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Los Dacal, la familia a la que mató el apagón por culpa de un generador prestado: "Son víctimas como las de Adamuz"

Los Dacal, la familia a la que mató el apagón por culpa de un generador prestado: "Son víctimas como las de Adamuz"
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Francisco, Antonia y su hijo, Francisquito, fallecieron por el gas de un equipo de emergencia que encendieron para sostener en funcionamiento un respirador. Doce meses después, EL ESPAÑOL reconstruye una tragedia que apenas ha tenido eco. Más información: España, sumida en la oscuridad: el lunes en el que el gran apagón dejó a millones en silencio

Placa en el cementerio de Vilar de Santos (Orense), donde reposan las cenizas de Francisco Dacal, Antonia Fernández y su hijo Francisco José, fallecidos la noche del apagón. Tres nombres y una misma fecha —29 de abril de 2025— condensan en este nicho la historia de la familia que murió en su casa de Taboadela. Julio César R. A.

Reportajes EL GRAN APAGÓN Los Dacal, la familia a la que mató el apagón por culpa de un generador prestado: "Son víctimas como las de Adamuz"

Francisco, Antonia y su hijo, Francisquito, fallecieron por el gas de un equipo de emergencia que encendieron para sostener en funcionamiento un respirador. Doce meses después, EL ESPAÑOL reconstruye una tragedia que apenas ha tenido eco.

Más información: España, sumida en la oscuridad: el lunes en el que el gran apagón dejó a millones en silencio

Orense Publicada 25 abril 2026 01:37h Actualizada 26 abril 2026 02:46h

La casa sigue cerrada. A las afueras de Taboadela, en Galicia, sin lindar con ninguna otra vivienda, con el césped crecido y sin cuidar, las persianas bajadas y las puertas selladas, como si el tiempo se hubiera detenido en la noche del 28 de abril de 2025.

Aquí murieron tres personas intentando seguir con vida. Francisco Dacal, de 81 años, necesitaba un respirador para poder respirar; cuando se fue la luz en el gran apagón que dejó sin suministro a buena parte de la Península Ibérica, su familia encendió un generador para mantenerlo conectado.

El aparato, instalado en la planta baja de la vivienda, liberó monóxido de carbono. El gas subió por la casa mientras dormían. A la mañana siguiente, los tres —Francisco, su mujer Antonia Fernández, de 77, y su hijo Francisco José, de 56— estaban muertos.

El 'gran apagón' mató hace 1 año a la familia Dacal en Orense.

Aquel día, España se apagó de golpe: trenes detenidos en mitad de la vía, hospitales activando generadores de emergencia, ciudades enteras iluminadas por velas y móviles, millones de personas tratando de orientarse en la oscuridad sin saber cuánto duraría.

Fue un colapso súbito, masivo, que se vivió como una anomalía pasajera —unas horas sin luz— pero que dejó un rastro más profundo en los márgenes del sistema, allí donde la electricidad no es un confort sino una condición para seguir viviendo.

En ese mapa de consecuencias, cinco muertes quedaron registradas como directamente vinculadas al apagón. Tres de ellas ocurrieron en esta casa. El resto del país recuperó la luz; aquí, no volvió nada.

De aquellas cinco víctimas apenas se habló después. No hubo nombres que se fijaran en la memoria pública, ni relatos que sobrevivieran al ciclo informativo. Un año más tarde, lo que queda es esto: una casa cerrada, tres personas muertas y la sensación persistente de que fueron, también, los muertos de los que nadie habló.

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Un pueblo mudo

El acceso a la casa de los Dacal Fernández es directo desde la carretera. No hay vecinos pegados a la casa que puedan dar continuidad a lo que ocurrió. El silencio pesa más aquí que en el resto del pueblo.

Taboadela, unos 1.500 habitantes, recuerda todavía el impacto de aquella mañana en la que una trabajadora del servicio de ayuda a domicilio llamó a la puerta y nadie contestó. Lo hacía con regularidad: la familia era usuaria del servicio. Avisó al teniente de alcalde.

Después llegó la Guardia Civil. Cuando entraron, encontraron los tres cuerpos sin vida en el interior de la vivienda. Los agentes de Policía Judicial constataron una alta concentración de monóxido de carbono

La vivienda, con signos todavía de esa noche —como la cinta de la Guardia Civil en el garaje— permanece intacta en Taboadela, una población de 1.500 habitantes en Orense. Julio César R. A.

La hipótesis, sostenida desde el primer momento por fuentes municipales y por la investigación, es la de una intoxicación por la mala combustión del generador que habían puesto en marcha para alimentar el respirador del padre durante el apagón.

Francisco Dacal había sido juez de paz en el municipio durante años, aunque su oficio fue siempre el de electricista. En los últimos tiempos le habían detectado un cáncer y necesitaba estar conectado de manera constante a un respirador.

Su mujer, Antonia, se había dedicado a cuidar del hijo, Francisco José, con discapacidad. En el pueblo lo llamaban Francisquito. "Eran amor puro", repiten quienes los conocieron. "Él siempre venía a tomarse el café por la mañana", recuerda una camarera del bar donde el padre se sentaba cada día

No fue al día siguiente del apagón y eso encendió una alarma íntima antes de que llegara la oficial. Otro vecino, con el que compartía rutinas, recuerda haber estado con él la tarde anterior: le ayudó a sacar el coche, a prepararse para pasar la noche sin luz.

"Se fue sobre las tres y media y me dijo que estaba todo bien", diría después. Fue la última vez que lo vio. "Nunca se les reconoció como víctimas. Cerraron rápido el caso. Pero no creo que sean menos víctimas que las de Adamuz, porque se podría haber evitado", sentencia. "Si Dios así lo quiso...", contrapone una vecina.

Sin raíces familiares

Los Dacal Fernández llevaban más de cuarenta años en Taboadela, pero no eran de allí. Ese matiz explica en parte lo que queda hoy: memoria difusa, sin raíces familiares visibles en el pueblo. Los vecinos los recuerdan, pero no hay continuidad. No hay hijos, no hay hermanos que vayan y vengan, no hay casa abierta.

Fueron enterrados en Vilar de Santos, otro pueblo a unos treinta kilómetros, cerca de la frontera con Portugal, en un acto discreto. Sus restos fueron incinerados y una discreta placa en un nicho guarda sus nombres.

Placa en el cementerio parroquial de Vilar de Santos (Orense), donde EL ESPAÑOL localizó las cenizas de Francisco Dacal, Antonia Fernández y su hijo Francisco José, fallecidos la noche del apagón. Julio César R. A.

Allí sí hay un rastro más nítido: EL ESPAÑOL ha podido confirmar que Francisco tenía un hermano, que falleció poco después de la tragedia, y una hermana que aún vive en esa localidad, presumiblemente anciana, aunque no ha sido posible localizarla.

Sus habitantes conocen el suceso por la prensa local. "Algo muy triste", sostienen en el centro social del pequeño municipio. Pero nada más. La sensación es la de que los Dacal Fernández pasaron sus últimos años de vida solos y solos se marcharon, sin que nadie quisiera o pudiera hacer un reclamo por ellos.

De regreso a Taboadela, donde la vivienda permanece intacta, la familia se diluye en rumores. "Hay unos sobrinos que pusieron una denuncia por lo ocurrido", se dice en voz baja. Nadie lo confirma. Nadie aporta un nombre. Sobrevuela, básicamente, como un rumor sin fundamento.

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Una muerte "dulce"

La investigación oficial se centró desde el inicio en el generador. El Ayuntamiento de Taboadela facilitó el aparato la noche del apagón para garantizar el funcionamiento del respirador.

Según explicó públicamente el alcalde, Álvaro Vila —quien no ha respondido a las diversas solicitudes de información de este periódico—, el equipo fue instalado por personal municipal en una zona ventilada de la vivienda.

Las hipótesis posteriores apuntan a que la puerta que comunicaba la planta baja —una bodega— con el resto de la casa pudo quedar abierta, permitiendo que el monóxido se extendiera por las estancias superiores durante horas. Otras líneas de investigación contemplaron la posibilidad de que el hijo hubiera movido el generador.

En cualquier caso, los informes forenses del Instituto de Medicina Legal de Galicia confirmaron la intoxicación como causa de la muerte. La conocida como "muerte dulce": una asfixia química en la que el cerebro deja de recibir oxígeno de forma progresiva, generando somnolencia antes del desenlace fatal.

La dimensión política del caso no llegó a concretarse. El Partido Popular en el concello solicitó por escrito, a través del registro municipal, información sobre lo ocurrido, poniendo el foco en el hecho de que el generador hubiera sido proporcionado por el Ayuntamiento.

Fuentes municipales aseguran que esas solicitudes no fueron respondidas. No hay constancia de responsabilidades penales. El caso quedó encuadrado como un accidente doméstico en el contexto de una situación excepcional: el mayor apagón eléctrico registrado en décadas en España.

Cartel que marca el final de Taboadela, con la vivienda de los Dacal Fernández intacta en el fondo, este viernes 24 de abril. Julio César R. A.

Aquel 28 de abril de 2025 dejó sin suministro durante horas a amplias zonas del país y provocó al menos cinco muertes directamente vinculadas a sus consecuencias. Tres de ellas ocurrieron aquí, en esta casa que hoy permanece cerrada, por una tragedia que a penas ha tenido eco.

Las otras dos, una en Alzira y otra en Madrid, responden a patrones similares: la fragilidad de quienes dependen de la electricidad para vivir o de quienes improvisan soluciones en su ausencia. En Taboadela, una familia intentó sostener la respiración de uno de los suyos y terminó asfixiada en el intento.

Un año después, el relato oficial está completo. Nombres, edades, causa de la muerte. Lo que no ha terminado de cerrarse es lo que queda alrededor: la ausencia de familia visible, la casa vacía, la falta de respuestas públicas sobre algunas decisiones, el recuerdo fragmentado de los vecinos.

En el pueblo se habla de ellos en pasado reciente, como si aún estuvieran cerca, pero nadie abre esa puerta. Nadie entra. La hierba sigue creciendo alrededor de la vivienda. Dentro, no queda nada que contar. Fuera, todo apunta a lo mismo: tres vidas que se apagaron en silencio y una casa que sigue exactamente como la dejaron.

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