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Los 'halcones' republicanos y la derecha mediática amenazan a Trump por su acuerdo con Irán: "Se ha rendido, como Obama"

Los 'halcones' republicanos y la derecha mediática amenazan a Trump por su acuerdo con Irán: "Se ha rendido, como Obama"
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Aliados en el Congreso, medios como Fox News e incluso miembros de su gabinete han expresado su preocupación por lo que consideran "una rendición". Más información: Lindsey Graham, el senador republicano cercano a Trump que 'atiza' a Sánchez: "Su actual gobierno es una aberración"

El senador Lindsey Graham, 'halcón' republicano, frente a un tanque en Kiev.

EEUU Los 'halcones' republicanos y la derecha mediática amenazan a Trump por su acuerdo con Irán: "Se ha rendido, como Obama"

Aliados en el Congreso, medios como Fox News e incluso miembros de su gabinete han expresado su preocupación por lo que consideran "una rendición".

Más información: Lindsey Graham, el senador republicano cercano a Trump que 'atiza' a Sánchez: "Su actual gobierno es una aberración"

Corresponsal en EEUU Publicada 19 junio 2026 03:13h Las claves

Las claves Generado con IA

A Donald Trump, esta vez, no le critica la izquierda. Tampoco el ala aislacionista de MAGA. La amenaza llega desde el otro extremo de su propia casa: los republicanos que aplaudieron la presión máxima contra Irán y bendijeron los bombardeos, pero ahora miran con sospecha el acuerdo que el presidente quiere vender como una victoria histórica.

El problema para Trump no es solo Irán. Es la palabra rendición. Es la comparación con Barack Obama. Es la posibilidad, venenosa para cualquier republicano, de que después de años llamando "desastre" al pacto nuclear de 2015 termine avalando algo que sus aliados describan como una versión reciclada.

La Casa Blanca insiste en que el memorando abre la puerta al fin de la guerra, a la reapertura del estrecho de Ormuz y a una negociación nuclear de 60 días. El texto ya ha sido remitido al Congreso y confirma parte de los recelos: los asuntos más delicados quedan aplazados para una negociación posterior.

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En Washington, los halcones republicanos siguen mirando la letra pequeña con la misma pregunta de fondo: qué recibe Irán, qué entrega a cambio y si Trump ha cerrado una victoria diplomática o una retirada envuelta en épica.

No perdonan "otro Obama"

En Estados Unidos, los "halcones" son los partidarios de una política exterior dura: presión militar, sanciones, disuasión y apoyo casi automático a Israel frente a Irán. Trump los silenció con su promesa de no meterse en guerras eternas. Irán los ha devuelto al centro del tablero.

El nombre más visible es Lindsey Graham. Senador por Carolina del Sur y aliado habitual de Trump, no ha roto con el presidente, pero sí ha encendido la alarma. Dice estar "preocupado" porque la versión iraní del acuerdo no coincide con la de la Casa Blanca. También exige que el Congreso pueda revisar y votar el pacto.

Graham sabe que atacar frontalmente a Trump sigue siendo peligroso. Por eso apunta al procedimiento, a la opacidad y al equipo negociador. En especial a JD Vance, el vicepresidente, mucho menos intervencionista que él. Para el trumpismo aislacionista, Vance es una garantía. Para los halcones, la prueba de que la negociación la han llevado quienes no comparten su instinto de presión máxima.

La presión ha tenido efecto. La Casa Blanca ha remitido el texto al Congreso, intentando apagar el incendio justo en el terreno exigido por Graham: transparencia, control legislativo y letra pequeña. El senador, de hecho, ha suavizado el tono tras hablar con Steve Witkoff, enviado de Trump. Pero enseñar el documento no equivale a ganar la discusión.

Para los halcones, el problema ya no es verlo. Es que sus concesiones recuerden demasiado al acuerdo de Obama. Además, Graham no es el único. Ted Cruz, senador por Texas y uno de los defensores más duros de la línea de presión contra Teherán, ha cargado contra la posibilidad de que Irán acceda a fondos de reconstrucción.

Su crítica apunta al corazón del acuerdo: para los halcones, cualquier alivio económico a la República Islámica equivale a premiar al régimen que Washington dice querer contener. Más duro aún ha sido Bill Cassidy, senador por Luisiana, que ha descrito el entendimiento como uno de los grandes errores de política exterior de las últimas décadas.

Su argumento resume el temor del ala dura: que Irán haya aprendido que amenazar el estrecho de Ormuz funciona, que el acuerdo le permita ganar margen económico y que la Casa Blanca haya convertido una campaña de presión en una vía de escape para Teherán.

Junto a ellos aparece Mike Pompeo, exsecretario de Estado de Trump y arquitecto de la “máxima presión” contra Teherán. Ha sido más prudente en público, pero su cautela pesa. Para el ala dura representa la línea original: sanciones, aislamiento, cero confianza en la República Islámica y ningún alivio económico sin concesiones verificables.

El temor es sencillo: Trump puede ganar el titular de la paz y perder la batalla del relato conservador. Si sus críticos logran instalar que ha hecho “otro Obama”, el acuerdo deja de ser una victoria diplomática y pasa a ser una humillación ideológica.

Los medios que fabrican el relato

El segundo frente no está en el Senado. Está en la televisión, la radio, las redes y las revistas conservadoras que moldean el imaginario de la derecha estadounidense. Ahí no se vota ningún tratado. Se decide si el acuerdo con Irán será vendido como victoria o como rendición.

La voz más ruidosa es Mark Levin, presentador de Fox News y uno de los altavoces más escuchados por el votante republicano duro. Apoyó la línea dura contra Irán.

Primero exigió ver el memorando, leer la letra pequeña y saber qué se había prometido a Teherán. Ahora que el texto ya ha llegado al Congreso, la batalla se desplaza a otro terreno: qué significa exactamente esa letra pequeña y si Trump ha concedido demasiado.

Su argumento conecta con una obsesión trumpista: la desconfianza hacia los acuerdos secretos, los burócratas de Washington y la diplomacia tradicional. Durante años, Trump construyó su marca sobre la idea de que él no hacía los pactos débiles de Washington.

No confiaba en Irán. No premiaba a regímenes enemigos. Arrancaba concesiones. Por eso cualquier ambigüedad en el acuerdo puede convertirse, en manos de sus propios comunicadores, en una acusación de debilidad.

Más agresivo aún ha sido Erick Erickson, comentarista conservador y locutor de radio, con llegada a votantes religiosos y republicanos tradicionales. Su frase resume el clima: "Trump se ha rendido ante Irán".

No es una crítica técnica. Es una bomba política: en la derecha estadounidense, rendirse ante Irán significa traicionar años de doctrina republicana, abandonar a Israel y permitir que Teherán venda el acuerdo como una victoria.

Mike Pompeo. Jack Kurtz/ZUMA Wire

National Review ocupa otro lugar. No es MAGA. Es la revista conservadora clásica, muy influyente entre los republicanos interesados en la política exterior.

Su inquietud va al corazón del asunto: que Irán pueda conservar algún tipo de enriquecimiento de uranio para usos civiles y que el acuerdo no cierre de forma clara el programa de misiles balísticos. Esa fue una de las grandes críticas republicanas al pacto nuclear de 2015.

Marc Thiessen ocupa un espacio intermedio entre el viejo republicanismo de seguridad nacional y la conversación mediática actual. Fue redactor de discursos de George W. Bush y hoy es columnista conservador.

Teme dos cosas: que el esquema se parezca demasiado al acuerdo de Obama y que el posible fondo de reconstrucción para Irán, reconocido por JD Vance como parte del marco si Teherán cumple ciertos requisitos, dé oxígeno económico al régimen.

Aunque la Casa Blanca insiste en que no saldría del contribuyente estadounidense y estaría condicionado, la cifra —300.000 millones de dólares— es pura pólvora.

Trump bombardeó, presionó, cerró el estrecho de Ormuz -afectando gravemente al precio del combustible de los americanos- y luego permitió que Irán recibiera dinero. Da igual que el mecanismo sea más complejo. En política, el matiz suele perder contra una frase fácil.

Rubio, Ratcliffe y Hegseth dudan

La tercera grieta es la más delicada porque nace dentro de la Administración. Según algunos medios estadounidenses, el director de la CIA, John Ratcliffe, ha trasladado sus dudas sobre la voluntad real de Irán de aceptar las concesiones nucleares que busca Washington. Marco Rubio y Pete Hegseth también habrían expresado preocupación en discusiones internas.

No es una rebelión abierta contra Trump. Pero sí muestra que el acuerdo no nace de un consenso sólido, sino de una pugna entre las dos almas del trumpismo.

De un lado están Vance, Steve Witkoff y Jared Kushner, los defensores del pacto. Su apuesta es pragmática: congelar la guerra, reabrir Ormuz y ganar dos meses para resolver el expediente nuclear. Es la lógica del cierre. La de Trump como hombre que acaba guerras.

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Del otro lado están los escépticos. Creen que Irán solo entiende la presión y que cualquier alivio temprano será leído en Teherán como una señal de debilidad. Para ellos, el memorando tiene un defecto de origen: deja lo más difícil para después.

Uranio enriquecido, verificación internacional, sanciones, activos congelados y futuro nuclear quedan atados a una negociación técnica de 60 días.

Ese plazo es una oportunidad para la Casa Blanca. También una trampa. Si Irán cumple, Trump podrá decir que logró con presión militar lo que Obama buscó con diplomacia.

Si Irán gana tiempo, dinero o alivio político sin entregar lo esencial, los halcones tendrán su veredicto preparado: el presidente fue engañado.

Ahí está el verdadero peligro. Trump no necesita convencer a los demócratas, a Europa ni a los expertos en no proliferación. Necesita convencer a los suyos de que este acuerdo no es una marcha atrás envuelta en fuegos artificiales.

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