Y para hablar del derecho al aborto, los de Vox echaron a un tío por delante para leer la cartilla con dos cojones en la tribuna de oradores del Congreso. La España testicular. La España como escroto de todas las Españas. El tío es el diputado Joaquín Robles López, natural de Moratalla (Murcia), filósofo, discípulo del incalculable Gustavo Bueno. Lanzó de entrada una tupida trama jurídica impenetrable y después fue ofendiendo a la mayoría de las mujeres hablando serio como una catedral sobre asuntos de legislación machista. En su salve rociera en contra de la posible reforma de la Constitución para blindar el derecho a la interrupción del embarazo dijo cosas rarísimas: "Aquí les espero picando el mortero". Tal es el nivel. Olía a aceite pesado.
Antes abrió senda la ministra de Igualdad, Ana Redondo. Desplegó algunos datos precisos y después varias cuestiones de sensatez. No apeló a ninguna chabacanería dogmática. Sencillamente soportaba la reacción sonora de los oponentes. Seguimos dando vueltas a algo elemental cruzado ya el primer cuarto de siglo XXI. La oposición murmuraba bárbara (Vox y PP). Redondo insistía en el "orgullo de estar a la altura de las mujeres de este país". No era bromuro mitinero, sino sentido de futuro. El derecho, tan sólo el derecho a decidir. Y cada cual que escoja. No hace falta ser un rojo peligroso para entender la decencia democrática de algo así. La necesidad de no volver a la desasosegante escena de la mujer sometida al trasteo interior de una aguja saquera para resolver clandestinamente su problema.
Vox me impresiona. Los escucho con una atención imbatible, incluso cuando echan mano del pesado idioma del caos: "El PSOE y sus aliados son la mayor amenaza que tenemos los españoles". Con Robles López no tenía el gusto, pero lo sacié en este rato. Incluso llegó a decir que podrían estudiar una ley de supuestos, para rematar con un trincherazo por razones de oportunidad: "El Gobierno está acelerando la destrucción de la unidad y la identidad de nuestra nación". Por un momento estuve a punto de sacar el Ventolín e invitar a una ronda. Sólo se trata de proteger, no de inducir. A estas alturas suena raro lo de legislar con el pecado y despreciar la biología en favor de la teología.
La sesión juntó un poco más a la derecha con los ultras generando una fraternidad en rama que Feijóo no puede ya sacarse de encima. Por el PP salió a dar mantazos la diputada Silvia Franco. Ella sí es mujer y además su partido (después de mucho enredar) asume la norma, pero escogió la senda abierta por los de Abascal para decir delante de toda esa gente que aceptar esta reforma de la Constitución es "un brindis al sol que no blinda nada". Aserejé Ja De Jé... El Tribunal Constitucional desechó el recurso que interpuso el PP hace más de una década. La moraleja de todo esto se llama óxido. Robles López, el de Vox, casi lo olvido, no perdió la ocasión para repetir un sintagma tremendo: "Los socialistas son socios de Hamás". Y lanzó una pedrada, de paso, a la regularización de inmigrantes. La ensalada pasó de mixta a completa.
Cuando salieron algunos de los socios de Gobierno, manifestaron dudas sobre si la manera de blindar era la adecuada. Pero nadie dio un sobresalto. Ni siquiera Ione Belarra (Podemos), que llamó "señoro" al diputado de la extrema derecha y tuneó un título de Manuel Vicent de carrerilla: "¡Saquen sus sucias manos de nuestro cuerpo y de nuestros derechos!". Fue el único momento de la intervención de Belarra en que rozó la atención del respetable.
Afianzar el derecho de las mujeres a decidir sobre el aborto desactiva el deseo catecúmeno de ver en cada una de ellas una incubadora. Creo en verdad que una parte amplia de España, en este asunto, sabe cómo disfrazarse de pared para que los fanáticos jueguen al eco mientras se hace senda hacia delante.