Una víctima de explotación sexual puede estar tan cerca como en el piso de arriba, el de abajo o, incluso, justo en el apartamento vecino; solo hay que cruzar el umbral y tras aquella puerta allí puede estar. Las redes de este tipo de esclavitud y trata de personas son cada vez más difíciles de descubrir en España. Pues el camino hacia estos servicios se aleja apresuradamente de las luces neón que envuelven las entradas de los burdeles tradicionales. Las razones son la innovación digital, la falta de medidas legislativas que combatan este tipo de crimen organizado y la constante evolución del modus operandi dentro de estas redes de criminalidad en el país. Un ejemplo es el traslado de los sitios convencionales para pagar por sexo, como los clubes y/o prostíbulos, a pisos particulares.
«No podíamos salir de la casa para que no nos vieran y los vecinos no sospecharan. No podíamos hablar duro, gritar, abrir las persianas y abrir las ventanas; teníamos que estar encerradas para que la gente no se diera cuenta», narra Ana, una joven colombiana que llegó a España el 23 de diciembre de 2024 en busca de un mejor futuro. Cuatro días después, el 27 de diciembre, fue ingresada en un piso de Castellón donde la explotación sexual comenzó.
Ana fue llevada a «un piso normal de cualquier barrio, en un edificio» y recuerda que «no podía decidir con quién estar, a qué hora dormir, qué quería consumir, hablar sobre sí misma y salir de la casa». «No podemos asociar la explotación sexual únicamente a los clubes. Hoy muchas situaciones de trata permanecen ocultas detrás de una puerta cerrada o de un anuncio en internet. Cuando la explotación se desarrolla en pisos, desaparecen muchos de los elementos visibles que antes permitían detectar la actividad, dificultando la identificación de las víctimas como la obtención de indicios para iniciar una investigación», explican desde la ONG Fiet contra la trata de personas.
Las víctimas de trata sexual pasaron de 136 en 2021 a 374 en 2025
A este panorama se le suma que para los proxenetas es clave rotar a las víctimas para evadir el cerco policial. «Hay mujeres que solamente trabajan en un piso, pero en mi caso no fue así. Yo llegué a una casa y cuando ya se había curtido mucho, la proxeneta cogía otro piso y nos trasladaba», relata Ana, quien dormía en una habitación «súper pequeñita y otras dos chicas en la habitación más grande para los clientes».
Desde Fiet describen que «las mujeres son trasladadas constantemente entre ciudades, a veces cada pocas semanas, para dificultar su detección y evitar que puedan generar vínculos o pedir ayuda. A eso se suma el uso creciente de internet y las redes sociales para captar, anunciar y controlar a las víctimas». Esta ONG trabaja con miles de mujeres, entre ellas, una joven de 23 años que habla bajo el seudónimo de Aurora: «En general eran pisos bonitos. Pero otras casas estaban en muy malas condiciones. Dependía mucho de la ciudad y del lugar al que te trasladaban. Recuerdo una vivienda que tenía ácaros y era desagradable», cuenta.
Como Ana y Aurora, cientos de mujeres recorren la Península de piso en piso. «Cada vez estamos viendo más que las víctimas son explotadas en apartamentos turísticos. El problema de esto es que para las Fuerzas y Cuerpo de Seguridad del Estado y para entidades del tercer sector es muy complicado hacer el seguimiento de víctimas potenciales, ya que cada tres cuatro días las van cambiando de domicilio, en muchas ocasiones ni ellas mismas saben dónde están», señala Celia Pontigo, portavoz de la organización contra la trata Betania. «Fui trasladada a diferentes lugares. Si en pocos días no conseguías generar el dinero que esperaban, te movían a otro sitio», cuenta Aurora.
«Si no generabas dinero en pocos días, te movían a otro piso»
El auge de esta tendencia se disparó tras la pandemia de coronavirus. Los proxenetas reinventaron su estrategia para operar en la clandestinidad. «Según datos del Centro de Inteligencia contra el Terrorismo y el Crimen Organizado (CITCO), la comunidad autónoma que más víctimas de explotación sexual reportó en 2025 fue Valencia, seguida de Andalucía y Cataluña», cita Pontigo.
A esto se suma un obstáculo legal: salvo en casos excepcionales, las Fuerzas de Seguridad no pueden ingresar ni inspeccionar un domicilio sin el consentimiento del inquilino. A consecuencia, «pasamos por pisos en los que no nos imaginamos que hay mujeres explotadas las 24 horas al día», según Pontigo. «Yo siempre me la pasaba encerrada en una casa. No sabía qué era ir al médico», recuerda Ana, que logró escapar hasta contactar con Betania, la organización que la acogió. «No podíamos estar afuera del piso. Para fumar o comprar cosas teníamos que pedir permiso o salir acompañadas», añade.
«El año pasado, a través de nuestra unidad móvil, pudimos hacer una intervención a más de 1.800 personas. También, hemos llegado a más de 1.100 pisos», explica Rocío Mora, portavoz de la Asociación para la Prevención, Reinserción y Atención a la Mujer Prostituida (APRAMP).
Por su parte, el Centro de Atención Integral Concepción Arenal atendió desde Madrid a 850 mujeres en 2025 a través de su unidad móvil. Durante ese año, la organización hizo 3.429 contactos. De estos, 1.672 fueron personas halladas en la calle, 1.443 en 61 pisos y otras 314 dispersas entre seis clubes. Es decir, la mayoría de las víctimas «trabajaban» desde un piso.
Según el CITCO, el número de víctimas liberadas de las redes de trata de seres humanos para su explotación sexual ha pasado de 136 en 2021 a 374 en 2025. El perfil mayoritario de las rescatadas el año pasado es el de mujeres de entre 23 y 27 años procedentes de Colombia, Venezuela y China. La Comunidad Valenciana seguida de Andalucía, Islas Canarias y Madrid encabezan las regiones donde más liberaciones se produjeron.
A diferencia de Ana y Aurora, no todas logran escapar. «Muchas veces los vecinos observan cosas, pero ignoran la realidad, cuenta Aurora. Mientras, detrás de cada persiana bajada y de cada cifra estadística hay una vida esperando que se rompa el silencio tras la puerta vecina.