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Última tarde con Carlos Garaikoetxea: "Me conformo con el reconocimiento del pueblo vasco en una confederación"

Última tarde con Carlos Garaikoetxea: "Me conformo con el reconocimiento del pueblo vasco en una confederación"
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En el sillón de su casa, el lehendakari compartió confidencias sobre la lucha contra ETA, las dificultades de convivir con Arnaldo Otegi en una coalición o su visión de los presidentes del Gobierno a los que trató.

Última visita a casa de Carlos Garaikoetxea, primer lehendakari de la actual etapa constitucional.

Política MUERE EL PRIMER LEHENDAKARI DE LA DEMOCRACIA Última tarde con Carlos Garaikoetxea: "Me conformo con el reconocimiento del pueblo vasco en una confederación"

En el sillón de su casa, el lehendakari compartió confidencias sobre la lucha contra ETA, las dificultades de convivir con Arnaldo Otegi en una coalición o su visión de los presidentes del Gobierno a los que trató.

Publicada 5 mayo 2026 02:48h Las claves

Las claves Generado con IA

Para Sagrario Mina, la primera dama más bella, serena y elegante desde la Transición hasta hoy

Mucho debía de querer Carlos Garaikoetxea a Manuel Irujo. Porque aquel ministro republicano, guardián de la esencia del nacionalismo vasco en el exilio, le enviaba las cartas dentro de los calcetines de un militante muy grandote que podría haberse llamado Koldo. Mucho debía de quererle porque Garaikoetxea, cuando llegaban las cartas, ¡las abría!

Le decía Irujo a Garaikoetxea las cosas de manera muy poética y así lo convenció, como jugando al hipnotismo. "Tú debes de ser el gran arquitecto". Entonces, Carlos dejó la empresa privada y se embarcó en la política para acabar convertido en el primer lehendakari de la Democracia.

Aquellas cartas no estaban en casa la última tarde que fui a ver a Garaikoetxea. O, de estar, estarían arriba en el granero. O en el cobertizo del jardín. Porque olía de maravilla. Lo que sí estaba en algún lugar era la figura de Irujo. Había un retrato de Carlos con una paloma y una ikurriña de fondo.

Era la cadena completa: las cartas de Irujo que lo convencieron y, después, la vuelta a Euskadi de Leizaola –lehendakari en el exilio hasta 1978– para entregarle las llaves de la institución en Guernica.

Entrar en casa de Carlos y Sagrario era como adentrarse en la mitología vasca con unas gafas de realidad virtual. Se podía, por el túnel del tiempo, viajar desde el tardofranquismo hasta hoy.

Sentados en el sillón, con su libro de memorias abierto en una mesa, junto a unos frutos secos y algo de beber, nos pusimos a practicar el arte de las confidencias y de la provocación.

Porque fui allí –él lo sabía– con la enorme curiosidad que provoca en quienes no hemos estado dentro del mundo nacionalista cómo es posible que un pacifista redomado como Garaikoetxea coincida en una coalición electoral con Arnaldo Otegi. Cómo es posible que el primer lehendakari, el hombre que siempre puso el pecho ante ETA, acabara integrando las siglas EH Bildu.

Aquel día estaba cercana la vandalización de la tumba de Buesa y a Carlos –con esa expresión me lo decía– se lo llevaban los demonios. En algún ayuntamiento, Bildu no había condenado lo sucedido y a Carlos le hervía la sangre.

Pero vamos a empezar por el principio.

Carlos Garaikoetxea nació, como tantos nacionalistas vascos, en una familia numerosa de cuño carlista. Esto no tiene mérito ni demérito. En la Pamplona de 1938, estadísticamente, casi todos eran requetés. Y los de Renovación Española –monárquicos–, que llevaban boina verde, eran llamados con muy mala leche "requetés sin madurar".

Lo suyo con el euskera fue una afición tardía, prohibida. Empezó a aprenderlo cuando muchos de los que lo sabían lo olvidaban. Y un padre escolapio le pegó un bofetón de aúpa cuando lo pilló con una gramática elemental. Se señalaba Carlos el moflete como se señalaba Baroja el cogote: un cura le pegó a don Pío un golpetazo similar cuatro calles más arriba. Los curas navarricos son la hostia.

El escolapio era de Ágreda. Es un milagro que Garaikoetxea haya vivido 87 años.

Carlos Garaikoetxea nunca quiso ser político. Hasta que llegaron las cartas olorosas de don Manuel, las cartas gruyere.

Llegó a presidir la Cámara de Comercio de Navarra, fue gerente de embutidos Mina –¡eso sí que olía bien!– y tantas otras cosas.

Fue protagonista en la creación de las ikastolas, en la defensa del idioma, la clave de bóveda a la que atribuía la inmensa capacidad de hacer comunidad.

Por su enorme humanidad, por la radicalidad de sus convicciones democráticas, jamás coqueteó con ETA. Ni con Franco ni sin Franco.

No olvidaba, me dijo, cómo un día, en Biarritz, don Manuel Irujo, al ver a un grupo de militantes de ETA, se acercó, los cogió por los hombros y, zarandeándolos, les espetó: "¡A ver si dejáis la violencia de una maldita vez y empezáis a trabajar por vuestro país!".

Garaikoetxea era un firme convencido de que la mancha sanguinaria de ETA y la complicidad de Herri Batasuna no hacían más que imposibilitar la utopía del Estado vasco.

Una de sus grandes decepciones la protagonizaron los socialistas navarros, con los que tanto se manifestó por la autodeterminación.

Los socialistas navarros, me decía Carlos una y otra vez, habían sido prácticamente todos favorables a la autodeterminación del pueblo vasco en el inicio de la Transición. Luego, Gabriel Urralburu dio el giro y se constituyeron como socialistas exclusivamente navarros.

"Bueno, Carlos, ahora estáis a punto de ser compañeros otra vez; estarás contento". Y él se reía, porque le gustaba mucho más la conversación en la discrepancia que en la militancia.

Le pregunté por Juan Carlos I, de quien destacó su afabilidad y lamentó sus segundas partes.

Me dijo que Suárez, "encantador y cariñoso", les llamaba mucho la atención a los vascos y a los navarros por su intensidad: "Joder, ¡es que era muy, muy cariñoso! Y aquí somos de manera diferente. Más abruptos, más directos. Suárez te abrazaba y no te soltaba en un rato".

Tuvieron complicidad. Negociando el estatuto, jornada maratoniana de varios días.

Cuando Garaikoetxea le dijo que se tenía que volver a casa porque no tenía más ropa, Suárez le ofreció sus camisas. Un periodista cabrón –que hoy dirige este periódico– se enteró y lo publicó. Entonces, El Pensamiento Navarro, diario integrista deseoso de dibujar a Suárez como un traidor, tituló: "Suárez ofrece a Garaikoetxea su camisa, su avión y el reino de Navarra".

Se atribuye –es apócrifa– a Baroja esa frase de... "¿El Pensamiento Navarro? ¡Pero si son incompatibles!". Y a veces nos lo ganamos.

Yo, por una camisa de Suárez, no sé si habría entregado Navarra entera, pero cuatro o cinco pueblos ya me lo habría pensado.

De Leopoldo Calvo-Sotelo, Carlos me contó los malos ratos que pasaron juntos en los funerales de las víctimas de ETA. Cuando llegaba, al presidente le tachaban de traidor, de laxo y de incompetente. Y, entonces, el presidente se agarraba al brazo del lehendakari. "A él le llamaban cabrón y a mí inútil", me dijo Carlos.

De los dos presidentes de UCD me habló muy bien. A González lo describió como "muy simpático", "más bien zalamero", y me contó una anécdota algo turbia.

En una comida, González le dijo a Garaikoetxea que tendrían que montar un almuerzo con Carlos Andrés Pérez, el presidente de Venezuela, porque éste sabía cómo enfrentar el terrorismo. Carlos le preguntó a un amigo venezolano por qué Pérez era una fuente interesante. Porque había practicado el terrorismo de Estado. "Verde y con asas", me dijo Carlos sobre la X del GAL.

El otro día, Cebrián, en una entrevista con El País, dijo entre risas que el GAL ya existía con Suárez y que González lo que hizo fue, simplemente, "organizarlo mejor".

Me iba hipnotizando Carlos igual que a él lo hipnotizó Irujo. Ya se me escapaban palabras en euskera, como las de mi tatarabuela Celestina.

Era el de Garaikoetxea un nacionalismo pragmático, cosmopolita –si esto no es un oxímoron– y trufado de una enorme humanidad.

Era un poco lío cuando Carlos decía "país" porque, claro, su país era uno y el mío otro. Y no había quien se aclarase.

Donde sí estábamos de acuerdo era en las fronteras del parque de la Medialuna, al otro lado del jardín. Me sentía en una embajada diplomática, en territorio neutral y de nadie, porque menudo lío con lo de los países y lo de los Estados.

En octubre de 1978, me contaba, le llegó la hora de la verdad. ETA no dejaba de matar y, como presidente del PNV, decidió convocar una gran manifestación contra la violencia terrorista. Se unieron varios partidos estatales. Era valiente porque, todavía entonces, en el mundo nacionalista muchos creían en la aureola de ETA como venerables gudaris antifranquistas.

Garaikoetxea dio el paso. Jamás, jamás, quiso aprovecharse de eso que un compañero suyo, antiguo cura, de buenos tortazos también, bautizó como "unos agitan el árbol y otros recogen las nueces".

La manifestación fue un éxito de convocatoria y un problema para el PNV: "¿Sabes? Bastantes militantes se dieron de baja. Años después, volvieron a afiliarse diciendo que siempre habían estado por la paz".

En el 83, ya siendo lehendakari –lo fue del 80 al 85–, lideró una mesa de diálogo con ETA para acabar con el terrorismo, pero un atentado la arruinó.

"Después de todos esos años del plomo tan duros, después de haber estado siempre donde tenía que estar... ¿Y ahora hay quien me llama cómplice y proterrorista? Me hierve la sangre, se me llevan los demonios. Igual que cuando algunos en la izquierda abertzale siguen sin asumir, decir y explicar lo que pasó. Tienen que dar ese paso cuanto antes, lo necesitamos todos".

Entrábamos en terreno delicado. Bullía en mi cabeza todo el tiempo la misma pregunta: "Pero, Carlos, ¿cómo es posible, entonces, que convivas en una coalición con Bildu? ¡No puedo entenderlo! No entra en mi cabeza". Y se la hice. Carlos Garaikoetxea era un hombre con el que se podía hablar de las cosas peliagudas como se hablaba del tiempo.

Sin miedo, sin tensión, en debate civilizado.

¿Cómo es posible que Eusko Alkartasuna, EA, el partido que fundó Garaikoetxea tras escindirse del PNV tras la guerra con Arzalluz acabara en Bildu?

¿Cómo es posible que el hombre que eligió para la primera página de sus memorias una foto suya abrazando a la viuda del asesinado Martín Barrios acabara en una coalición con Bildu?

Miraba a Garaikoetxea, me acordaba de él, y luego veía a Otegi, que secuestró a punta de pistola y nunca pidió perdón a su víctima; o a Mertxe Aizpurua, portavoz de la coalición en el Congreso, que escribía los editoriales celebrativos de la violencia. No me cabía en la cabeza.

Carlos me explicó que una coalición no era lo mismo que una integración, que su presencia en esa izquierda abertzale pretendía contribuir a alejar ese espacio de la violencia política, que pretendía arrastrar a toda esa gente al compromiso irrevocable de la paz y los derechos humanos. Carlos era un optimista.

Me dijo –también lo había contado en alguna entrevista– que Sortu, la vieja HB, Otegi, se habían hecho con la coalición y con las llaves de las siglas con oscuras maniobras internas. Y que eso lo había alejado de la esfera pública.

Es prácticamente imposible encontrar fotos de Otegi y Garaikoetxea juntos.

Carlos –esto no salió de su boca, claro– quería ser una especie de Dionisio Ridruejo, un hombre que convirtiera definitivamente a la izquierda abertzale a la paz. Pero ha muerto sin lograrlo. Sin que cobrara del todo cuerpo su persuasión.

Nos vimos una tarde en que se acababa el verano y había, al otro lado del jardín, en el atardecer, un murmullo de árboles que se ajustaba, como proféticamente, a esa decepción que desmigaba el lehendakari.

Le pregunté por el futuro que no vería. Me contó un Aberri Eguna en Vilnius: "Cuando viajas, relativizas tus convicciones nacionalistas, pero luego vuelves, ves que es posible la desaparición de una lengua, de un pueblo, y renacen en ti esas convicciones".

–Y, entonces, ¿qué? ¿Cuál es tu última reivindicación? ¿Un sueño posible?

–Me conformo con la pervivencia del pueblo vasco y su cultura, con todo el reconocimiento que merece, en una confederación.

Carlos Garaikoetxea ha muerto a los 87 años mirando al parque de la Media Luna, que es el lugar al que a tantos pamploneses nos gustaría mirar en la hora de morir. Con sus arcos de ladrillo lamidos por el musgo, el agua revoloteando por los estanques y el viento enredándose en esa barandilla verde asomada a la ciudad.

Habrá oído por última vez el ruido del salmonete temblando en la caña de pescar, habrá sentido el rocío de una mañana de monte en la Mesa de los Tres Reyes, habrá cogido aire como lo cogía en la moto camino de Larraina, habrá imaginado las notas de un réquiem tocado por la Sinfónica de Euskadi, se habrá palpado los callos de su mano de niño pelotari, habrá acariciado la sonrisa de Sagrario, habrá pensado en sus hijos, en sus nietos; y, al fin, habrá mirado por la ventana para ver lo que siempre soñó: un país, ¡cualquiera que sea!, en paz.

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