Koldo García Izaguirre es el único de los tres acusados del caso Mascarillas al que todos llaman por su nombre («don Koldo»), además del único sin traje. Lleva barba de abuelo, camina como un gigante encorvado y ayer, tras tantos días protestando y tomando notas al lado de Ábalos, se levantó del banquillo de los acusados para sentarse frente a los siete magistrados del Tribunal Supremo.
El legendario asesor se pasó el día testificando agarrado a una carpeta de folios con post-its amarillos y a un cuaderno blanco mientras el ministro al que sirvió con devoción cristiana cerraba los ojos más dormido que despierto. No fue un interrogado fácil. Dio demasiados rodeos para decir poco. Se dio importancia, boato. Y se mostró desafiante con el fiscal Luzón («usted no busca mi inocencia», le dijo, y le reprochó la «sonrisa» con que le miraba) y hasta con Leticia de la Hoz, su abogada («Ya vale, ya vale»). Así que, más allá de sus dos condenas por agresión y del retrato que de él hacen los informes de la UCO, nada acababa de encajar con la visión de bonachón que quiso ofrecer de sí mismo.
El vasco que dio nombre al caso Koldo explicó su vida entera, desde sus orígenes humildes como el mayor de seis hermanos hasta su EGB en la mili, pasando por sus noches como portero (sustituto) de bares de alterne en Navarra y sus pinitos en el muy progresista negocio del alquiler vacacional con los tres pisos que se compró en Benidorm. Una localidad que, según ha descubierto, tiene un potencial turístico destacado.
El objetivo era presentarse como un héroe de la patria que ha ayudado a «los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado» a «salvar vidas de españoles» luchando primero contra ETA y después contra el yihadismo, sin cobrar nada. De ahí que sólo pudiera hacer una cosa ya desde el Ministerio de Transportes: ayudar «a todo el mundo» que fuera a verle, siempre a cambio de nada, y «traer material sanitario» a todo correr cuando esos españoles estaban muriendo, costara lo que costara.
¿Corrupción? Ninguna: él se fio de Aldama, el amigo traidor. ¿Chistorras? Bueno... Tras haberlo negado siempre, ayer reconoció que «a veces» eran chistorras «de verdad» y otras, billetes de 500, que ingresaba legalmente del partido que lo ha echado.
Con su larguísimo interrogatorio, De la Hoz quiso demostrar que el incremento patrimonial que la UCO le atribuye no es cierto. Gracias a eso aprendimos que Koldo cobró más de 325.000 euros en su paso por el Ministerio (2019-2022), que recibió una indemnización de 62.000 por un accidente («un jabalí me atropelló») y que si compró tres pisos en Benidorm fue a base de hipotecas, rehipotecas y la ayuda fraterna. También supimos que Ábalos le debe entre 31.000 y 41.000 euros, según quién haga la cuenta. «Seguro que lo aclararemos», confió, cristiano.
El acusado dijo «joder» y «manda huevos». Soy «tosco» pero todo corazón, se defendía. Las manos le temblaban. A veces resoplaba condescendiente. Se le notó tenso cuando cargó contra su hijo nini de 27 años al que ha repudiado -«Si [el piso a nombre de su hija] estaría a nombre mío (sic) casi seguro que se lo lleva»-, y cuando «Leti» le obligó a hablar del tratamiento de fertilidad de Patricia Úriz -sí, Aldama lo pagó, pero él se lo devolvió a plazos-. También se mostró incómodo al hablar de la ex esposa y las amantes de «Jose», un hombre sencillo que «se conforma con un huevo frito» pero que ha tenido mala suerte con las mujeres.
En el receso para comer, De la Hoz pidió disculpas a Ábalos por esas preguntas, desagradables pero necesarias. «Es duro», contestó el ex ministro. Tenía el semblante devastado. Pasadas las seis y media, Arrieta le ofreció empezar su declaración. «No está en condiciones», respondió su abogado.