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Economía

Luchar contra el maniqueísmo en la política y en la vida

Luchar contra el maniqueísmo en la política y en la vida
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El maniqueísmo acaba reduciendo la realidad a una oposición radical entre lo bueno y lo malo; sin término medio. Leer
La aguja de marearLuchar contra el maniqueísmo en la política y en la vida
  • JAVIER AYUSO
Actualizado 31 MAR. 2026 - 01:37El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez.Europa Press

El maniqueísmo acaba reduciendo la realidad a una oposición radical entre lo bueno y lo malo; sin término medio.

Es una doctrina que cada día se impone más en la política y, en general, en la vida de los ciudadanos haciendo un daño irreparable a la convivencia. Los líderes actuales, casi sin distinción, ven en el contrincante un enemigo al que hay que destruir porque no es más que su némesis. Y así no vamos a ninguna parte, porque están incapacitados para cualquier diálogo y, por supuesto, para lograr acuerdo alguno.

Basta echar un vistazo al panorama mundial para comprobar el daño que está haciendo en las relaciones internacionales y en la vida diaria de las personas. El maniqueísmo causa racismo, xenofobia, homofobia y todo tipo de odios, además de alentar los enfrentamientos entre estados y religiones. El mundo vive en una situación de máximo riesgo de colapso por las guerras que enfrentan a buenos y malos, según quiénes dictan las normas. Los viejos valores de la democracia se están destruyendo por esa forma de entender la vida.

El mayor ejemplo de esa nueva enfermedad que asola a la civilización se encuentra en los Estados Unidos, en donde su presidente señala con el dedo a quién hay que exterminar, dentro y fuera del país. Empezó con su ofensiva contra los inmigrantes y continuó con todos aquellos países que le molestaban para imponer su nuevo orden mundial basado en la fuerza bruta. Hasta sus aliados históricos fueron diana de su odio y de sus castigos en forma de aranceles. Y, por supuesto, las agresiones contra países a los que considera que forman parte de un eje del mal que hay que destruir. Donald Trump es, hoy por hoy, el paradigma de un maniqueísmo destructivo.

En España, hace tiempo que la vida política vive en una batalla continua entre buenos y malos, dependiendo del bando en el que te encuentres. La llamada "nueva política" ensanchó el terreno de juego hacia los extremos, con partidos que consiguieron crecer incitando al odio frente al contrincante. Una forma de actuar que, poco a poco, se fue extendiendo a todo el panorama político. Los dos partidos mayoritarios se dejaron arrastrar por esa fuerza centrífuga radical y el resultado es que es imposible afrontar los retos de los ciudadanos, porque la lucha impide el diálogo. ¿Dónde quedó el espíritu de consenso que trajo la democracia a España y la hizo grande?

El actual gobierno de coalición progresista se rige por las normas del maniqueísmo. Pedro Sánchez anunció en su día que iba a levantar un muro contra la ultraderecha y ha acabado creando una auténtica brecha contra todos aquellos que no le apoyan en sus decisiones camaleónicas. Él, sus socios y sus seguidores califican de fascistas todo lo que no sea una doctrina oficial que cada día se parece más al pensamiento único de tiempos pasados. Incluso buscan enemigos dentro de sus propios partidos.

En el PSOE y en la izquierda alternativa los enfrentamientos se han convertido en una costumbre, con purgas, expulsiones y ataques a aquellos militantes o antiguos dirigentes que no aplauden a los líderes actuales. Socialistas que hicieron grande España, como Felipe González, son considerados traidores por criticar la nueva doctrina sanchista y pedir la vuelta a la esencia del partido. A su izquierda, Sumar, Izquierda Unida, Podemos y algunos grupos nacionalistas llevan años en una lucha sin cuartel, señalando a los malos para ocupar los puestos dirigentes y situarse en las poltronas del poder.

¿Y qué decir de la ultraderecha? En los últimos meses se ha desatado una auténtica guerra interna, fruto del sistema autoritario y antidemocrático del presidente de Vox, Santiago Abascal. Estos días se destapan las intrigas, las traiciones y los negocios encubiertos que muestran la realidad de una formación política que cada día se aparta más de la institucionalidad y del propio sistema democrático español. Nacieron fruto del voto del odio y ese rencor se ha enquistado en su propia organización.

El PP tampoco se libra de esa lucha entre lo bueno y lo malo. Tras no poder formar gobierno a pesar de ganar las elecciones generales de 2023, el partido que preside Alberto Núñez Feijóo hizo del maniqueísmo su bandera, llegando a calificar de ilegítimo el ejecutivo formado por Sánchez con el apoyo mayoritario del Parlamento y, desde entonces, se ha opuesto a prácticamente cualquier medida presentada en las Cortes por los socialistas. Se tomaron en serio desde el primer día la intención del PSOE de construir un muro y ellos mismos se situaron al otro lado.

El espectáculo semanal de los debates en el Congreso de los Diputados, con los portavoces populares echando fuego por la boca y faltando al mínimo decoro político e institucional, son una muestra más de ese maniqueísmo que no discrimina entre las decisiones que pueden ayudar a los ciudadanos. No deberían ser justificación los malos modos de algunos miembros del gobierno y del PSOE, que escupen insultos a diario para ocultar su ineficacia. Quienes ganan con todo ello son las fuerzas antisistema independentistas.

Lo peor de todo, es que ese maniqueísmo político ha llegado a toda la sociedad. Y no solo a través de las redes sociales, que se han convertido en un auténtico vertedero sin ideas ni derecho al debate, sino en la vida diaria. El odio al diferente crece cada día y todas las fobias forman parte de unas relaciones humanas deterioradas. Luchemos contra el maniqueísmo si queremos recuperar la convivencia.

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Fuente original: Leer en Expansión
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