- GILLIAN TETT
Informes sobre un plan de Rusia y China para inutilizar satélites ponen de manifiesto cómo los mercados ignoran las amenazas geopolíticas al boom tecnológico.
La semana pasada, se dio a conocer una noticia que los inversores tecnológicos deberían tener en cuenta: una investigación que durante un año han llevado a cabo Der Spiegel, Insider y Le Monde reveló que se habían celebrado cinco reuniones recientes de un grupo secreto ruso-chino para desarrollar herramientas que inutilizaran satélites estadounidenses como el sistema Starlink, desarrollado por SpaceX.
Sí, ha leído bien. Mientras los bancos estadounidenses emiten recomendaciones alcistas para las acciones de SpaceX, Rusia y China tienen una estrategia en tres fases para socavar su tecnología, según estos informes, supuestamente para contrarrestar la agresión estadounidense. Y aunque esto no ha sido verificado por Moscú, Pekín ni Washington, coincide con análisis previos de Reino Unido y EEUU y tiene implicaciones potenciales alarmantes.
Hay que tener en cuenta que Starlink desempeña una labor crucial en la guerra de Ucrania. "Los satélites son, sin duda, la base de toda nuestra infraestructura de comunicaciones", afirmó Mykhailo Fedorov, exministro de Defensa de Ucrania (recién destituido en una decisión sorprendentemente desacertada). De hecho, dado que los satélites sustentan gran parte de nuestra vida civil moderna, cualquier pérdida nos afectaría gravemente, como vimos, aunque en menor medida, cuando una prueba nuclear de EEUU afectó a algunos satélites en 1962.
Por lo tanto, estos informes no deben ignorarse. Para empezar, demuestran por qué los inversores deben estar al tanto de la creciente colaboración entre Rusia y China, donde la primera está intercambiando su experiencia en el campo de batalla y materias primas por tecnología china. "Esto es real, es grave y sigue activo", me comenta Christo Grozev, uno de los autores de la investigación.
También debería recordarnos que, incluso mientras observamos los conflictos en Ucrania o en el estrecho de Ormuz, la próxima guerra podría tener lugar en el espacio. "Las órbitas son ahora campos de batalla", rezaba una nota reciente de la firma de capital riesgo Andreessen Horowitz, que invierte en tecnología militar. "Podemos... ingenuamente esperar que China y Rusia respeten los tratados para el uso pacífico del espacio ultraterrestre [o] traten el espacio como el dominio de combate que es en relidad", concluyó.
El relato pone de relieve un tercer punto: la euforia tecnológica actual a menudo parece ignorar los riesgos geopolíticos. Es cierto que las acciones de SpaceX y los hiperescaladores han sufrido pérdidas últimamente y que cada vez menos inversores compran sus bonos. Pero los inversores más cautelosos parecen preocuparse principalmente de que el descomunal gasto actual no se vea reflejado en los ingresos futuros; rara vez se habla de amenazas militares.
¿Por qué? El "FOMO" (miedo a perderse algo) es una explicación: los inversores institucionales siguen acaparando empresas tecnológicas, porque los que evitaron las acciones tecnológicas estadounidenses en el pasado sufrieron un decepcionante bajo rendimiento, según Michael Cembalest de JPMorgan.
Y en la medida en que los inversores conocen las amenazas de Rusia y China, muchos seguramente esperan que se neutralicen mediante la disuasión de la destrucción mutua asegurada. Una idea inquietante que circula, que aparentemente surgió en el foro secreto ruso-chino, es la de lanzar proyectiles a la órbita para dañar los satélites de SpaceX; pero dado que esa medida también pondría en peligro los satélites rusos y chinos, parece poco probable que se lleve a cabo.
Existe otro factor que también afecta la psicología de los inversores: la enorme cantidad de riesgos extremos actuales, incluyendo el peligro de que China invada Taiwán, que Rusia recurra a ataques nucleares, que la IA elimine empleos (o la humanidad), etc.
Esta multiplicidad tiende a fomentar una actitud fatalista, especialmente dada la mentalidad de supervivencia. Anteriormente, los inversores se preocupaban por estos riesgos extremos o entraban en pánico cuando se producían crisis reales. Pero en los últimos años hemos experimentado múltiples crisis: la crisis financiera de 2008; la pandemia de 2020; la invasión de Ucrania por parte de Rusia en 2022; los aranceles estadounidenses vigentes; y ahora el ataque de Estados Unidos contra Irán.
Muchos de estos riesgos han endurecido a los inversores, aún más si cabe porque nuestros sistemas económicos y financieros parecen tener mayor resiliencia de lo que se creía. "Las crisis petroleras ya no son tan impactantes", señaló Nouriel Roubini, que indicó que diversos factores, como la destrucción de la demanda, el almacenamiento de combustible, la diversificación energética y la construcción de nuevos oleoductos, han provocado que los precios del petróleo no hayan subido tanto como algunos esperaban en medio de la guerra con Irán.
El punto clave, por lo tanto, es que utilizar la física newtoniana para predecir los mercados con extrapolaciones lineales del pasado es imprudente. En cambio, es mejor leer un potente discurso reciente de Ravi Menon, ex alto regulador de Singapur, que utiliza la relatividad y la física cuántica para enmarcar la geoeconomía. "Estados aparentemente contradictorios pueden coexistir", afirmó. "Cosas distantes pueden estar muy conectadas [y] la incertidumbre es una característica irreducible de nuestro sistema". Amén".
En cierto sentido, este cambio en la mentalidad de los inversores representa un progreso: la adaptación y la resiliencia ante los riesgos extremos son positivas. Pero también pueden fomentar una peligrosa complacencia, ya que la desviación se normaliza. Las noticias sobre satélites son un claro ejemplo.
Hoy, ese foro Rusia-China, que no es tan secreto, puede que no parezca una amenaza; pero con el tiempo podría serlo. Por eso, los inversores tecnológicos deberían estar atentos a su próxima reunión, que, según se informa, tendrá lugar a finales de este año en San Petersburgo. Y después, recemos todos por la paz, en la Tierra y en el espacio.
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