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Los Oscar ponen a Hollywood ante su momento 'No a la guerra'

Los Oscar ponen a Hollywood ante su momento 'No a la guerra'
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Una cosa separa a los Goya de los Oscar (sin contar, claro, el glamur, la elegancia, la producción, la constelación de estrellas, la atención mundial, la repercusión…). En la gran noche de Hollywood, la noticia es cuando la política domina la gala . En la gran noche del cine español, ha sido noticia que alguien diga que no se debe hablar de política.Este domingo -madrugada del lunes en España- la política va a poner a prueba a los Oscar. Vivimos tiempos de sacudidas en EE.UU., con un año cumplido de la presidencia más rupturista, peligrosa, agitada y polémica que se recuerda. Y eso que su protagonista, Donald Trump , ya dejó el listón bien alto en su primer mandato.Hollywood se pondrá el vestido largo y el esmoquin mientras las bombas caen en Oriente Próximo , a no ser que Trump declare algún tipo de victoria antes de que los 'stilettos' se claven en la alfombra roja. Y en el frenesí del ciclo informativo del trumpismo, con una velocidad que ni el ping pong de 'Marty Supreme' , la crisis de Mineápolis parece ya de otra época. Pero la conmoción sigue viva en EE.UU. por la muerte de dos ciudadanos por disparos de la policía, en medio de las redadas masivas de la policía de inmigración y aduanas (ICE, en sus siglas en inglés), el último malo de la película aquí.Noticia relacionada general No No Pantallas Nuevas tendencias y regalos personalizados en los Oscar Oti Rodríguez MarchanteMuchos estadounidenses en el lado trumpista de las cosas están convencidos de que los Oscars están muy politizados. No es solo porque no conocen los Goya ni se imaginan una edición como aquella del 'no a la guerra' , o porque asocian la gala a la elite progre de Hollywood. Quizá tengan también en la retina a Sacheen Littlefeather, la activista indigenista que en 1973 recogió un Oscar para Marlon Brando; o el discurso explosivo de Michael Moore en 2003 contra George W. Bush y la guerra de Irak, tras ganar la estatuilla al mejor documental por 'Bowling for Columbine' . O tal vez se acuerden de la etiqueta #OscarsSoWhite ('Oscars muy blancos') de cuando se criticaba la falta de representación de la minoría negra. O del 'momento de silencio' por la guerra de Ucrania en 2022 (nadie se acordará de ella este domingo, cuatro años de destrozo ruso después).La realidad es que, pese a la fama, quienes esperen unos Oscar muy políticos se pueden llevar un chasco. El mejor ejemplo fue el año pasado. Trump había jurado su cargo como presidente a finales de enero, entre alertas desde la izquierda de que con él llegaba el fascismo . Para cuando se celebraron los Oscar, ya había desmantelado la agenda social y medioambiental de su antecesor, Joe Biden; había mostrado su intención de desequilibrar el equilibrio de poderes y había tirado las piezas del tablero del orden mundial en aquella reunión explosiva con Volodimir Zelenski en la Casa Blanca.Estará Jafar Panahi, el director de 'Un simple accidente', el filme iraní nominado a mejor película extranjeraPero los Oscar, como si nada. El presentador, Conan O'Brian (este año repite) fue pulcro y apolítico. Apenas le tiró un dardo a Trump, con 'Anora' , la película ganadora: dijo que había tenido buena recepción porque su protagonista se plantaba de verdad frente a los rusos. Ni siquiera la victoria de un documental palestino, 'No Other Land', cambió la tónica de una gala poco reivindicativa . Quizá Hollywood todavía estaba conmocionada por la nueva victoria de Trump.Está por ver si este año es diferente. Quizá lo pueda ser por las protagonistas, las películas. Las grandes favoritas para los premios importantes tienen mucho contenido político. Sin duda es el caso de 'Una batalla tras otra' , el 'thriller' frenético y algo cómico de Paul Thomas Anderson, que navega entre la persecución a los inmigrantes y el extremismo político. La película incluye personajes como el que interpreta Sean Penn, que parece una caricatura de Greg Bovino, el temido comandante de ICE en Mineápolis.Se puede decir lo mismo de 'Agente Secreto', en el marco de la dictadura militar en el Brasil de la década de 1970, donde algunos ven un reflejo del camino que ha tomado EE.UU. Y de 'Bugonia' , la última extravagancia de Yorgos Lanthimos, con alusiones al capitalismo despiadado, a la crisis medioambiental o a los radicales borrachos de conspiranoia. O, por supuesto, de 'Sinners', la película de vampiros en el EE.UU. sureño de los abusos a los negros.Entre el tono de las películas, la guerra en Irán y las protestas contra ICE, hay combustible de sobra para hacer arder los Oscar en la hoguera política. Otra cosa es que Hollywood quiera encenderla. Gasolina al fuegoPor ahora, ha mostrado lo contrario, como en la gala de los Globos de Oro , la principal telonera de los Oscar. Su presentadora, la comediante Nikki Glaser, apenas hizo un chiste contra Trump, relacionado con la desclasificación de los papeles de Jeffrey Epstein . Después, Glaser reconoció que había eliminado chistes contra Trump o ICE. «No me parecía gracioso», defendió después. «No voy ni a decir su nombre», dijo en referencia al presidente antes de la gala.Fue, de alguna manera, una continuación de una tendencia que empezó una de las grandes de Hollywood, la actriz Jennifer Lawrence, el pasado otoño. Para escándalo de algunos, anunció que dejaría de criticar a Trump. Defendía que lo que digan los actores no cambia nada y que verter críticas solo «echa gasolina a un fuego que está rompiendo al país».Eso fue antes de las redadas en Mineápolis y las bombas en Irán. En el Hollywood reciente, la reivindicación política más evidente ha sido llevar la chapa de 'ICE Out' ('ICE fuera'), con un protagonismo minoritario pero creciente a lo largo de la temporada de premios. En Los Ángeles estará Jafar Panahi, el director de 'Un simple accidente' , el filme iraní nominado a mejor película extranjera. Panahi, que ha sufrido la represión en su propia carne, incluida la cárcel, dará con su presencia un ejemplo a todos de lo que es de verdad el compromiso político.

Una cosa separa a los Goya de los Oscar (sin contar, claro, el glamur, la elegancia, la producción, la constelación de estrellas, la atención mundial, la repercusión…). En la gran noche de Hollywood, la noticia es cuando la política domina la gala. En ... la gran noche del cine español, ha sido noticia que alguien diga que no se debe hablar de política.

Este domingo -madrugada del lunes en España- la política va a poner a prueba a los Oscar. Vivimos tiempos de sacudidas en EE.UU., con un año cumplido de la presidencia más rupturista, peligrosa, agitada y polémica que se recuerda. Y eso que su protagonista, Donald Trump, ya dejó el listón bien alto en su primer mandato.

Hollywood se pondrá el vestido largo y el esmoquin mientras las bombas caen en Oriente Próximo, a no ser que Trump declare algún tipo de victoria antes de que los 'stilettos' se claven en la alfombra roja. Y en el frenesí del ciclo informativo del trumpismo, con una velocidad que ni el ping pong de 'Marty Supreme', la crisis de Mineápolis parece ya de otra época. Pero la conmoción sigue viva en EE.UU. por la muerte de dos ciudadanos por disparos de la policía, en medio de las redadas masivas de la policía de inmigración y aduanas (ICE, en sus siglas en inglés), el último malo de la película aquí.

Nuevas tendencias y regalos personalizados en los Oscar

Muchos estadounidenses en el lado trumpista de las cosas están convencidos de que los Oscars están muy politizados. No es solo porque no conocen los Goya ni se imaginan una edición como aquella del 'no a la guerra', o porque asocian la gala a la elite progre de Hollywood. Quizá tengan también en la retina a Sacheen Littlefeather, la activista indigenista que en 1973 recogió un Oscar para Marlon Brando; o el discurso explosivo de Michael Moore en 2003 contra George W. Bush y la guerra de Irak, tras ganar la estatuilla al mejor documental por 'Bowling for Columbine'. O tal vez se acuerden de la etiqueta #OscarsSoWhite ('Oscars muy blancos') de cuando se criticaba la falta de representación de la minoría negra. O del 'momento de silencio' por la guerra de Ucrania en 2022 (nadie se acordará de ella este domingo, cuatro años de destrozo ruso después).

La realidad es que, pese a la fama, quienes esperen unos Oscar muy políticos se pueden llevar un chasco. El mejor ejemplo fue el año pasado. Trump había jurado su cargo como presidente a finales de enero, entre alertas desde la izquierda de que con él llegaba el fascismo. Para cuando se celebraron los Oscar, ya había desmantelado la agenda social y medioambiental de su antecesor, Joe Biden; había mostrado su intención de desequilibrar el equilibrio de poderes y había tirado las piezas del tablero del orden mundial en aquella reunión explosiva con Volodimir Zelenski en la Casa Blanca.

Estará Jafar Panahi, el director de 'Un simple accidente', el filme iraní nominado a mejor película extranjera

Pero los Oscar, como si nada. El presentador, Conan O'Brian (este año repite) fue pulcro y apolítico. Apenas le tiró un dardo a Trump, con 'Anora', la película ganadora: dijo que había tenido buena recepción porque su protagonista se plantaba de verdad frente a los rusos. Ni siquiera la victoria de un documental palestino, 'No Other Land', cambió la tónica de una gala poco reivindicativa. Quizá Hollywood todavía estaba conmocionada por la nueva victoria de Trump.

Está por ver si este año es diferente. Quizá lo pueda ser por las protagonistas, las películas. Las grandes favoritas para los premios importantes tienen mucho contenido político. Sin duda es el caso de 'Una batalla tras otra', el 'thriller' frenético y algo cómico de Paul Thomas Anderson, que navega entre la persecución a los inmigrantes y el extremismo político. La película incluye personajes como el que interpreta Sean Penn, que parece una caricatura de Greg Bovino, el temido comandante de ICE en Mineápolis.

Se puede decir lo mismo de 'Agente Secreto', en el marco de la dictadura militar en el Brasil de la década de 1970, donde algunos ven un reflejo del camino que ha tomado EE.UU. Y de 'Bugonia', la última extravagancia de Yorgos Lanthimos, con alusiones al capitalismo despiadado, a la crisis medioambiental o a los radicales borrachos de conspiranoia. O, por supuesto, de 'Sinners', la película de vampiros en el EE.UU. sureño de los abusos a los negros.

Entre el tono de las películas, la guerra en Irán y las protestas contra ICE, hay combustible de sobra para hacer arder los Oscar en la hoguera política. Otra cosa es que Hollywood quiera encenderla.

Por ahora, ha mostrado lo contrario, como en la gala de los Globos de Oro, la principal telonera de los Oscar. Su presentadora, la comediante Nikki Glaser, apenas hizo un chiste contra Trump, relacionado con la desclasificación de los papeles de Jeffrey Epstein. Después, Glaser reconoció que había eliminado chistes contra Trump o ICE. «No me parecía gracioso», defendió después. «No voy ni a decir su nombre», dijo en referencia al presidente antes de la gala.

Fue, de alguna manera, una continuación de una tendencia que empezó una de las grandes de Hollywood, la actriz Jennifer Lawrence, el pasado otoño. Para escándalo de algunos, anunció que dejaría de criticar a Trump. Defendía que lo que digan los actores no cambia nada y que verter críticas solo «echa gasolina a un fuego que está rompiendo al país».

Eso fue antes de las redadas en Mineápolis y las bombas en Irán. En el Hollywood reciente, la reivindicación política más evidente ha sido llevar la chapa de 'ICE Out' ('ICE fuera'), con un protagonismo minoritario pero creciente a lo largo de la temporada de premios. En Los Ángeles estará Jafar Panahi, el director de 'Un simple accidente', el filme iraní nominado a mejor película extranjera. Panahi, que ha sufrido la represión en su propia carne, incluida la cárcel, dará con su presencia un ejemplo a todos de lo que es de verdad el compromiso político.

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Los Oscar ponen a Hollywood ante su momento 'No a la guerra'

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