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Adobe Stock Más fuego y dolor con el nuevo desorden mundialCon la llegada de Donald Trump la realidad de las bombas se impone a la diplomacia y deja en fuera de juego a los grandes organismos al imperar la ley del más fuerte
Izaskun Errazti
Domingo, 15 de marzo 2026, 08:00 | Actualizado 09:24h.
CompartirSirve para algo la ONU? Esa era la pregunta que en noviembre de 2023 nos hacíamos desde estas mismas páginas al calor de la invasión rusa de Ucrania, que llevaba camino de cumplir los dos años, y apenas un mes después de los atentados de Hamás contra Israel. Benjamin Netanyahu juró venganza «inmensa» y, sin resistencia alguna, sembró la devastación en territorio palestino, mientras arreciaban las críticas por la inoperancia de la Organización de Naciones Unidas, incapaz de detener la crisis humanitaria y los crímenes de guerra en Gaza. «La ONU está en coma», decían algunos analistas. No funciona, y además nos sale carísima, afirmaban sus detractores más duros. Para Cristina Gallach, que llegó a ser secretaria general adjunta con Ban Ki-moon, el fracaso de la entidad, que aglutina a 193 países, respondía entonces «a la fractura que existe en la gobernanza global por la creciente división en bloques del mundo». Y esa brecha geoeconómica y política a la que se refería la que también fue portavoz de Javier Solana en la OTAN y del Consejo de la Unión Europea, sigue siendo hoy la causa fundamental del limitado impacto o fracaso de la diplomacia multilateral.
Durante los 80 años transcurridos desde el término de la Segunda Guerra Mundial hasta la actualidad el final negociado y la vía diplomática se han impuesto en la resolución de contiendas. Pero la irrupción de Donald Trump en la política internacional, especialmente en su segundo mandato (2025-2029), ha dinamitado las reglas del juego del orden mundial. Frente a la aspiración de influir mediante el multilateralismo y las normas, impera la ley del más fuerte, la presión, el desorden. Y los conflictos se alargan y se multiplican. Venezuela, Groenlandia, Siria, Irán, Líbano... Ahora, la pregunta del millón es si la diplomacia ha muerto, si hemos perdido la fe en ella y si es posible recuperarla.
2015 el año
que se firma el acuerdo para limitar el acceso de Irán al arma nuclear
«Diplomacia sí o sí», afirma rotunda Sonia Sánchez, profesora de grado de Relaciones Internacionales en la Universidad Francisco de Vitoria (UFV) de Madrid. «Lo que ocurre es que la diplomacia rara vez funciona en el vacío. Toda relación diplomática, para ser creíble y eficaz, necesita poder por detrás», advierte la experta, quien critica que a menudo se confunda la diplomacia con el simple intercambio de pareceres, olvidando la realidad del orden internacional. «Si tú no respaldas ese ejercicio diplomático con la capacidad de imponer alguna sanción o hacer que el coste del fracaso sea lo bastante contundente como para dirigir al acuerdo a quien está negociando, es muy difícil que tenga éxito», apostilla. Y esa falta de músculo, defiende, es el gran talón de Aquiles de una Unión Europea que se proyecta como «una potencia normativa» basada en reglas y multilateralismo.
Diplomacia 'cañonera'
Estados Unidos ha puesto la diplomacia al mismo nivel que el poder. «Es lo que se llama 'diplomacia cañonera': 'Estoy sentado en la mesa de negociación, pero tengo mis cañones apuntando por si las negociaciones fallan'», indica la profesora. «Y Europa no tiene esos cañones». La estrategia de Trump ha puesto de relieve los límites estructurales del viejo continente para actuar en el exterior. «No tiene una voz única, no es un actor potente porque no tiene capacidad militar y a nivel tecnológico se ha quedado atrás, lo que le resta influencia», reflexiona Sonia Sánchez.
«La diplomacia nunca puede morirse porque es el último instrumento que nos queda para evitar llegar a las armas»
Arancha González Laya
Exministra de Asuntos Exteriores
Sin embargo, hubo un tiempo en el que la diplomacia europea consiguió lo que parecía imposible: la negociación de un acuerdo para limitar el acceso de Irán al arma nuclear. Bien lo recuerda la exministra española de Asuntos Exteriores, Arancha González Laya, que pone en valor el papel de dos altas representantes de la Unión, la italiana Federica Mogherini y la británica Catherine Ashton. Ellas lideraron aquella iniciativa «en el marco de un gran esfuerzo de Naciones Unidas», donde estaban Alemania, Reino Unido y Francia, Estados Unidos, Rusia y China. Así, en 2015 se alcanzó un pacto «sólido con cláusulas de verificación internacional».
Pero la política interna de las grandes potencias suele ser con frecuencia el mayor enemigo de los acuerdos externos y sólo tres años después, cuando Donald Trump llegó por primera vez a la Casa Blanca, aquel pacto acabó en la papelera. Cuenta González Laya que «no fue porque fuera malo, insuficiente o ineficaz. Simplemente lo había negociado su predecesor en el gobierno, Barack Obama, y Trump rehuía de todo lo que el demócrata había hecho antes. De aquellos barros, estos lodos», lamenta. Porque aquel gesto no solo descarriló años de trabajo de la diplomacia preventiva liderada por la UE, sino que instaló una desconfianza crónica que hoy, ocho años después, hace imposible cualquier acercamiento con Teherán.
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Los organismos internacionales fueron incapaces de frenar la despiadada ofensiva israelí en la Franja de Gaza. AFPEl problema actual con Irán responde a una suma de factores, como la sospecha constante sobre la penetración norteamericana en la región, la desestabilización iraní mediante milicias proxies en Siria, Yemen o Irak y una falta total de confianza mutua, según enumera la exministra. Sin olvidar la rivalidad de Irán con Arabia Saudí, Israel y Turquía, que genera reticencias a aceptar una república islámica nuclear o influyente, ni los matices significativos en los objetivos estratégicos que mantienen los artífices de la llamada 'Operación Furia Épica'.
Así, mientras Israel tiene claro que busca acabar con un régimen que cuestiona su propia existencia, Estados Unidos ha entrado en esta guerra «sin saber muy bien cuál es la puerta de salida», advierte la experta en Relaciones Internacionales, quien sigue defendiendo el papel de la diplomacia. «La diplomacia nunca puede morirse porque es el último instrumento antes de las armas», destaca. Y rompe una lanza a favor de esta práctica, porque, pese a las sombras, ha dejado rastros de éxito reciente, como el tratado de pandemias de la Organización Mundial de la Salud (OMS) o acuerdos de protección marítima, logrados incluso con la participación de Estados Unidos.
«Toda relación diplomática necesita detrás poder para que sea creíble y eficaz. Si no es difícil que tenga éxito»
Sonia Sánchez
Profesora de Relaciones Internacionales en la Universidad Francisco de Vitoria
Instituciones «castradas»
El siglo XX dejó como herencia la Organización de Naciones Unidas (ONU), la Organización de Estados Americanos (OEA) y la Corte Penal Internacional (CPI), tres organismos pensados para evitar conflictos, proteger derechos humanos, defender la democracia y juzgar a los criminales de guerra. Pero en un escenario como el actual marcado por contiendas prolongadas, dictaduras y crisis humanitarias cabe preguntarse si han cumplido su misión.
«Las Naciones Unidas funcionan si los países que la componen quieren que funcionen», insiste González Laya. «La dificultad está en que la ONU está castrada por los propios miembros permanentes del Consejo de Seguridad, como Rusia o Estados Unidos, que utilizan su derecho a veto para bloquear la operatividad de la institución», critica.
Precisamente, el debate sobre la reforma de ese derecho a veto lleva años sobre la mesa, «impulsado especialmente por los países emergentes o los BRICS, los que más han cuestionado esa estructura, que al final era una garantía del statu quo que se impuso después de la Segunda Guerra Mundial y que blindaba de algún modo a los estados vencedores a continuar con un orden favorable a sus intereses», recuerda Sánchez.
193 Estados miembros
representados en la ONU, que asiste a un cuestionamiento histórico
Sin embargo, advierte, «cualquier institución nueva requeriría de una capacidad de coacción internacional que hoy no existe por encima de los estados. Sin una fuerza internacional por encima de los estados ya puedes crear cualquier institución que quieras que no va a tener los mecanismos para hacer cumplir sus fines».
En el contexto de la actual guerra de Irán, con Estados Unidos ejerciendo una diplomacia de choque y las instituciones internacionales bloqueadas, la pregunta ya no es cómo zanjar este choque sino cómo gestionar el «día después». Es aquí donde la experta de la UFV plantea una reflexión que separa a los hombres de estado del simple estratega militar. «Nuestros líderes no deben perder de vista que el día después es tan importante como el día antes. Hay que tener la mira puesta no solo en la capacidad de destruir, sino en la de construir», insiste. «Y sólo se puede construir mediante el diálogo», concluye.
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