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Los demócratas cambian los distritos electorales en Virginia: el nuevo mapa que puede arrebatar el Congreso a Trump

Los demócratas cambian los distritos electorales en Virginia: el nuevo mapa que puede arrebatar el Congreso a Trump
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El gerrymandering podría convertir hasta cuatro escaños republicanos en objetivo viable para los demócratas del estado y abrir la puerta a una delegación mucho más escorada a su favor. Más información: La caída de Eric Swalwell, gran esperanza de los demócratas en EEUU: de azote de Trump a investigado por violación

Seguidores se retiran de un mitin de campaña contra la propuesta de enmienda constitucional de redistribución de distritos estatales de los demócratas de Virginia. Ken Cedeno Reuters

EEUU Los demócratas cambian los distritos electorales en Virginia: el nuevo mapa que puede arrebatar el Congreso a Trump

El gerrymandering podría convertir hasta cuatro escaños republicanos en objetivo viable para los demócratas del estado y abrir la puerta a una delegación mucho más escorada a su favor.

Más información:La caída de Eric Swalwell, gran esperanza de los demócratas en EEUU: de azote de Trump a investigado por violación

Corresponsal en EEUU Publicada 23 abril 2026 02:45h Las claves

Las claves Generado con IA

En Estados Unidos hay elecciones que se deciden en noviembre. Y otras, mucho antes, cuando nadie está votando.

En despachos, con mapas abiertos sobre la mesa. No se discuten candidatos ni programas, sino líneas: dónde empieza y dónde termina un distrito electoral. Qué barrios se agrupan. Qué votantes se separan.

Es ahí donde se juega una de las batallas más determinantes de la política estadounidense contemporánea. Tiene un nombre difícil de traducir —gerrymandering— y describe una idea sencilla: reorganizar a los votantes sobre el mapa para convertir votos en escaños de la forma más eficiente posible.

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Dibujar el mapa, decidir el resultado

Para entender por qué esto importa tanto hay que empezar por una diferencia clave con los sistemas electorales europeos.

En España, los ciudadanos votamos listas de partidos en cada provincia y los escaños se reparten de forma aproximadamente proporcional mediante el sistema D’Hondt. Eso significa que, aunque existan distorsiones, el mapa electoral apenas cambia y no determina por sí solo quién gana.

En Estados Unidos ocurre lo contrario. El país se divide en distritos y cada uno elige a un solo representante. El candidato más votado se lleva el escaño completo, aunque sea por un margen mínimo.

Ese sistema convierte el dibujo de los distritos en un elemento decisivo: no solo cuenta cuántos votos tiene cada partido, sino cómo están distribuidos sobre el territorio.

En otras palabras, en España el resultado depende sobre todo del voto; en Estados Unidos, también del mapa.

En teoría, ese mapa no cambia constantemente. Los distritos se redibujan cada diez años, después del censo, para adaptarse a los cambios de población.

Pero lo que está ocurriendo ahora rompe esa lógica: varios estados están modificando sus mapas a mitad de la década, fuera del calendario habitual, con un objetivo claramente político.

A partir de ahí se entiende el gerrymandering. Si un partido controla el proceso que dibuja esos distritos —algo que en muchos estados depende del Parlamento estatal y del gobernador— puede influir decisivamente en el resultado final. No cambia los votos, pero sí cómo se traducen en representación.

El mecanismo es tan simple como eficaz. Se trata de concentrar a los votantes del rival en unos pocos distritos donde ganen por amplias mayorías y, al mismo tiempo, repartir a los propios en muchos distritos donde basta con imponerse por poco. Es lo que en la jerga política estadounidense se conoce como packing y cracking.

El efecto es profundo. Con porcentajes de voto similares, un partido puede acabar controlando una mayoría clara de escaños. La geografía sustituye a la aritmética.

Para lograrlo no hace falta conocer el voto individual. Basta con trabajar con datos históricos: resultados de elecciones anteriores, composición demográfica o patrones de comportamiento electoral.

Con esa información, los estrategas pueden estimar con bastante precisión qué zonas son favorables a cada partido y diseñar el mapa en consecuencia.

Durante años, esta fue una de las grandes ventajas del Partido Republicano tras el censo de 2010. Pero lo que está ocurriendo ahora es distinto: el gerrymandering ha dejado de ser una acusación para convertirse en una estrategia compartida.

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Virginia, el laboratorio

Esta misma semana, los votantes de Virginia acudieron a las urnas para decidir algo poco habitual en este momento del ciclo electoral, con las elecciones de mitad de mandato a la vuelta de la esquina: no elegir a un candidato, sino si querían adelantar el rediseño del mapa electoral del estado.

Lo que se sometía a votación era una enmienda constitucional con una lógica muy concreta. Permitía, de forma excepcional y solo hasta 2030, que la Asamblea General recuperara el control directo sobre los distritos del Congreso, una competencia que desde 2021 estaba en manos de una comisión bipartidista creada precisamente para limitar el gerrymandering.

Pero, además, la cláusula solo podía activarse si otros estados modificaban sus mapas antes del siguiente censo. Y eso ya había ocurrido: los republicanos habían impulsado rediseños recientes en Texas, Ohio, Misuri y Carolina del Norte para intentar blindar su ventaja de cara a noviembre.

La pregunta era técnica, pero la batalla fue abiertamente política.

La medida salió adelante por un margen estrecho, del 51,5% frente al 48,6%, tras una campaña en la que ambos bandos gastaron millones y llenaron Virginia de anuncios a menudo desconcertantes, algunos de ellos apoyados en imágenes de la lucha por los derechos civiles o en viejos discursos contra el gerrymandering para defender posiciones opuestas.

Muchos votantes reconocían incluso en los colegios electorales que habían tenido que informarse por su cuenta para entender qué estaban votando exactamente.

El resultado devuelve a los demócratas —que controlan la legislatura estatal— la capacidad de rediseñar el mapa para las elecciones de 2026, 2028 y 2030.

Y ahí está lo decisivo: Virginia tiene hoy una delegación casi equilibrada en la Cámara de Representantes, con seis demócratas y cinco republicanos, pero el nuevo mapa podría convertir hasta cuatro escaños republicanos en objetivo viable para los demócratas y abrir la puerta a una delegación mucho más escorada a su favor.

En un Congreso donde los republicanos mantienen una mayoría de apenas unos escaños, ese movimiento local puede tener consecuencias nacionales.

Los diseños que se han planteado explican por qué. El peso demócrata del norte del estado, en torno a Washington, se utiliza como motor para rehacer varios distritos. En algunos casos se concentra; en otros, se estira hacia condados más conservadores para diluir el voto republicano.

Aparecen distritos que se alargan durante decenas de kilómetros, que unen suburbios acomodados con áreas rurales sin demasiada continuidad entre sí y que, vistos desde arriba, adoptan formas sinuosas, casi serpenteantes.

Eso es lo que vuelve a Virginia tan significativa. No porque sea una rareza aislada, sino porque resume el nuevo momento político.

Durante años, el gerrymandering fue presentado por los demócratas como una de las grandes trampas estructurales del republicanismo. Ahora, con Trump empujando una ofensiva nacional para retocar mapas y conservar la Cámara, han decidido contestar con la misma lógica.

El resultado es una carrera de represalias cartográficas en la que cada partido intenta compensar en un estado lo que el otro gana en otro.

Tras Virginia, la siguiente estación es Florida; y más allá asoma, además, una posible decisión del Tribunal Supremo sobre la Voting Rights Act, la ley federal que protege el derecho al voto y limita, entre otras cosas, cómo pueden diseñarse los distritos electorales.

La paradoja, en realidad, ya no necesita subrayarse demasiado: está incrustada en el propio sistema. Quien durante años denunció estas prácticas las utiliza ahora porque renunciar a ellas equivale a competir con desventaja.

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Pero esa adaptación tiene un coste. Reduce la competencia, endurece la polarización y alimenta la sensación de que la partida se decide antes de que se abran las urnas.

En la política estadounidense contemporánea ya no basta con ganar votos. Cada vez importa más decidir cómo se reparten sobre el territorio. Y en esa batalla, silenciosa y muy poco fotogénica, se está decidiendo también si Donald Trump seguirá teniendo poder real para tomar decisiones después del 3 de noviembre.

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