humanidad en la era moderna: nuestra capacidad para abordar la seguridad alimentaria.

En los últimos 125 años, los alimentos se han vuelto considerablemente más baratos y abundantes, gracias al aumento de la productividad y la innovación. Lejos de un apocalipsis inminente, los datos revelan una historia de avances notables, en la que el cambio climático representa solo un obstáculo relativamente menor. Las reducciones radicales de emisiones corren el riesgo de hacer que los alimentos sean más escasos y caros para los más vulnerables del mundo.

Pensemos en el curso de la historia. En 1928, la Liga de las Naciones estimaba que más de dos tercios de la humanidad padecían hambre constante. Hoy en día, menos de una de cada diez personas en todo el mundo pasa hambre, una tasa que se redujo por debajo del 7% antes de que se produjeran alteraciones como el Covid-19 y la invasión de Ucrania por parte de Rusia.

Esto no es cuestión de suerte; es el resultado de que la humanidad haya quintuplicado la producción de cereales desde 1926, al tiempo que ha reducido a más de la mitad los precios mundiales de los alimentos en términos reales. Los ingresos se han disparado, sacando a miles de millones de personas de la pobreza extrema y ha permitido a las familias acceder a comidas más nutritivas. Esto ha evitado que más de cuatro mil millones de personas pasen hambre, lo que da testimonio del ingenio agrícola y del crecimiento económico.

Incluso ahora, hay muchos aspectos positivos. Las previsiones de abril de la ONU apuntan a otra cosecha mundial récord para la temporada 2025/26, ya que los cultivos se sembraron antes de la crisis.

No obstante, persisten las preocupaciones de cara a la próxima temporada, y en la actualidad alrededor de 670 millones de personas siguen padeciendo inseguridad alimentaria. En regiones como el África subsahariana, donde el rendimiento de los cultivos está muy por debajo de los promedios mundiales, los obstáculos son evidentes y deberían poder superarse: bajos rendimientos, agricultura de subsistencia y, lo que es más importante, falta de fertilizantes, pesticidas y mecanización de los procesos.

Sin embargo, las ONG y activistas occidentales, bien alimentados pero excesivamente preocupados por el cambio climático, han arremetido contra los fertilizantes artificiales por estar basados en combustibles fósiles. Con el respaldo de donantes y fundaciones adineradas, sugieren alegremente que África debería pasarse a la agricultura orgánica, a pesar de la evidencia que demuestra que esto reduce las cosechas y la seguridad alimentaria. Cuando Sri Lanka se pasó a la agricultura orgánica en 2021, la producción de arroz, el alimento básico del país, se desplomó en más de un 30%, y otros cultivos registraron caídas masivas.

Impacto neto negativo insignificante

Los activistas climáticos pintan un panorama desolador en el que el aumento de las temperaturas arrasa con los cultivos y agrava la hambruna, pero en su mayoría se equivocan. El cambio climático modificará las condiciones agrícolas, beneficiando a algunas zonas y planteando retos a otras, con un impacto neto negativo pero insignificante. Un estudio revisado por pares estima que el efecto sobre la agricultura reducirá el producto interno bruto mundial en menos del 0,06% para finales de siglo. El CO2 también es un fertilizante natural. Los niveles elevados de CO2 han reverdecido el planeta, añadiendo una superficie de vegetación equivalente a más del continente de Australia solo desde el año 2000.

Sin el cambio climático, se prevé que las calorías alimentarias mundiales aumenten un 51% para 2050 con respecto a los niveles de 2010. Incluso en un escenario de calentamiento extremo, las calorías alimentarias mundiales seguirían aumentando, aunque en un porcentaje ligeramente inferior, del 49%.

Las reducciones drásticas de las emisiones son una mala política si queremos mejorar la seguridad alimentaria. La política climática es una herramienta poco precisa y costosa: incluso las medidas más agresivas tardan décadas o siglos en influir de manera apreciable en el clima, con un costo de cientos de billones, mientras que la disponibilidad de calorías aumenta menos del 0,1%. Por el contrario, dar prioridad al crecimiento económico es más de 100 veces más eficaz, ya que aumenta el acceso a los alimentos en más de un 10% en cuestión de años, no de siglos.

Y las reducciones de emisiones perjudican a la producción de alimentos más que el cambio climático. Hacen subir los precios de los fertilizantes, el combustible para tractores y la tierra, lo que deja fuera del mercado a los pequeños agricultores. Los modelos ingenuos suelen pasar eso por alto, pero estudios minuciosos demuestran claramente que un futuro con bajas emisiones y precios elevados del carbono en general se traducirá en 50 millones más de personas que pasarán hambre para mediados de siglo.

La guerra en Irán ha puesto de manifiesto que la crisis alimentaria y climática no es más que una distracción. Para acabar con el hambre en los países en desarrollo, los pobres no necesitan costosas reducciones de emisiones de carbono ni obligaciones de agricultura orgánica impuestas por activistas de los países ricos. Lo que realmente necesitan es un mayor acceso a fertilizantes, a precios asequibles.

Bjorn Lomborg, presidente del Copenhagen Consensus Center y 'visiting fellow' en Hoover Institution de la Universidad de Stanford.

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Fuente original: Leer en Expansión
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