Las miradas de los tres nietos que intervienen en el documental.
Política EL LIBRO DE LA SELVA Los nietos del silencio: ETA, contada a los jóvenes por los jóvenes y en primera personaEste es el título de un documental recién estrenado donde hablan tres nietos de hombres asesinados por ETA.
La sociedad de la desmemoria permite que un asesino pueda tirotear con un gesto al nieto del hombre al que mató con una pistola.
Daniel Ramírez Publicada 18 abril 2026 02:47h Las clavesLas claves Generado con IA
Nuestros padres mintieron. "Si alguno pregunta por qué morimos, dile que fue porque nuestros padres mintieron".
Eso fue lo que escribió Kipling cuando perdió a su hijo John en la Primera Guerra Mundial. Muchos años después, lo utilizó en un poema Jon Juaristi –que pasó por ETA– para explicar por qué mataron y murieron tantos muchachos en Euskadi.
Cuando un chaval empuña un arma, siempre hay un padre que miente. Un padre, un hermano mayor, un profesor. Alguien. El niño que se está haciendo mayor, el adolescente, necesita un adulto violento al que admirar para pegar un tiro en la nuca.
Ese tiempo ha pasado. Atravesamos, pese a las turbulencias, el mejor presente que se ha conocido jamás. A nadie lo asesinan en España por decir en público lo que piensa.
En ese debate algo recurrente donde cada vez son más los que dicen que nuestros padres vivían mejor que nosotros porque compraban una casa y afilaban sus proyectos vitales con treinta años, me gusta mencionar la palabra "ETA". Porque refuta esa tesis indefectiblemente.
Vivimos en una sociedad mucho mejor que la de hace dos o tres décadas porque ETA ya no mata.
Pero los padres, que ahora somos nosotros, corremos el riesgo de seguir mintiendo.
Cuando desaparece la violencia política, la mentira de los padres tiene como consecuencia el daño social del olvido y la desmemoria. No decir la verdad también es mentir.
En el concepto de "padre" que emplean Kipling y Juaristi, y que sirve para sustentar este artículo, se incluye a todo el que se ha adentrado en la década de los treinta y más allá. A todo el que está en disposición de ejercer una influencia sobre los jóvenes que tiene alrededor.
Los periódicos están inundados de encuestas que dicen... "Los jóvenes no saben quién fue Miguel Ángel Blanco". Ni Miguel Ángel, ni Toca, ni Prieto, ni López de Lacalle, ni los Jiménez Becerril. Nadie.
Y no es culpa de los jóvenes, sino de los padres. Nuestra culpa. Porque la historia no se aprende por ósmosis, sino por herencia.
España atraviesa un momento clave. En estos años se está escribiendo el legado de ETA. Y se está escribiendo a lápiz. Se está escribiendo con letra minúscula y apenas perceptible.
Quienes por convicción –la izquierda abertzale y sucedáneos– y por tacticismo político –el Gobierno y sus satélites– invisibilizan o minimizan el terrorismo están ganando la partida a quienes procuramos lo contrario: celebrar su final, pero acompasarlo con el ejercicio sagrado de la memoria. Para que no vuelva a repetirse. Para reconocer a las víctimas y a quienes cayeron en defensa de la libertad.
Un asesinato dura un segundo, pero explica toda una vida. Es un segundo que condiciona un árbol genealógico. Los nietos que no conocieron a sus abuelos lloran por ellos. Porque crecen en un ecosistema de dolor, silencio e incomprensión.
Todos los atentados son iguales, pero todos los atentados son distintos. Basta con poner una microcámara a los seres amados de la víctima una vez al año para comprender lo que fue ETA.
Pero no es este un texto para el pesimismo. Todo lo contrario.
A veces, el ejercicio de la responsabilidad se invierte.
Un grupo de estudiantes de Periodismo de la Universidad de Navarra ha escogido un ángulo casi siempre inexplorado para hacer memoria: el de los nietos de los asesinados. El de esos nietos que, sin conocer a sus abuelos, siguen experimentando el veneno de la serpiente.
Acaban de estrenar el documental Los nietos del silencio. Un salón, una cámara grabando y tres nietos. Uno de Jesús Ulayar, otro de Alberto Toca y otro de José Luis Prieto. Son 35 minutos de una emoción sobrecogedora.
La artesanía y la sencillez a la que obliga la humildad del presupuesto y los medios se convierte en la mejor virtud de la cinta. Porque no hace falta nada más. Y en el guion han tenido el acierto de buscar esa misma sencillez: que los nietos cuenten –sin aparente interrupción– cómo el zarpazo de ETA sigue condicionando sus vidas.
Jesús Ulayar se llamaba el abuelo y se llama el nieto entrevistado. Alcalde de Etxarri Aranatz a principios de los setenta, casado y padre de cuatro hijos, lo mataron a tiros cuando caminaba con uno de ellos, de trece años. Al salir de la cárcel, el pueblo, en manos de los abertzales, hizo hijo predilecto a uno de los asesinos, Vicente Nazábal.
Además, le concedieron el honor de tirar el cohete de las fiestas. En el mismo balcón donde lo había hecho varios años, encendiéndolo con su cigarro, el alcalde Ulayar.
Los asesinos de Ulayar eran héroes de Etxarri al mismo tiempo que los Ulayar tenían que ir apartándose. Hasta marcharse de esa casa siempre ultrajada con las pintadas proterroristas.
Uno de los hijos de Jesús Ulayar, cuando se cruzó con Nazábal, el asesino, le dijo eso, "asesino", y éste, a ojos de todo el mundo, lo derribó de una patada en el pecho. Parece que ha transcurrido un siglo... Pero fue ayer.
Vamos con su nieto Jesús, el que habla en el documental. Cuenta que su familia, al dejar Etxarri y recalar en Pamplona, cayó en un colegio donde el psicólogo era... uno de los asesinos del abuelo.
Un día cualquiera, años después, Jesús entró en un bar y se encontró con Nazábal. Sin dirigirse a él, le dijo a la cámara: "Que sepas que este hombre de aquí asesinó a mi abuelo". A la salida del establecimiento, el asesino disparó metafóricamente al nieto. Haciendo el gesto con las manos.
Esa es la sociedad de la que habla el documental. La de la desmemoria. El país en el que un asesino puede tirotear con un gesto al nieto del hombre al que mató con una pistola. El país en el que el asesino derriba de una patada en el pecho al hijo del asesinado.
Todo en medio de un silencio espeso, cómplice. Con un único remedio al alcance: los reportajes, los documentales, las novelas. Todo eso que genera una conciencia social suficiente como para provocar una reacción ante el asesino: la del estigma.
Ahí se enmarca también el gesto de la reina Letizia, que se presentó en el estreno del documental por sorpresa. Es un gesto que no tiene otro objetivo que amplificar el documental y, por tanto, amplificar la memoria.
Es difícil, quizá imposible, que el asesino se arrepienta de lo que hizo si no vive en una sociedad donde se dice la verdad; si vive en una sociedad que sigue configurada en torno a la mentira de sus padres. Nuestros padres mintieron. Y nosotros tenemos la oportunidad cada día, cualquiera sea el ámbito, de contar lo que pasó.
Beatriz llora porque su abuelo Alberto Toca, de 56 años, siete hijos, delegado de una mutua, fue tiroteado. Y esos tiros, ya simbólicamente, fueron silenciando la alegría de su abuela, de sus padres y a ratos la suya.
A Teresa le ha costado mucho entender cómo a su abuelo José Luis Prieto, un hombre bueno, teniente coronel retirado, padre de siete hijos, lo asesinaron cuando iba a misa con su mujer. Teresa tiene dos hijos pequeños. Y de repente llegará el día en que tendrá que explicar.
Dice Beatriz en un momento del documental: "Le debo a mi abuelo que la gente sepa que no murió, que lo mató ETA".
No se lo debe ella. Se lo debemos todos.
Que nuestros hijos no puedan decir que sus padres mintieron.
Los autores del documental son Leyre Sanz, Aitana Quindimil, Diego Fernández Tortosa, Carolina Olivar, Sergio Durán, Montserrat Osés, Raúl Villegas, María López, Santiago Millán y Rafael Salas.