Árboles genealógicos, visados para Brasil fechados en la década de 1950, certificados de nacimiento manuscritos tan ininteligibles que requieren la intervención de un perito calígrafo y rastros que se remontan a más de un siglo. Estas son algunas de las pistas con las que la dupla formada por Lorenzo Navarro y su hijo, Guillermo Navarro, intenta encontrar herederos legítimos de pisos vacíos de Madrid cuyos propietarios murieron sin descendencia conocida.
El despacho mantiene abiertas entre 500 y 800 investigaciones al mismo tiempo. En los casos más complejos, cuando finalmente aparece un heredero lejano que desconocía la existencia del fallecido, estos cazadores de herencias cobran como comisión hasta el 30 % del patrimonio neto. Es un negocio peculiar que el propio Lorenzo Navarro inventó hace más de medio siglo.
Hoy, superados los 80 años, sigue acudiendo cada mañana al despacho y trabaja «incluso los sábados y los domingos» en alguno de los expedientes que su equipo tiene en marcha. Cada caso encierra una historia distinta que ha llevado a padre e hijo a lugares tan dispares como Anchorage (Alaska), Sudáfrica, cárceles españolas y francesas o los alrededores de Sídney. Allí localizaron a un hombre de Carabanchel que había vivido en Filipinas y Hong Kong después de encontrar su nombre en una revista australiana de jardinería.
Las investigaciones casi siempre empiezan de la misma manera: con un chivatazo. «Pagamos un incentivo de 3.000 euros a quien nos avisa de un piso vacío sin herederos conocidos cuyo caso resolvemos con éxito». Las alertas suelen proceder de porteros, administradores de fincas o vecinos que detectan viviendas cerradas durante años. El aviso suele ser directo: «Aquí hay un piso vacío, ha vivido una señora que se ha muerto y llevan años sin aparecer nadie».
A partir de ahí comienza una investigación que se parece más a una mezcla entre agencia de detectives y archivo histórico que a una gestoría. «Partimos del fallecido... buscamos el nacimiento, vemos quiénes eran sus padres, quiénes eran sus abuelos», detalla Guillermo Navarro.
A veces, la reconstrucción obliga a retroceder hasta finales del siglo XIX. «Nos retrotraemos hasta 1870 o 1880 más o menos». El problema es que la mayoría de los registros digitalizados solo cubren la segunda mitad del siglo XX. «Los documentos que están digitalizados son a partir del año 50... los anteriores no».
Eso obliga a rastrear archivos parroquiales, registros civiles olvidados y expedientes notariales que, en muchos casos, solo sobreviven en papel amarillento. En ese punto, el trabajo se vuelve casi artesanal. Por eso, en el despacho conviven abogados, expertos en genealogía y criminólogos que reconstruyen árboles familiares a partir de documentos dispersos.
Sin embargo, localizar al heredero es solo la primera parte. Después llega la tarea de convencerlo de que la llamada no es una estafa. «Muchas veces recibimos portazos o teléfonos colgados». La reacción habitual, cuentan, es pensar: «Esto es la estafa del nigeriano».
La desconfianza es comprensible. En muchos casos, los familiares apenas se conocen o ni siquiera sabían que el fallecido existía. «Como un primo lejano al que viste de pequeño cuando había una fiesta familiar y no has vuelto a saber de él. Pues, cuando se ha muerto, ni te has enterado», resume el padre.
La diáspora española que emigró entre los años treinta y sesenta complica aún más la búsqueda. Durante décadas, la emigración española por razones políticas y económicas repartió familias por medio mundo, lo que hace que aparezcan habitualmente herederos en Francia, Argentina o Estados Unidos.
Cuando el heredero finalmente acepta, comienza la parte más burocrática del proceso. Desde el despacho explican que la ley española permite heredar, en ausencia de descendientes directos, hasta el cuarto grado de parentesco. Es decir, primos. «Si no aparece nadie, la herencia pasa al Estado o a la comunidad autónoma», resumen.
Este es un supuesto desafortunado para la dupla familiar de abogados, porque el despacho solo cobra si la operación llega a buen puerto. «Trabajamos a resultado. Cobramos un porcentaje si finalmente logramos que la herencia salga adelante».
Después llegan los trámites: escrituras, impuestos y, a veces, desacuerdos entre familiares que ni siquiera se conocían. Aunque localizar a los beneficiarios puede llevar solo unos meses, completar la herencia puede alargarse en el tiempo. «Lo normal es que nos vayamos a un año y medio», precisan.
El aspecto fiscal tampoco ayuda. Cuando los herederos son parientes lejanos, el impuesto puede dispararse. «El tipo máximo es el 34 %, multiplicado por dos: 68 %. Luego hay que añadir intereses y plusvalía municipal».
Mientras tanto, a la espera de un primo lejano, los pisos permanecen cerrados durante años y se van deteriorando lentamente. En algunos casos, han llegado a encontrar personas fallecidas en su interior, lugares conservados como una cápsula del tiempo «desde los años 50» y, en numerosas ocasiones, viviendas plagadas de nidos de palomas u okupadas.
Cuando la herencia finalmente se desbloquea, lo habitual es vender la vivienda y repartir el dinero. Los beneficiarios, que han llegado a ser hasta 50, en muchos casos ni siquiera se conocen entre sí, por lo que «lo más habitual es liquidarlo [vender] y que cada uno reciba su parte», explican. Aun así, no resulta raro que padre e hijo hayan repartido viviendas millonarias «de hasta cinco millones en el barrio de Salamanca», precisan. «Hemos hecho rica a mucha gente», sentencian.