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Los encargos del último 'lord' del PP a Feijóo antes de morir: la lista de reformas para proteger la monarquía parlamentaria

Los encargos del último 'lord' del PP a Feijóo antes de morir: la lista de reformas para proteger la monarquía parlamentaria
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Fallece Guillermo Gortázar, doctor en Historia, encargado de la formación en la primera etapa de Aznar. Ha sido colaborador de EL ESPAÑOL desde sus inicios. Es autor, entre otros, de la biografía canónica del Conde de Romanones y de "Un veraneo de muerte" –el relato del inicio de la guerra en San Sebastián–. Su último libro, de reciente aparición, se titula "El cesarismo presidencial" y recibió elogios de grandes hispanistas.

Guillermo Gortázar fue secretario de Formación en tiempo de José María Aznar. Era historiador y escritor. Gustavo Valiente

Política IN MEMORIAM Los encargos del último 'lord' del PP a Feijóo antes de morir: la lista de reformas para proteger la monarquía parlamentaria

Fallece Guillermo Gortázar, doctor en Historia, encargado de la formación en la primera etapa de Aznar. Ha sido colaborador de EL ESPAÑOL desde sus inicios.

Es autor, entre otros, de la biografía canónica del Conde de Romanones y de "Un veraneo de muerte" –el relato del inicio de la guerra en San Sebastián–. Su último libro, de reciente aparición, se titula "El cesarismo presidencial" y recibió elogios de grandes hispanistas.

Publicada 14 enero 2026 14:19h Actualizada 14 enero 2026 14:35h

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Guillermo Gortázar, historiador y político, dejó a Feijóo una lista de reformas para proteger la monarquía parlamentaria.

En su último libro, Gortázar denuncia la deriva del sistema español hacia un presidencialismo excesivo y propone volver a un modelo con mayor equilibrio de poderes.

Entre sus propuestas destacan que la residencia presidencial no sea La Moncloa y que el presidente pase a llamarse primer ministro.

Gortázar criticó el control férreo de los partidos y abogó por el respeto a las instituciones y la recuperación de los contrapesos democráticos.

Tantos años, ¡veinte o más!, dedicó a biografiar al Conde de Romanones que acabó dándosele un aire. Con una elegancia a la par, pero con mucho mejor pelo. Siempre gemelos en la camisa. A veces, botones dorados en las mangas de la americana. Y pasara lo que pasase, pañuelo en la solapa.

Supongo que era más fácil ver desnudo a Guillermo Gortázar (1951-2026), nuestro Guillermo, que sin el pañuelo adornándole el pecho. Conviene empezar así su obituario, provocadoramente, porque él, al saludar, sorprendía con una anécdota insurrecta.

Una que le gustaba mucho… En uno de esos clubes de lores que frecuentaba, hay una escalera empinada y en curva con una placa a los caídos de la Guerra Civil. Y Guillermo decía: “Pone que todos esos murieron en la guerra, pero en realidad murieron todos cayendo por la escalera”.

A su libro sobre julio y agosto del 36 en San Sebastián, el San Sebastián de Corte a Checa, lo tituló: “Un veraneo de muerte” (Renacimiento, 2024).

También conviene que le demos a la despedida de nuestro Guillermo –“nuestro” porque escribía en el periódico desde su fundación– una misión. Él, doctor en Historia, se sumergía en toneladas de papeles y en horas de entrevistas para buscar en el pasado métodos que dieran salida a la encrucijada del presente.

Su último libro logró abrir algunos debates importantes en la política que ahora contaremos. Y tuvo Guillermo, antes de sobrevenirle la enfermedad, dos satisfacciones. El ejemplar ya estaba en manos de Feijóo y de Stanley G. Payne.

Payne, uno de sus maestros, le había enviado un mensaje esperanzador.

Lo reproduzco, aunque Guillermo quizá se habría enfadado. Vaya en mi descargo que lo hago para dibujar su altura de escritor. Eso, con los muertos, siempre debería poder hacerse. El libro, por cierto, se titula “El cesarismo presidencial” (Renacimiento, 2025).

Le dijo Payne: “Tu libro llegó a mis manos hace dos días y, desde entonces, he dedicado todo mi tiempo disponible a leerlo muy detenidamente, línea por línea. Es una magnífica obra analítica e interpretativa, página por página la mejor, a mi juicio, que ha aparecido sobre el tema. Hay que esperar que tenga algún efecto práctico”.

Quedaban reunidas en ese mensaje las dos vocaciones de Guillermo: la de historiador y la de político. Tuvo mucho más éxito como lo primero que como lo segundo.

Guillermo fue un chaval que, sin militancia concreta, frecuentó la izquierda comunista con veinte años. Luego se doctoró en Estados Unidos, donde se hizo liberal. Aznar, a principios de los noventa, olió que aquello era fresco y lo fichó como encargado de la Formación en el partido.

Fue diputado entre 1993 y 2001.

“El cesarismo presidencial” fue uno de los libros que menos tiempo le llevó a escribir a Guillermo. Llevaba preparándose toda la vida. Era su diagnóstico, la constatación puntillosa e irrefutable de un hecho: la conversión subrepticia de la monarquía parlamentaria española en una monarquía presidencial.

Dicho menos pomposamente: nuestro sistema, que figura en la Constitución como una monarquía parlamentaria, funciona en realidad como un sistema presidencialista. Es decir, el presidente, el poder ejecutivo, encumbrado por encima de los otros dos poderes: el legislativo y el judicial.

Esa dinámica –la de corromper el régimen progresivamente para blindar al presidente y hacerlo poderoso– no la ha enmendado, por interés obvio, ninguno de los que ha llegado al cargo. Y Sánchez, aprovechando la velocidad de crucero, la ha elevado a su máxima expresión.

Las conclusiones de aquel ensayo, que vamos a exponer ahora, fueron enviadas a Feijóo, que se ha comprometido de palabra en la tribuna del Congreso –no sé si lo llegó a hablar con Guillermo personalmente– a emprender esas reformas que necesita el sistema. Algunas, no todas las que vamos a mencionar.

Porque lord Guillermo –cómo se descojonaba cuando lo llamábamos así– era muy británico en eso, en lo del respeto a las instituciones. En lo del Estado de Derecho por encima de todo. En los equilibrios y en un Estado fuerte a salvo de los aventureros.

Todos los presidentes, desde Suárez hasta Sánchez, algunos en mayor medida que otros, han procurado neutralizar las instituciones que se diseñaron para controlarles.

Ojalá el padre Feijóo, guiado por las luces que dejan los muertos, lleve el manual de Guillermo hasta el final.

Todo empezó –le gustaba contar a lord Guillermo– con la redacción de la Constitución. Según él, Fraga y Cisneros, muy british, propusieron acuñar el cargo de “primer ministro”, pero fue imposible en un país de fuerte tradición “presidencialista” que, además, salía de un régimen caudillista.

Poco tiempo después, en 1977, Suárez decidió trasladar la presidencia a La Moncloa, donde habían hecho orgías los agrónomos que la frecuentaron antes –esto me lo contó Ónega–.

Así quedaba consumado un principio fatal: en España, ya no había primer ministro; digamos un máximo responsable del poder ejecutivo en equilibrio con el legislativo y el judicial. Había un presidente que, además, vivía en una mansión blindada fuera de la ciudad.

El presidente, en cuanto accede el cargo, empieza a vivir en “la ciudad prohibida”, decía Guillermo. “Pierden la perspectiva de la realidad desde el primer día”. Y señalaba la seguridad garantizable en chalés como el de Downing Street.

De Moncloa –supongo que la conoció en tiempo de Aznar– le ponía muy nervioso el decorado. En Reino Unido, cuando entró en casa de Thatcher, vio que la tradición del país se contaba con los cuadros de las paredes del chalé.

“En Moncloa no sabes si estás en Suiza, en Suecia o en España. Todo es como de Ikea y de Joan Miró”, decía.

Primera propuesta de Guillermo: que Moncloa ya no sea residencia presidencial; que el presidente vuelva a la ciudad. A la realidad.

Segunda propuesta: que el presidente pase a llamarse primer ministro.

Si esto ocurriera, quizá podría solucionarse otro malentendido que a Guillermo le sublevaba: la continua intención de los presidentes de aparecerse como jefes del Estado. Apunta en su libro varios ejemplos de presidentes de izquierdas y de derechas recibiendo a jefes del Estado de otros países de igual a igual.

Suplantando al Rey.

“¡Se colocan como saludadores al lado del Rey! ¡Es un escándalo! ¡Qué hacen ahí! Deben ir a saludar como uno más, hombre”, me decía lord Guillermo la última vez, en uno de esos lugares adonde sólo se puede entrar con corbata. Lord Guillermo seducía al portero para que dejaran pasar al periodista que le tocara hacerle la entrevista. “Hombre, entienda que son periodistas”. Como sinónimo de zarrapastrosos.

Y tenía razón.

Guillermo Gortázar, durante un momento de la entrevista. Gustavo Valiente

Pero no nos perdamos en lo estético. Decía Guillermo: “Aunque el sistema buscado fue la monarquía parlamentaria, Suárez heredó del franquismo el concepto de unidad del poder. Esa tradición ha venido imperando desde entonces. Una tradición caudillista según la cual el gobierno es absolutamente decisivo”.

Vino la ley electoral, con la asignación de las provincias como circunscripciones y las listas cerradas, quedando entregada a los jefes de los partidos el control absoluto de los diputados. Ese control es todavía más férreo si hay poder que repartir. Véase hoy el PSOE.

Después, el reglamento del Congreso de los Diputados, donde siempre, ¡siempre!, se concede la preponderancia al presidente: intervención sin límite de tiempo, control de la Mesa y, por tanto, del calendario; control de la presidencia de la Cámara…

Un supuesto primer ministro, en directo, amordazando cada semana al poder legislativo. Y no hablaba Guillermo sólo de Sánchez.

Lord Guillermo mencionaba de carrerilla la neutralización de los controles de la que va disponiendo cada presidente: el Tribunal Constitucional, el CGPJ, la ley electoral, los nombramientos de todas las instituciones públicas…

“¡Cómo va a ser eso una monarquía parlamentaria! Somos otra cosa. Somos puro cesarismo presidencial, hoy más que nunca”, concluía. Reformas propuestas por lord Guillermo: todas las encaminadas a resucitar ese sistema de contrapesos que, supuestamente, debe existir en España.

“Pero, entonces, ¿hay que reformar intensamente la Constitución?”, le pregunté.

Me dijo: “No. La Constitución no es la responsable de la deriva del sistema estrenado en 1978. La responsabilidad, a mi juicio, recae en la deslealtad de los nacionalismos y en la desmedida concentración de poder en el gobierno provocada por los distintos presidentes”.

También era muy certero su diagnóstico sobre el funcionamiento de los partidos. Los llamaba politburós. También al suyo, al PP. Toda esa mafia de compromisarios, que no son más que los tentáculos del presidente provincial, que no son más que tentáculos de los jefes autonómicos, que no son más que tentáculos del líder supremo.

“En el PP, sólo ha habido dos momentos rupturistas y democráticos. Cuando Hernández-Mancha ganó al oficialista Herrero de Miñón y cuando Casado ganó a Soraya”, decía.

Y una de sus anécdotas provocadoras. Me contó que se partía de risa en los noventa cuando un compañero, cada vez que iba a ver a Aznar, le decía: “Me voy a ver a mi votante”. Su único votante, el único posible. Lo demás, ya en la lista, era un trámite.

En su época, a todos esos compañeros de poca cultura, sedientos de poder y dispuestos al peloteo más humillante, se les llamaba “corchos”. Hoy, decía Guillermo, los partidos están llenos de corchos que flotan por ahí, cerca del jefe. “Eso hace, por ejemplo, que cuando hay un caso de corrupción, los compañeros no sean denunciantes, sino cómplices”.

Ponía como ejemplo admirable a Merkel, que siendo compañera fue denunciante de Kohl, un mito sagrado.

Me dio un dato escalofriante, algo en lo que no había caído: todos los presidentes autonómicos del PP, salvo María Guardiola y Gonzalo Capellán, vienen de Nuevas Generaciones.

Lord Guillermo daba por perdida la posibilidad de que, en un futuro próximo, la gente de Vox regresara al PP. Por eso, creía en un pacto desacomplejado con ellos, siempre dentro de un escrupuloso límite constitucional, e ir domándolos en el ejercicio del poder. Domarlos en el sentido de centrarlos.

“Es sorprendente que al PP se le hagan críticas por la posibilidad de este pacto teniendo en cuenta los pactos que hace el PSOE. Los nacionalistas periféricos deberían estar al margen de la gobernabilidad de España. No hay que tener complejo en decirlo”, me apuntó en la última entrevista.

Hacía este paralelismo: “La división entre el PP y Vox lleva camino de consolidarse. Eso nos devuelve al inicio de la Transición, donde existían UCD y Alianza Popular. Las dos siglas recogen un electorado muy amplio. La suma de los dos proyectos puede conformar una alternativa, espero que moderada, a la socialdemocracia”.

Yo le decía, discutimos un rato sobre eso, que Vox no es compatible con la moderación y que, precisamente, Vox es un partido nacionalista.

Guillermo Gortázar, lord Guillermo, nuestro Guillermo, se tomaba muy en serio el respeto a las instituciones, el funcionamiento democrático de las organizaciones. Tanto que, cuando Aznar eligió a Rajoy con un dedazo, se marchó.

Ahora, era un conspirador a cara descubierta, si es que se puede decir así. Un hombre dedicado a sus libros y a intentar inocular la vocación de la monarquía parlamentaria en los suyos, que eran los liberal-conservadores.

El problema es que, mirando al Congreso, uno se da cuenta de que Guillermo Gortázar era casi el último de su especie.

Cuando nació Romanones (1863), el viaje en diligencia de Madrid a San Sebastián duraba 56 horas. Cuando murió Romanones (1950), ya existían los vuelos intercontinentales.

Cuando nació Guillermo Gortázar (1951), la democracia era orgánica; vamos, que no era democracia. Al morir Guillermo Gortázar, la democracia es una monarquía parlamentaria. Sólo nos falta ponerla en práctica.

Agitando el pañuelo en el andén de las americanas.

Hasta siempre, Guillermo.

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