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El restaurante Entre Varales, decorado con objetos cedidos por cofrades. Marilú Báez Los templos del paladar cofrade: la Semana Santa se vive en la mesaMálaga cuenta con diferentes establecimientos donde huele a incienso y en los que el bacalao y el potaje de vigilia se convierten en religión
Málaga
Jueves, 2 de abril 2026, 00:17
Joaquín Fernández, propietario del emblemático bar Nerva, resume esta forma de ser con una frase que adorna su local junto a una imagen de la cofradía del Rocío: «Aquí todos los días son Martes Santo». Esta filosofía resuena también entre todos sus colegas, quienes han convertido sus barras en museos vivos alimentados por los propios devotos.
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Las Merchanas cuenta con gran decoración cofrade. Marilú BáezEn estos lugares, las paredes cuentan historias. No han sido decoradas por diseñadores de interiores, sino por los hermanos y clientes que, año tras año, han dejado sus tesoros. Antonio Medina, propietario de Los Hidalgos, señala con orgullo sus muros: «Todo lo que hay aquí me lo han traído los cofrades; desde el Sepulcro hasta los Estudiantes. Nada he puesto yo». En este local también cuentan con imágenes de La Piedad –en honor al origen del bar, que comenzó su andadura en el barrio del Molinillo– , una figura de la virgen del Rocío o incluso otra de la virgen de Jaén.
Los bares especializados respetan la tradición y animan a los clientes a guardar silencio cuando pasan los tronos
Contar con este tipo de decoración popular permite establecer una conexión perfecta entre el cliente y el tabernero. En Entre Varales, Francisco López, su propietario, cuida con mimo túnicas conmemorativas y mantiene vivo un rincón donde los guardias civiles han ido dejado sus tricornios junto a una reproducción del manto de la Trinidad. «A todo el mundo le gusta tener su propio rincón en el restaurante y después traen con orgullo a los amigos para que lo vean».
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Trono de la Expiración en el bar Nerva. Marilú BáezDurante esta semana, cuando la campana anuncia la cercanía de un trono, la dinámica de los negocios cambia por completo. En el Centro, la masificación es tal que la gestión se vuelve casi heroica. Antonio Medina confiesa que, a veces, la Semana Santa se convierte en un desafío logístico: «Cuando pasan los tronos, la gente no puede ni entrar ni salir. A veces, se vende más un fin de semana tranquilo». Sin embargo, el respeto a la fe siempre está por encima del negocio. Francisco López es claro: «Ayer (por el Lunes Santo) pasó Pasión por mi puerta y lo primero que hago es pedir a la gente que se haga a un lado. Se para la comida hasta que pase el trono y apagamos las luces para crear un ambiente más acogedor».
Punto de encuentro
Ese equilibrio entre la actividad comercial y el respeto a la liturgia es lo que define al auténtico bar cofrade. Daniel Peregrina, uno de los socios de Capirote, negocio que acaba de abrir sus puertas en Alhaurín de la Torre, busca precisamente que su barra se convierta en un punto de encuentro donde el malagueño se sienta como en casa, permitiendo incluso que la gente cuelgue sus propias estampitas en un mural colectivo. «De esta forma queremos convertirnos en punto de encuentro para los cofrades de fuera de la capital».
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Capirotes en la taberna Los Hidalgos. Marilú BáezSi la vista se distrae con imágenes de la Virgen del Rocío o réplicas de la Expiración, el olfato y el gusto reclaman su espacio con los sabores de siempre. La gastronomía de estos días es un refugio de la cocina tradicional que se resiste a las modas. En Nerva, desde que comienza la Cuaresma, los platos que mandan en las mesas son los potajes de vigilia, las papas con choco en amarillo y las tortillitas de bacalao. Para el postre, la clásica tríada: torrijas, arroz con leche y leche frita.
Curiosamente, el enfoque gastronómico varía según el establecimiento. Mientras que en Entre Varales adaptan la carta con nombres cofrades y platos de vigilia específicos, en Los Hidalgo prefieren mantener su esencia inalterada. «Hacemos exactamente la misma cocina todo el año», explica Medina. «Gazpachuelo, caldillo de pintarroja, caracoles o boquerones al limón. Queremos que el cliente que viene por primera vez nos conozca por lo que somos siempre».
En Capirote, por su parte, apuestan por una cocina informal: montaditos (que ellos llaman capiros), gildas, albóndigas o flamenquines. Para quienes prefieran llenar el estómago con algo caliente ofrecen el puchero a la Encarni, en honor a la madre de su socia, Saray Trujillo. «Lo más importante es que venga la gente a pasar un rato agradable y a disfrutar del tapeo, que se esta perdiendo», resume Daniel Peregrina.
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Pared con imágenes de Alhaurín de la Torre en el bar Capirote. SurEn este tipo de establecimientos especializados ofrecen una cocina que atrae a un público habitual que repite durante todo el año y a otro no falla cuando llegan estas fechas. y que incluso reservan de año en año. «Acogemos muchos encuentros de hermanos o juntas de gobierno que tienen la costumbre de reunirse antes de la salida procesional», resume el propietario de Entre Varales.
Hablando de gastronomía de Semana Santa, durante estas fechas también se suman a la celebración otro tipo de restaurantes que organizan jornada cofrades o incluso ofrecen el tradicional potaje de vigilia. Sobre esto último, dos ejemplos concretos: La Máquina, que elabora durante toda la semana el tradicional con garbanzos, espinacas y bacalao negro de Alaska; y Taska Laska, que lo adorna con puerro crujiente y picatostes para darle una imagen y sabor algo más actualizados.
Un legado que se hereda
La importancia de estos negocios va más allá de lo meramente económico. En el caso de Nerva se considera incluso un guardián de la identidad de los barrios. Joaquín Fernández destaca cómo ellos se esfuerzan por transmitir esa pasión a los más pequeños e incluso les regalan los pequeños capirotes de colores que ellos utilizan para cubrir las pezuñas de los jamones. «No queremos que la tradición se pierda».
Al caer la noche, cuando el cansancio de los hombres de trono y los nazarenos se hace evidente, estos bares se convierten en el último refugio antes de volver a casa. Son lugares donde no hace falta explicar por qué se siente un nudo en la garganta al oír una marcha procesional o el paso de una imagen. Allí, entre el aroma a cera, el sabor del bacalao y el brillo de los cuadros, Málaga se redescubre y muestra respeto por sus símbolos.
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