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Los cineastas que se aman a sí mismos con locura

Los cineastas que se aman a sí mismos con locura
Artículo Completo 1,180 palabras
Quererse a uno mismo es algo natural y no hay nada malo en ello, a no ser que ese amor propio tenga el tamaño del Empire State o uno se vea reflejado en el espejo de Narciso . Todo el mundo se quiere, unos más y otros menos, y da igual que se dedique al arte o que sea verdugo, 'sacamuelas', catador de comida para mascotas o crítico de cine. Apreciarse, aceptarse, valorarse es necesario para conservar cierto equilibrio, y más en esas actividades que no tienen un, digamos, gran respeto social, porque, al fin y al cabo, si se es artista y de los buenos ya se ocupa el resto del mundo de quererte.Los artistas, y en ese apartado meteremos a los directores de cine , por lo general tienen un gran concepto de sí mismos y se quieren lo suficiente y a veces mucho más, y son esos los que nos interesan aquí, los directores de cine que literalmente están enamorados de ellos mismos, hasta el punto de que muchos de esos cineastas no encuentran otro 'tema' mejor para su obra que enseñarse y repasarse en ella de arriba abajo.Noticia relacionada general No No Crítica 'Amarga Navidad' (***): Almodóvar lanza su vehículo contra sí mismo Oti Rodríguez MarchanteEn el cine español hay varios casos, aunque ninguno tan interesante y contradictorio como el de Albert Serra , personalísimo cineasta que no hace películas que hablen de él: de él habla, y mejor que nadie, el propio Albert Serra, que se considera no solo el mejor sino también el 'único', y no será su última película, 'Tardes de soledad' , la que diga lo contrario. Una obra maestra e imperecedera la mire quien la mire. Casi a su misma altura está Juanma Bajo Ulloa , también personalísimo y, aunque él no lo diga, 'único', que sabe llenar su cine de ingredientes imposibles para cualquier otro.Otros dos directores que se quieren con locura son Julio Medem y Pedro Almodóvar , que sí construyen un cine con la necesidad de quedar retratados en él, especialmente Almodóvar, que además lo hace con el aspecto realmente atractivo de actores como Antonio Banderas o Leonardo Sbaraglia , que lo interpretan en la pantalla a pesar de que, probablemente, no sean mejores actores que el propio director. Julio Medem, es cierto, tiene un universo y trata de diluirse en él con cierta discreción, pero Almodóvar, en cambio, si no se nota que está hablando de él, de su universo, de sus dolores y de su gloria, no se siente a gusto. Tenemos que saber que él es el centro de sus películas. Sabido queda.Como es natural, en estos terrenos de los cineastas que se consideran 'El Pasmo de Sicilia', ninguno de los directores españoles ha sido el primero, ni el único. Qué pensaría Orson Welles si dijéramos tal cosa; o, por ponerle un poco de salsa al asunto, cómo olvidarnos de Stanley Kubrick, de Bergman o de David Lynch …, con el amor que se han profesado solo ellos tres podría hacer su más apasionado folletín Nicholas Sparks. Hay que decir que es un enamoramiento propio muy razonable, pues a Welles, Kubrick o Lynch los amamos todos mucho, sí, aunque no tanto como se han querido ellos.Y no se puede escribir una línea más sin citar a Jean-Luc Godard , que siempre tuvo la certeza de que el séptimo arte lo había inventado él. Nadie se ha querido tanto y, me temo, que nadie ha querido tanto sus películas como Godard. Qué gran frase que solo puede ser suya: «Quien salta al vacío no debe explicaciones a quienes se quedan mirando». Los que no tenemos por costumbre saltar al vacío, lo entendemos perfectamente y no le pedimos explicaciones, ni siquiera esa de 'defina usted saltar al vacío', porque el 'vacío' en una película no sé si es el mejor atractivo para ir a comprar una entrada.«La mirada de Woody Allen consigue atravesar en sus películas su propio ombligo para mirar de frente el ombligo del mundo»Y Lars Von Trier, Christopher Nolan, Darren Aronofsky…, todos ellos excelentes y con un gran ombligo al que mirarse. Y no nos olvidemos del italiano Paolo Sorrentino , que acaba de estrenar su última película, 'La Grazia', en sintonía con sus mejores talentos y también, a su modo sereno, reflexivo y contemplativo, presumida como pocas. Pero, el enamoramiento de Sorrentino consigo mismo palidece al lado del que se tiene otro director italiano, Nanni Moreti , cuyas películas (muchas de ellas excelentes) siempre juegan en casa y contra el espejo del salón. Además de entretenido, audaz y políticamente resbaladizo, el cine de Moreti es un prospecto, un manual de instrucciones de sí mismo.¿Y qué pasa con Woody Allen ?, podría pensarse que el director neoyorquino tendría que ser el primero de la lista, pero en realidad la mirada de Woody Allen consigue atravesar en sus películas su propio ombligo para mirar de frente el ombligo del mundo . Aunque se cuenta a sí mismo, es evidente, lo hace con la intención de contarnos a todos los demás cómo somos, y muchas veces con gran intuición, puntería, desolación y gracia.Todos ellos y otros muchos que se obvian sin la intención de menospreciarlos son grandes creadores que se aman con locura y se untan como la mejor mantequilla en su propia obra. Tendrán, como todos, sus depresiones, abatimientos e instantes de dudas, pero en su obra dan la impresión de recordar siempre que un día fueron el espermatozoide más veloz de todos , frase que, por otra parte, la ciencia puede demostrar ahora que es falsa. A los demás, nos da un poco lo mismo, pero mejor que ellos no se enteren.

Quererse a uno mismo es algo natural y no hay nada malo en ello, a no ser que ese amor propio tenga el tamaño del Empire State o uno se vea reflejado en el espejo de Narciso. Todo el mundo se quiere, unos más ... y otros menos, y da igual que se dedique al arte o que sea verdugo, 'sacamuelas', catador de comida para mascotas o crítico de cine. Apreciarse, aceptarse, valorarse es necesario para conservar cierto equilibrio, y más en esas actividades que no tienen un, digamos, gran respeto social, porque, al fin y al cabo, si se es artista y de los buenos ya se ocupa el resto del mundo de quererte.

Los artistas, y en ese apartado meteremos a los directores de cine, por lo general tienen un gran concepto de sí mismos y se quieren lo suficiente y a veces mucho más, y son esos los que nos interesan aquí, los directores de cine que literalmente están enamorados de ellos mismos, hasta el punto de que muchos de esos cineastas no encuentran otro 'tema' mejor para su obra que enseñarse y repasarse en ella de arriba abajo.

'Amarga Navidad' (***): Almodóvar lanza su vehículo contra sí mismo

En el cine español hay varios casos, aunque ninguno tan interesante y contradictorio como el de Albert Serra, personalísimo cineasta que no hace películas que hablen de él: de él habla, y mejor que nadie, el propio Albert Serra, que se considera no solo el mejor sino también el 'único', y no será su última película, 'Tardes de soledad', la que diga lo contrario. Una obra maestra e imperecedera la mire quien la mire. Casi a su misma altura está Juanma Bajo Ulloa, también personalísimo y, aunque él no lo diga, 'único', que sabe llenar su cine de ingredientes imposibles para cualquier otro.

Otros dos directores que se quieren con locura son Julio Medem y Pedro Almodóvar, que sí construyen un cine con la necesidad de quedar retratados en él, especialmente Almodóvar, que además lo hace con el aspecto realmente atractivo de actores como Antonio Banderas o Leonardo Sbaraglia, que lo interpretan en la pantalla a pesar de que, probablemente, no sean mejores actores que el propio director. Julio Medem, es cierto, tiene un universo y trata de diluirse en él con cierta discreción, pero Almodóvar, en cambio, si no se nota que está hablando de él, de su universo, de sus dolores y de su gloria, no se siente a gusto. Tenemos que saber que él es el centro de sus películas. Sabido queda.

Como es natural, en estos terrenos de los cineastas que se consideran 'El Pasmo de Sicilia', ninguno de los directores españoles ha sido el primero, ni el único. Qué pensaría Orson Welles si dijéramos tal cosa; o, por ponerle un poco de salsa al asunto, cómo olvidarnos de Stanley Kubrick, de Bergman o de David Lynch…, con el amor que se han profesado solo ellos tres podría hacer su más apasionado folletín Nicholas Sparks. Hay que decir que es un enamoramiento propio muy razonable, pues a Welles, Kubrick o Lynch los amamos todos mucho, sí, aunque no tanto como se han querido ellos.

Y no se puede escribir una línea más sin citar a Jean-Luc Godard, que siempre tuvo la certeza de que el séptimo arte lo había inventado él. Nadie se ha querido tanto y, me temo, que nadie ha querido tanto sus películas como Godard. Qué gran frase que solo puede ser suya: «Quien salta al vacío no debe explicaciones a quienes se quedan mirando». Los que no tenemos por costumbre saltar al vacío, lo entendemos perfectamente y no le pedimos explicaciones, ni siquiera esa de 'defina usted saltar al vacío', porque el 'vacío' en una película no sé si es el mejor atractivo para ir a comprar una entrada.

«La mirada de Woody Allen consigue atravesar en sus películas su propio ombligo para mirar de frente el ombligo del mundo»

Y Lars Von Trier, Christopher Nolan, Darren Aronofsky…, todos ellos excelentes y con un gran ombligo al que mirarse. Y no nos olvidemos del italiano Paolo Sorrentino, que acaba de estrenar su última película, 'La Grazia', en sintonía con sus mejores talentos y también, a su modo sereno, reflexivo y contemplativo, presumida como pocas. Pero, el enamoramiento de Sorrentino consigo mismo palidece al lado del que se tiene otro director italiano, Nanni Moreti, cuyas películas (muchas de ellas excelentes) siempre juegan en casa y contra el espejo del salón. Además de entretenido, audaz y políticamente resbaladizo, el cine de Moreti es un prospecto, un manual de instrucciones de sí mismo.

¿Y qué pasa con Woody Allen?, podría pensarse que el director neoyorquino tendría que ser el primero de la lista, pero en realidad la mirada de Woody Allen consigue atravesar en sus películas su propio ombligo para mirar de frente el ombligo del mundo. Aunque se cuenta a sí mismo, es evidente, lo hace con la intención de contarnos a todos los demás cómo somos, y muchas veces con gran intuición, puntería, desolación y gracia.

Todos ellos y otros muchos que se obvian sin la intención de menospreciarlos son grandes creadores que se aman con locura y se untan como la mejor mantequilla en su propia obra. Tendrán, como todos, sus depresiones, abatimientos e instantes de dudas, pero en su obra dan la impresión de recordar siempre que un día fueron el espermatozoide más veloz de todos, frase que, por otra parte, la ciencia puede demostrar ahora que es falsa. A los demás, nos da un poco lo mismo, pero mejor que ellos no se enteren.

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Fuente original: Leer en ABC - Cultura
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