Nuria, Arturo y el pabellón de Móstoles que refugia a casi 200 evacuados M.B
Sociedad Los rostros del incendio más devastador de la Historia de Madrid: "Estamos viviendo una película de terror"El pabellón Paco Sedano de Móstoles acoge a 175 evacuados del incendio de Madrid.
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Mar Benavente Publicada 27 julio 2026 02:46h Las clavesLas claves Generado con IA
El tiempo parece haberse detenido en el pabellón Paco Sedano de Móstoles. Sobre las camas de campaña instaladas por la UME conviven mochilas preparadas a toda prisa, peluches, correas de perros, cargadores de móvil y la incertidumbre de quienes no saben si, cuando regresen, encontrarán su casa tal y como la dejaron.
Mientras fuera continúa la lucha contra el incendio que ha obligado a desalojar varios municipios del suroeste madrileño, dentro se ha formado una comunidad improvisada donde desconocidos comparten conversaciones, café y el mismo deseo: volver cuanto antes a casa.
Este fin de semana el Ayuntamiento de Móstoles ha llegado a acoger a unas 400 personas evacuadas, principalmente de Fresnedillas de la Oliva y Cadalso de los Vidrios. Llegaron el viernes y este domingo permanecían unas 175.
El drama de Aldea del Fresno, golpeado en tres años por la DANA y el "mayor incendio de la historia de Madrid"Todos pasaron primero por un triaje sanitario y después por trabajadoras sociales que revisaron medicación, necesidades especiales o apoyo psicológico. Incluso se habilitó una pequeña farmacia para evitar desplazamientos.
"Físicamente llegaban bien, pero muy desorientados por el shock", explican desde el ayuntamiento. La tensión se rebaja cuando se encuentran con vecinos que han vivido lo mismo. Entre los más pequeños hay incluso quien ya no quiere marcharse del pabellón porque ha hecho amigos.
"No sé ni en qué día vivo"
En una de las filas de camas descansa Arturo, de 72 años, junto a su mujer y Dinqui, un perro convertido casi en la mascota del pabellón. "Vinieron a avisarnos cuando estábamos en casa, en Colmenar del Arroyo. Íbamos a coger un autobús, pero nos dijeron que no aceptaban mascotas. Así que cogimos el coche y nos vinimos nosotros", recuerda.
Después de tres días fuera de casa, el cansancio pesa más que el miedo. "No sé ni en qué día vivo. Aquí nos están tratando muy bien, pero no dormimos y ya estamos hartos. Queremos volver".
Sus hijas viven en Madrid, pero en pisos pequeños. "No vamos a molestarlas. Nos quedaremos aquí hasta que nos digan que podemos regresar".
La incertidumbre es la palabra que más se repite entre los evacuados. Agustín, de 75 años, llegó desde Cadalso de los Vidrios junto a María, su hija y sus nietas. "Da mucha pena no saber cómo estarán nuestras casas y ver cómo se destruye el monte. Solo queda confiar en quienes están luchando contra el fuego".
El mapa que muestra en directo la evolución de los incendios que asolan EspañaMaría revive todavía los diez minutos que tuvo para abandonar su vivienda. Estaba viendo las noticias del incendio cuando comenzaron los rumores de una posible evacuación. Sus hijas estaban fuera, fue llamando a familiares, reunió a nietos y a su hermana y salió la última de casa.
"Cogí la comida del perro y dos cambios de ropa interior. Era como una película de terror. Veías a la gente correr por las calles y a la Policía con los megáfonos diciendo que nos fuéramos". La alerta oficial del móvil llegó cuando ya viajaban hacia Móstoles.
Habla emocionada del trato recibido. "Este sitio es maravilloso. Nos están tratando extraordinariamente bien". Pero la tranquilidad dura poco. Su hijo permanece confinado en San Martín de Valdeiglesias con su mujer y su nieta.
Mientras conversa, un familiar le enseña el teléfono y le comenta que el fuego vuelve a reactivarse en otra zona. María guarda silencio unos segundos, se levanta y rompe a llorar. "Necesito salir a respirar porque no saber cuándo va a parar me tiene mal".
Familiares confinados
No todos logran contener la angustia. Tamara, la hija de María apenas puede hablar entre lágrimas. "Como suba el fuego a nuestras casas, a tomar por culo". Su mayor preocupación no es la vivienda, sino su hermano, que permanece fuera del pabellón. "Si estuviera aquí y lo hubieran evacuado estaría mucho más tranquila".
Agustín intenta sostener el ánimo de quienes le rodean. Cree que hay que confiar en los medios desplegados para extinguir el incendio, aunque también aprovecha para reflexionar sobre la pérdida del entorno natural. "No sé qué legado vamos a dejar. No estamos cuidando el planeta".
El Gobierno alerta de que "queda muy poquito" para que "se junten" los incendios de Ávila y MadridPoco después se emociona al hablar de la solidaridad encontrada estos días. "No hemos elegido salir de casa. Dormir aquí es raro, con gente que no conoces, algunos roncan... pero hay que agradecer todo lo que están haciendo por nosotros. Las trabajadoras de limpieza, Protección Civil, Cruz Roja... Ese es el lado bueno de la humanidad".
Nuria, de 48 años, apenas llevaba dos meses viviendo en Fresnedillas de la Oliva cuando el incendio cambió por completo su rutina. El jueves ya había ceniza en la piscina municipal donde su hija tenía natación. Aquella noche apenas pudo dormir. "Me levantaba a mirar el cielo y la luna se veía roja".
El viernes recibió el aviso de preparar una mochila con lo imprescindible. A las cinco de la tarde subió al autobús de evacuación. "Todo estaba amarillo. Era una sensación muy rara. Son cosas que ves en la televisión y piensas que nunca te van a pasar".
El incendio ha supuesto además un golpe añadido para ella. Se encuentra de baja por problemas de salud mental y olvidó en casa parte de su medicación. En el pabellón se la consiguieron pocas horas después. "La psicóloga me ayudó muchísimo. Pude desahogarme".
Cómo lo viven los niños
Mientras los adultos viven pendientes del teléfono, los niños han convertido el pabellón en un enorme patio de juegos. "Mi hija no se quiere ir. Ha hecho amigos y está jugando todo el día", cuenta Nuria.
La ayuda ha llegado de todas partes. Vecinos han llevado ropa, cunas, comida para mascotas o productos de higiene. Incluso la Federación de Peñas de Móstoles ha preparado las comidas para los evacuados: paellas un día y pasta al siguiente, con un menú adaptado para respetar las necesidades alimentarias de algunas familias migrantes acogidas en el pabellón.
"Estamos como una gran familia", resume Nuria. "Nos cuidamos los niños unos a otros, paseamos juntos y hablamos mucho. Hay gente que lo ha perdido todo y, aun así, está ayudando como voluntaria".
Su pareja, Avelino, explica que abandonar la vivienda sin saber qué encontrará al volver es una sensación difícil de describir. "No es como irte de vacaciones. Te marchas porque te obligan y no sabes si tu casa seguirá allí". Para combatir la espera sale a caminar por los alrededores del pabellón o ve películas en el móvil.
Entre camas, conversaciones y teléfonos que actualizan constantemente la evolución del incendio, los evacuados comparten una misma rutina marcada por la espera. La espera de una llamada, de una buena noticia y, sobre todo, de poder regresar a unas casas que, para muchos, todavía no saben si siguen en pie. En ese tiempo suspendido, la solidaridad se ha convertido en el único refugio que ofrece algo parecido a la normalidad.