Manuel Vicent es la voz más reconocida en el género de la autobiografía. David Morales
PolíticaHABLANDO SOBRE ESPAÑA Manuel Vicent: "Si lo que dice el juez sobre Zapatero es cierto, se resquebrajarán los sueños muy deteriorados ya del socialismo""Sánchez vive del odio político que genera: eso le da una fortaleza brutal y conforma su instinto de supervivencia".
"Ser moderado en la España de hoy requiere de una extremada fortaleza; es para los audaces".
"Para mí, la república es una entelequia de libertad, pero tal y como está España hoy, cambiar de régimen sería una locura".
"La Transición se fundó en el bar del Congreso. Al principio, los comunistas no iban. Cuando entraron y coincidieron todos, se hizo efectiva la Transición".
Daniel Ramírez Publicada 24 mayo 2026 02:13h Las clavesLas claves Generado con IA
Este y cualquier otro día, va caminando con su jersey en los hombros, el mar incrustado en los ojos y el salitre poniéndole perdidas las columnas. Son más bien columnatas. Por cómo adornan la vida y cómo la dejan ahí, para siempre, esperando a que alguien las encuentre.
Con algunos de sus textos, le ha pasado lo que decía otro Manuel, Machado, de las coplas: "Hasta que el pueblo las canta, coplas no son. Cuando el pueblo las canta, ya nadie sabe el autor". Navegan como barcos piratas sus reflexiones sobre el paso del tiempo, el placer, la muerte, los amigos y la melancolía.
Y sucede mientras él camina por aquí –lo seguimos sin que se dé cuenta–, ajeno a esa playa, sin más redes que las de pescar, con algún libro en la mano, a la busca de un compañero, de un fantasma, parándose de vez en cuando a mirar algo.
Intentamos mirar con él para saber cómo es mirar así. Con el verano y el júbilo de vivir encadenados en la retina. Y lo más importante: sabiéndolo escribir como si esas imágenes, pasadas por algún viaje a Ítaca, se convirtieran automáticamente en palabra.
Una vez se lo preguntaron. "Manuel, ¿qué ves? Mira ahí y dime qué ves". Y él dijo, más o menos, que desde niño ve de dos maneras distintas las cosas: la corriente, la de este asfalto que arde; y la del interior, la de la arena en el fondo del mar.
Llega Manuel Vicent (Castellón, 1936) hasta la puerta del Eurobuilding, en el club de la lucha de la ciudad, el de las grandes torres. Manuel emerge esta mañana y todas las demás desde una colonia de chalés muy cercana donde todavía se escucha a los pájaros y es imposible morir atropellado. Emerge Manuel sin ruido, como una ola del Mediterráneo.
Le hemos propuesto dar un paseo –sentados– por su vida y por todas las Españas que ha conocido. Surgió esta entrevista como una manera de celebrar a una generación, en la muerte de su vecino Raúl Del Pozo.
Utilizamos como cartografía el documental de David Trueba recién estrenado que lo tiene como protagonista, Mañana seré feliz. También dos libros que escancian lo mejor de su oficio: Una historia particular (Alfaguara, 2024) y la antología Detrás de la herida, publicada por La Cama Sol, editorial y club clandestino a un tiempo, que acaba de publicar una edición de bibliófilo con ilustraciones de Rafael Canogar.
Vicent, escritor en El País desde 1977, fue primero un hijo de los vencedores, después un niño que tomó conciencia del hambre, luego un chaval que acabó metido en algún lío durante el tardofranquismo, a continuación prosista afilado en Hermano Lobo, más tarde inventor de autoficciones de distintos momentos de la Historia. Conocedor de reyes y presidentes.
Vicent consigue que, escuchándole, te quieras quedar a vivir en él. Por esa mezcla de ternura, ironía y mordacidad. Por la diversión. Vicent es la gota de misterio que tiene el buen gintonic.
Vamos apuntando verdades. Verdades para aprender a vivir lo que todavía no nos ha tocado. Verdades para comprender lo que hemos vivido sin darnos cuenta. Algunas grandes tentaciones, el sentido de estar aquí, por qué escribir, la muerte de los padres, la muerte de un hijo.
Cabría resumir la entrevista así, con un "mira, muchacho" muy cariñoso.
Mira, muchacho, el máximo placer está siempre en acercarse al límite, pero sin traspasarlo.
Manuel Vicent, a su llegada al hotel Eurobuilding, el día de la entrevista. David Morales
Mira, muchacho, si quieres ser inmortal, siéntate en un jardín, en silencio, deja los ojos entreabiertos y quema en la luz del sol tus mejores recuerdos.
Mira, muchacho, eso que llaman felicidad está en la imaginación, en pensar que puedes ser muy feliz mañana.
Se sienta Vicent ante la grabadora con sus pantalones chinos, sus zapatos marrones y su jersey turquesa. Los ojos azules y el pelo blanco son lo único que verdaderamente le corresponde; lo demás es falso, un disfraz.
Vicent, así lo vemos con la otra mirada, la mirada de la verdad, lleva una túnica blanca, el pleno blanco, los ojos azules y está sentado en la Biblioteca de Alejandría, de pie en un velero hacia la Isla del Tesoro, tumbado en una balsa que flota en el Egeo, en cualquier parte, gritando, como el protagonista de "La educación sentimental" que sí, a todo que sí.
Nos vamos acercando al verano, Manuel. ¿Sigues siendo aquel gran cazador de moscas al vuelo como cuando eras niño?
El verano es un estado de ánimo. El Mediterráneo, en cambio, lo percibo como un mar interior, un mar mental, navegable. Los veranos y el mar de mi infancia son mi eterno retorno. La memoria de la niñez siempre se adentra en el verano y en el mar. En aquel tiempo yo siempre ganaba el concurso de cazar moscas al vuelo.
Ana María Matute estaba muy convencida de que vivimos cinco o seis años y, a partir de ahí, todo es volver.
El tiempo no existe. El tiempo es lo que te pasa. Por eso pasa tan deprisa cuando no te pasa nada. En ese caso, el tiempo huye. Pero, si te pasan cosas, se detiene y vuelve siempre a ti para ver qué te está sucediendo.
La densidad del tiempo.
Cuando el tiempo está lleno de experiencias y de estímulos, posee mucha densidad, mucho peso. De lo contrario, resbala. Entras en el verano y, resbalando, resbalando, sin darte cuenta, estás en Navidad, en primavera, en verano, y otra vez en Navidad y, a la mínima, vuelves a oír cantar turrones El Lobo… y así pasa la vida, tan callando.
A ti no te pasa eso ni a los noventa. Todo el tiempo te pasan cosas. Hasta has rodado un documental.
Tienes razón. Estoy muy manoseado últimamente… –se parte de risa–. Soy consciente, más que nunca a esta altura, de que el tiempo es limitado. Esa podría ser otra dimensión del tiempo de la que hablar: el tiempo como factor psicológico, el factor chicle.
Procuro acercar mucho el horizonte. Estamos a finales de mayo, pero para mí junio no existe. Ya vendrá… si viene. En esta etapa de mi vida, vivo con gran intensidad. Vivo cada hora. ¡Puedo palmar en cualquier momento! ¡Podría palmar ahora!
No me jodas, Manuel. Espera a que acabemos la entrevista.
Es que no es una metáfora. Se trata de crear tu propio horizonte. Un año, unos meses, unas semanas, unos días. El tiempo tiene una gran intensidad. Si lo cuentas por días, por horas, hasta por minutos, entonces, esta Coca-Cola que nos estamos tomando, para mí, en este instante, tiene más profundidad que la filosofía de Sócrates.
¿Algún aplauso supera a la primera gran ovación que nos dan de niños?
Creo que… Ahora que lo dices… Hubo un hecho que, de niño, me transformó por dentro. Habíamos ido de excursión a una ermita muy famosa en Villarreal, la de la Virgen de Gracia. Estábamos de acampada. Eran los años cuarenta. Yo tendría unos ocho o nueve años, no sé.
Un consiliario, el que mandaba en aquella acampada, supongo que un cura, quiso que yo me subiera a un risco y recitara de memoria un discurso que él había escrito para trescientos o cuatrocientos niños. No sé por qué me eligió a mí, que era un trasto, pero aquello me jodió la vida. Porque me hizo sentir importante, distinto de los demás. De niño tardé en curarme.
Te empujó inexorablemente al arte de contar historias.
Me empujó al “esto, que lo haga Manuel”, “esto, que lo cuente Manuel”, “esto, que lo escriba Manuel”. Si en vez de estar en la cima del risco hubiera estado abajo, quizá no habría escrito jamás. El río de mi vida habría transcurrido de otra manera.
Tras la muerte de Raúl del Pozo, Manuel Vicent es el último de su estirpe. David Morales
El verano también es el placer. Es el territorio donde procuramos vivir lo que no podemos vivir el resto del año. ¿Con qué cartas se juega a los noventa?
Dormir bien, un sueño apacible, es una de las grandes cartas. Otra tiene que ver con la salud, con tener una salud acorde a la edad, no estar enfermo. Esa es la base. A esta edad, cualquier cosa que hagas, cualquier paso que des… Ahí la vida te está recordando que estás vivo y que es un éxito. Ponte una camisa blanca y vive, sin más.
Para mí, la máxima sabiduría hoy consiste en mirar dónde pongo el pie. Es simbólico, ¿no te parece? No pisar charcos, no pisar agujeros… Sé que, si me caigo, tiene que venir la grúa. La felicidad, si es que se le puede llamar así, pasa por asumirlo.
Esa es la base, pero ¿qué hay en el tejado?
La música, la buena lectura. Pero… debes tener buen oído y buena vista. Y el sabor, el gusto. Siempre tienes a mano un gintonic y los recuerdos. Eso funciona. La música, la lectura, el gintonic y los recuerdos son cartas llenas de placer.
¿Hay algunas cartas que permanecen por siempre, en todas las edades?
Cada edad tiene sus cartas. El placer está en llevar esas cartas al límite… pero sin traspasarlo. Lo explicaron los griegos: el momento de mayor placer se produce antes de traspasar el límite, antes de llegar a la orgía de Dionisos está Apolo.
El máximo placer está en el gintonic que te estás preparando, en la mirada de esa chica en el autobús, en la sonrisa de un niño, en el chaval que te cede el asiento en el autobús. En la esperanza de que te lo vas a pasar en grande mañana. Soy un firme convencido de que la felicidad anida en el cerebro, en la imaginación de lo que puede suceder. Luego, empiezas a beber… y todo se esfuma, se disuelve.
Suena Chet Baker, estás bebiendo algo, mirando por la ventana y no vienen hijos ni nietos esta tarde. ¿En qué piensas?
Soy un masoquista. Me fustigo con una intensidad enorme. Me pongo jazz y empiezo a recordar. Pienso en amigos, en viajes, en momentos en los que he sido feliz. Es un placer sin nostalgia.
¿Qué es entonces? ¿Melancolía?
No es que yo me ponga a decir… “Qué mal estoy ahora y qué bien estuve; hoy soy una catástrofe y el pasado fue maravilloso”. No, no es eso. Es distinto. Es la concentración en los hechos felices al ritmo de la música. Te abstraes, te quedas ahí…
Cuando se mueren los padres, ¿se piensa mucho en eso a lo largo de la vida?
La primera vez que se piensa en la muerte de los padres es con ocho años. Ahí sientes el mayor terror. Porque, viendo alguna que otra muerte cercana, llegas a la conclusión de que tus padres, tus protectores, también se van a morir. Yo de niño lo intuía por el ruido de la sierra del carpintero del pueblo, que fabricaba el ataúd a medida; por las campanas de la iglesia que tocaban a muerto.
La vida consiste en ir muriendo sin darse cuenta. El cuerpo te va dando avisos y llega un momento en que la muerte se aparece como una bahía. Lo último de la vida es desear una buena muerte.
Te lo preguntaba porque has escrito con detalle las dos escenas varias veces. Llegaste y tu madre había muerto con tu nombre en la boca. Tu padre vivía, expiró, y notaste algo en la nuca.
Ese hálito es el aire que estaba en los pulmones y que sale de golpe con la muerte. Unos lo llaman espíritu; otros lo llaman aliento, otros lo llaman alma. Fui monaguillo en mi pueblo, he enterrado a mucha gente. Ayudaba con el viático, veía agonizar… El espectáculo de la muerte siempre estuvo al alcance de mi mano. Yo mismo estuve en coma, de niño, por un accidente, cuatro o cinco días.
¿Eso te sirvió? Esa cercanía con la muerte.
En la España de la posguerra, los que nacimos en aquel tiempo, la muerte estaba muy presente. Estábamos más familiarizados con ella. Formaba parte del paisaje. “¿Quién se ha muerto? Están sonando las campanas”. Tocaban a muerto, pero siempre eran otros los que se morían.
Releyendo tus libros y tus columnas, me he encontrado con el texto que dedicaste a tu hijo [Mauricio Vicent murió en Madrid en 2023 a causa de un ataque de asma que derivó en crisis cardiorrespiratoria. Tenía 59 años].
La muerte de los padres y la muerte de los hijos son universos totalmente distintos. Si un hijo se te muere cuando es muy pequeño, aunque nunca te recuperas, el tiempo lo va envolviendo en su niebla. Pero, cuando tu hijo se muere mayor…
Piensas que la muerte se ha equivocado, que debía haber ido a por ti, que eras tú quien tenía que marcharse. A mí ya no me va a dar tiempo a asumirlo. Tengo todo el tiempo esa sensación…
Además, murió tan de repente. Estaba en un concierto, llegó a casa y le dio un ataque de asma. Tenía que haber muerto yo, era yo el que tenía que morirse. Me habría cambiado por él. Desde entonces, soy un ser humano diferente.
¿A qué te refieres exactamente?
Hasta que murió mi hijo, me sentía fuerte. Me sentía respetado por el destino. Sin embargo, al morir mi hijo, me sentí muy vulnerable. Soy vulnerable en todos los aspectos de mi vida. Si me había pasado eso, me podía pasar cualquier otra desgracia. El baile, de pronto, se acabó.
Las obras de Manuel Vicente, sobre la mesa de la entrevista. David Morales
Poco después de que nacieras empezó la guerra. Tu padre vivía escondido de los republicanos en el armario de doble fondo de la parte superior de la casa.
Mi padre era de la CEDA. Además, amigo de uno de sus fundadores, Luis Lucia, de Valencia. Fue un experimento curioso la CEDA… Tenía dentro una derecha republicana democrática y otra más proclive a lo totalitario.
Más allá de ese vínculo, mi padre no era un hombre político, pero cuando empezó la guerra, lo detuvieron. También a mi abuelo. Quizá por ir a misa o por ser pequeños propietarios, vete a saber. Lo condenaron, pero pudo salir pagando una fianza. Lo que pasa es que el terror había empezado y se escondió.
En el armario.
Sí. Yo creo que lo acabaron sabiendo y lo respetaron porque en la parte de debajo de la casa, en el piso bajo el armario, algunas habitaciones eran utilizadas como oficinas por los republicanos. Cerraban a las siete de la tarde y mi padre salía del armario, bajaba y se ponía a tocar el violín. Surrealista, ¿verdad?
Surrealista. ¿Y tu madre?
Mi madre era una santa. Un día, de pronto, apareció embarazada de nuevo. ¡Embarazada por el espíritu santo! Porque mi padre en teoría estaba fugado, aunque vivía, como te decía, en el piso de arriba. Pero yo no tengo recuerdos de eso. Es lo que me contaron.
A tu hermana no la pudieron bautizar porque la iglesia era un bar.
Sí. Y al pobre sacristán, después de la guerra, lo fusilaron por haber entregado la llave de la iglesia para que se convirtiera en un bar. ¡Qué iba a hacer el pobre hombre!
¿La izquierda mitifica demasiado la Segunda República? Celaya escribía “no demos cuerda al recuerdo” y Anguita me dijo antes de morir que tenía la obsesión de convencer a los suyos de que la Tercera República no debe parecerse a la Segunda.
La República no terminaba de llegar. Era un sueño. La generación del 27 fue tan creativa porque, en plena dictadura de Primo de Rivera, vivía en la expectativa de ese sueño. El de la República y la libertad.
“Lo mejor no es el placer, sino cuando lo ves llegar: el gintonic que se acerca”.
¡Exacto! ¡Si es que siempre es lo mismo! Volvió a suceder en el tardofranquismo. Los años sesenta y primeros de los setenta fueron muy creativos porque la libertad ya se adivinaba. La República no llegó a producir nada comparable a la generación del 27.
Desde el primer momento, la izquierda y la derecha conformaron sus bandos. La República fue un fracaso político absoluto. Se hundió con el golpe del 18 de julio y la Guerra Civil. Desde entonces, funciona como un mito. Algo que pudo ser y no fue. España no estaba preparada.
Muchos años después, conociste a muchos de esos líderes republicanos, sobre todo a Pasionaria y Alberti. ¿Qué había hecho con ellos el paso del tiempo?
Llegué al Congreso para escribir las crónicas parlamentarias tras las primeras elecciones, las de junio de 1977. El Partido Comunista sacó 20 diputados. Todos los diputados iban al bar, menos los comunistas, que iban directamente al escaño.
Los comunistas eran 18 caras antiguas y dos nuevas: Tamames y Sartorius, que se habían equivocado de partido creyendo que iban a ser como los comunistas italianos de Berlinguer. Lo de las caras es muy importante.
Por el recuerdo.
Sí, porque esas 18 caras antiguas recordaban a la Guerra Civil. Y la gente no quería saber nada de la guerra. La gente odiaba la guerra. Y entonces nació una palabra mágica: socialismo. Esa palabra sintetizó en el rostro de Felipe González. Se produjo un vuelco. Me preguntabas por Carrillo, Pasionaria…
Sí.
Carrillo estaba recién llegado del exilio. Había estado entrando en España con peluca. Podían detenerlo. Había sido fusilable durante muchísimos años. De pronto, se encontraba en un Parlamento donde podía decir lo que le daba la gana, donde un ujier le ponía un vaso de agua con una servilleta.
Entonces, un día pensó: “Yo ya he hecho la revolución. Yo he luchado para esto. Mi lucha ha terminado”. Tenía síndrome de Estocolmo con Suárez porque lo había legitimado. Los comunistas entraron, por fin, al bar. La Transición, en realidad, se fundó en ese bar.
Un momento de la entrevista. David Morales
Más allá del ambiente en casa, te educaste en el nacionalcatolicismo ortodoxo. Queríais ser como los soldados del Alcázar, los de aquella película que os ponían.
Cuando llegábamos a la escuela, estaban las banderas en la fachada. Debíamos cantar el Cara al Sol con el brazo en alto. Mi madre solía prepararme un bocadillo de atún en escabeche. Un día, me equivoqué y levanté el brazo derecho para cantar con el bocadillo en la mano. El maestro me pegó tal bofetón que todavía me acuerdo.
¿Lo de no tener letra en el himno nos ha influido de alguna manera? O quizá haya sido la propia marcha real, que no es muy sexy.
Con lo bonitos que son los himnos de Inglaterra, Francia y Alemania… Pemán hizo una letra para el de España que no estaba nada mal. A mí, que la gente para cantar el himno de España tenga que hacer el tururú, tururú… Me hace gracia, no le doy importancia. Todos los himnos están llenos de violencia. En cambio el tururú viene de la selva.
Tu primera conciencia, antes que la de vencedores y vencidos, creo que es la de hambrientos y no hambrientos. Unos no cenaban y otros tomaban bicarbonato para la digestión.
Fui tomando esa conciencia poco a poco. Hablo de mis primeras impresiones, de la niñez. En la escuela, había compañeros que te robaban el bocadillo. Una niñera sacaba a pasear por las tardes a mi hermano pequeño con un bocadillo de chocolate. Se lo quitaban.
Por las noches, cuando estábamos cenando, aparecía de vez en cuando algún jornalero. “Buenas noches”, “Buenas noches, ¿cómo está usted? ¿Quiere cenar algo?”, “No, no, ya he cenado”. Pero yo me daba cuenta de que ese jornalero no había cenado. Iba palpando el hambre de la gente.
Muchos años después, ya mayores, uno que era amiguito mío de niño me dijo: “No sabes lo que era llegar a casa a cualquier hora, abrir la alacena y que no hubiera nada. Nada para desayunar, nada para comer, nada para cenar”.
¿Qué más recuerdos tienes grabados de la posguerra?
Una señora del pueblo, muy rica y muy presumida, por no decir otra cosa, salía a exhibir una bandeja con seis hogazas de pan blanco en pleno racionamiento. Yo tendría siete u ocho años. Un día, unos chavales de 15 o 16 saltaron como gatos y cogieron una de las hogazas.
Se fueron corriendo. Los cogieron a los pocos minutos, pero ya habían devorado el pan. Estaban muertos de hambre. Esas cosas se te quedan marcadas y las recuerdas cuando eres mayor.
Llévame a aquella librería, a la trastienda, cuando los de Bandera Roja te dan los libros publicados en el exilio y explota tu cabeza de niño de los vencedores. Dices que tuviste que digerirlo con hierba y música de los Beatles.
En Valencia, conocí un librero que vendía esos libros prohibidos. Me daba algunas cosas, pero era más como la sensación de disfrutar de estar en un lugar clandestino. Yo, en realidad, lo que quería era ligar, bailar y estar en el mar.
La escena que tú mencionas corresponde ya a Madrid, donde coincidí con una célula comunista que empezó a abastecerme de algunos títulos. Leí el libro canónico de Hugh Thomas y “El laberinto español”, de Brennan. Esas fueron mis dos biblias. Entendí que nada era como me lo habían contado en el colegio, porque en mi casa no se hablaba jamás de política, y menos de la guerra.
Total que, con la lectura de esos libros, era como que la niebla se iba separando. Así llegué al último franquismo, en pequeños grupos donde nos reuníamos socialistas, comunistas, democristianos…
En aquella España, ¿el mero hecho de disfrutar ya era una forma de rebeldía?
Absolutamente. Porque desde niños teníamos incardinado que el placer era pecado. El placer era pecado en cualquier ámbito. Entonces, pasándolo bien, aunque no hubiera ningún trasfondo político, ya te sentías al margen de todo eso… Te sentías libre.
En Valencia bastaba con llegar al mar, con subir al trampolín del balneario de Las Arenas con ese bañador de algodón atado con un cordoncillo. Te sentías el rey, sentías la maravilla del mundo. Al fondo, en la ciudad, estaban los curas, los militares, la dictadura… Pero en el mar, desnudo y bajo el sol, eras libre.
Vicent, con una edición de coleccionista que acaba de publicar la editorial "La cama sol" y que escancia sus mejores columnas. David Morales
Hoy, todo el mundo corrió delante de los 'grises' y se jugó la vida contra el franquismo. Tú escribes: “Y ahí estaba yo, por si había que hacer algo que no fuera excesivamente arriesgado para derribar el régimen”.
Yo no era un valiente. Era el clásico cobarde que, por inconsciencia o ingenuidad, podía acabar metido en la boca del lobo. En los últimos años del franquismo, todo el mundo quería pasar por Carabanchel para tener ese sello de calidad.
A mí me decían, "oye, guarda esta máquina para hacer panfletos debajo de la cama, que no estás fichado". Y yo, por cobarde, por no decir que no, la guardaba y me la jugaba. Tuve la convicción de que, contra la dictadura, había que luchar en la frontera de lo posible.
Explícalo.
Escribiendo en Hermano Lobo, en Triunfo… Es decir, escribiendo para decir lo que querías siendo capaz de sortear la censura. Desde un punto de vista periodístico o literario, eso era lo más difícil: colar las ideas de manera original y posible.
Eso de correr delante de los grises… Yo ya era un poco mayor como para pegarme esas carreras. ¿Sabes cómo me di cuenta de que era mayor? El día que vinieron los Beatles a tocar a España. Fui a Barajas al aterrizaje y los perseguí hasta el Hotel Fénix. Me vi rodeado de adolescentes, me había hecho mayor.
Me interesa la idea que escribes del Seat 600 como primer síntoma de libertad en España: el viajar sin depender de horarios, con las manos al volante. Una primera libertad subrepticia.
Con el Seat 600 llegó la libertad de movimiento. Ya no dependíamos de los autobuses de línea, los trenes… Hasta te podías ir a Francia. Franco murió atropellado por un 600 camino de Benidorm. La baca llena de maletas y una familia entera metida en el 600 también fue el principio del final del franquismo.
Cuentas que el franquismo acuñó una superioridad moral de la izquierda: “Debido a que desde muy joven fui amamantado por el antifranquismo, creía que por gracia de la naturaleza la gente de izquierdas era inteligente, generosa, solidaria, con una honradez congénita”.
Leía los libros que la izquierda antifranquista decía que había que leer. Entonces, me creía que todos los rojos en general eran de mejor pasta. La ideología es como un fluido que se expande por un campo que previamente ha preparado la estética.
En aquel momento, ser de izquierdas era estético antes que ético. Se llegaba a la ética por la estética. La izquierda era donde había que estar, donde había que hacer política. Lo veíamos así. La izquierda era lo que se llevaba.
Ahora, ha cambiado la estética. En el final del felipismo, llegó un momento en que ser de derechas empezó a ser estético. Creo que en eso estamos también hoy, en ese vuelco.
¿Por qué sucede? ¿Por la trama? ¿Es más demérito de la izquierda o mérito de la derecha?
Existe un cansancio de los materiales. La gente se cansa de ver los mismos rostros, las mismas políticas, las mismas ideas. El románico pasó al gótico por puro cansancio de las formas. Parte de la izquierda está cansada de este Gobierno. Y, además, ese cansancio está espoleado por los escándalos.
¿Cómo fue eso de la oferta editorial rechazada para escribir una novela sobre una corrupción de izquierdas?
Llegó un agente y me dijo… “Tengo un gran premio de Literatura para ti” [está a punto de escapársele el nombre del galardón]. Era 1982, acababan de ganar los socialistas. Era ese momento del que hablábamos antes. De la izquierda estética y ética.
“Oye, Manolo, te vas a forrar. Tienes que escribir una novela sobre un líder socialista que tiene una amante y se corrompe”. Lo de las amantes podía asumirlo, pero lo de la corrupción en el PSOE… “¿Cómo me dices que un socialista puede ser un corrupto?”. ¡Casi hasta me cabreé! Lo viví como una ofensa.
Habrías sido un visionario.
Sí, porque llegó ese final con tantos escándalos del felipismo. De haber escrito esa novela, me habría hecho famosísimo.
Tu padre solo exhibió un síntoma de aceptarte como escritor cuando leyó en algún lado que te mencionaban como “amigo de un ministro”. Hoy, un padre ve a su hijo de amigo de un ministro y lo deshereda.
¡Claro! [se parte de risa]. Es la estética, en ese momento ser amigo de un ministro era estético. Mi padre se enteró… y sonrió.
Manuel Vicent ha contado su vida recientemente en "Una historia particular" (Alfaguara, 2024). David Morales
En aquel tiempo, tenía su significado el término “progresista”. ¿Qué es hoy ser progresista?
Lo de “progre” era un insulto que utilizaba la derecha contra la izquierda. Era despectivo. A mí me parece un debate absurdo lo de progresistas contra conservadores. Lo normal es que uno quiera progresar en lo que no funciona y conservar lo que funciona.
Tengo un amigo almirante, un tipo muy patriota que se cree muy de derechas. Yo le provoco diciéndole, para desmontar la dinámica de bloques: “¡Pero si tú eres de izquierdas!”. Es ateo, estudió con una beca y defiende la educación pública y becada, está a favor de ampliar las ayudas a la dependencia…
A muchos de los que procuran picotear de cada cosa se les llama cobardes y equidistantes.
Me costó aprenderlo en la práctica por ese clima del que hablábamos, de la militancia en el antifranquismo. Pero yo voy persona a persona. La ideología no conforma la honestidad o la falta de ella.
Hoy, por fortuna, podemos valorar la historia universal dividida en pequeñas porciones. No pienso renunciar a ese privilegio.
Hay una revolución en este párrafo: “Yo era un puto equidistante, exactamente como Euclides, un buenista partidario de esa equidistancia que sirve para que los edificios, incluidos el de la democracia, no se derrumben”. ¿Qué le dices a toda esa gente que se siente identificada por ese párrafo y que tiene que ver cada día, cuando alguien saca el tema de la política, cómo le llaman cobarde?
Ser moderado es de una fortaleza increíble. En la España de hoy, se necesita una extremada valentía, audacia e inteligencia para ser sencillamente moderado. Ser extremista, en cambio, es muy fácil.
Las emociones van al cerebro límbico. Estar pendiente de eso, dejarse guiar por eso, es muy fácil. Resulta sencillo dejarse guiar por el miedo, la oscuridad, el temor de Dios… Sin embargo, confiar en el córtex, que es lo contrario, no es nada fácil. Creo que tener la idea permanente de que el otro puede tener parte de la razón necesita hoy de una gran fortaleza intelectual.
El retrato de los presidentes
Has conocido a todos los presidentes de la Democracia. Traza un retrato de cada uno de ellos.
Empiezo por Adolfo Suárez. Fue un aventurero en el mejor sentido de la palabra, el general Della Rovere que inmortalizó Montanelli. Le encargan un proyecto, traer la Democracia, que era una aventura.
“Aventura” viene de “viento”. Aventó la vela y, conforme avanzaba la aventura, se hacía más y más demócrata. Fue el presidente más odiado. Lo llamaban traidor los franquistas y los antifranquistas.
Lo tachaban de “analfabeto” porque no era un gran lector. Pero era muy valiente y tenía una enorme intuición para detectar la evolución del poder. Se equivocó al no hacer caso a su amiga Carmen Díez de Rivera.
¿Qué le dijo Díez de Rivera?
Algo así como… “Tú has traído la Democracia. Esa es tu aventura y ese es tu heroísmo. Vete cuanto antes porque te van a machacar”. No le hizo caso y terminó mal. Suárez ha sido el político más insultado de la Democracia.
Leopoldo Calvo-Sotelo.
Era un señor elegante, irónico. Educado. Tocaba el piano. Fue un puente necesario para el cambio. Un tanto distante. Una vez, Fernández-Ordóñez me dijo que el 23-F, cuando se tiraron casi todos al suelo, se le cayó encima Calvo-Sotelo. Y Calvo-Sotelo le dijo al oído: “¿No os dais cuenta de que habéis elegido a un gafe?”.
Felipe González.
También fue muy odiado. Hoy, parece que muchos han olvidado que en su final estuvieron los GAL y la corrupción. La reforma tributaria, el Divorcio, la OTAN… ya lo había hecho UCD.
González lo que hizo fue darse cuenta de por dónde iba el río de la vida moderna y quitó todos los obstáculos para que ese río fluyera. Moscoso me contó que, tras cada Consejo de Ministros, González les decía: “No piséis callos innecesariamente”. Eso es la felicidad. No pisar callos, dejar que la vida discurra. Consolidó España como nación europea y respetada. Al final, se enredó en las tramas.
José María Aznar.
Le hice una entrevista antes de ser presidente. Tenía una biblioteca estupenda, muy bien ordenada. Se veía que estaban muy usados los tomos de las obras completas de Azaña, que le había regalado Ana Botella, según ella compradas en el rastro de segunda mano.
Para mí, su primera legislatura, con la política económica y los pactos con los catalanes, fue casi modélica. Luego, con la mayoría absoluta, enloqueció. Trajo de nuevo a la política española la dinámica del odio entre adversarios, los convirtió en enemigos. Empezó con las banderías, el "sin complejos" y todo ese rencor africanista. Ese odio todavía no se ha diluido.
José Luis Rodríguez Zapatero, protagonista estos días de todos los periódicos.
Fue el que dio al PSOE un volantazo hacia la izquierda. Lo tomaron por ingenuo. En el gobierno llegó a representar los sueños de la izquierda. No hubo corrupción. Fue un referente. Ahora está metido en un lio de órdago. Creo en la presunción de inocencia, creo en la imparcialidad de los jueces, pero ojalá salga bien de esta, porque, si lo que dice el auto del juez que le ha imputado fuera cierto, acabarían por resquebrajarse los últimos sueños ya muy deteriorados de socialismo.
Mariano Rajoy.
Simpático. Cobardón. Dejó por pereza que la corrupción brotara a su alrededor. Parece que tiende a pensar que al final las cosas se arreglan por sí solas mientras él se fuma un puro. No hay que hacer nada. Ante el problema de Cataluña se refugió detrás de los jueces y convirtió un problema político en un problema judicial descomunal de consecuencias terribles. Y vino el lío. Porque lo que no está en el sumario no está en el mundo.
Pedro Sánchez.
Me interesa, sobre todo, como personaje literario. Su figura de héroe de O.K. Corral. Está todo el tiempo que si lo tumban, que si no lo tumban, que si muere en el tiroteo de la cantina o si sobrevive… junto con el pianista. Eso me atrae mucho.
Su mayor error, su error de bulto, es no saber elegir a sus colaboradores. Te cuento cómo me lo imagino yo… [es como si empezara a escribir]. Lo han echado del partido, escapa en un coche polvoriento y se para a repostar en una gasolinera, junto a un motel de carretera. Entra en el motel y pide una copa. Se gira y en la barra ve a un tipo extraño que levanta la cabeza y le dice: “Voy contigo”. Es Ábalos.
Van juntos en el coche.
Y paran en otro motel perdido en la llanura. Se encuentran a otro tío acodado en la barra. Las puertas dando bandazos, los vasos rotos, el motel casi abandonado. Es Koldo. Después se subirá Santos Cerdán y… acabará ocurriendo lo que todos sabemos.
¿De qué vive y de qué muere Sánchez?
Sánchez vive del odio político que genera: eso le da una fortaleza brutal, eso conforma su instinto de supervivencia. Sánchez tiene un novelón. Luego, lo demás… Si dicen que la economía va bien, que el paro baja… Son cartas con las que puede jugar.
Manuel Vicent ha publicado una trilogía de novelas sobre la historia reciente de España. David Morales
En buena parte de tu generación han escocido mucho los pactos con los independentismos.
El nacionalismo es como la fiebre. Unos tienen 37, otros tienen 39… Cualquier política debe partir de una premisa: los nacionalismos van a estar ahí hasta que se hunda la cordillera del Cantábrico o el Canigó.
Entonces, en Madrid se debe tener el talento político suficiente como para mantenerlos con 37,5, y no con 39. Hubo un momento en que esa fiebre se disparó a 40. Un buen amigo del PNV que ya murió me dijo: “Mira, Manuel, lo único que queremos es que nos dejen decir que queremos ser independientes”.
Cataluña quebró ese mantra en 2017 con la proclamación de la independencia. La fiebre se les fue de las manos.
Yo no entiendo nada de política. Pero, más que una declaración de independencia, fue una parodia. Me pareció un acto de desobediencia. Creo que habría sido mejor si el castigo hubiera sido una multa millonaria y una inhabilitación política de veinte años. Así se habría desactivado a Puigdemont y todo este discurso del martirio.
Juan Carlos I, sin conocerte, te llamó “Manolo”. ¿Qué ha pasado con el Rey? ¿Se te pasó el republicanismo en la Transición o cómo estás ahora?
Para mí, la república, el régimen republicano en general, es una entelequia de libertad. Abril, las lilas, la alegría, todas las flores… Pero, en el fondo, una república no es más que una forma de gobierno. Y hay repúblicas de todo tipo.
Los reyes deben tener una función útil. Y la están desempeñando. Tal como está ahora este país, cambiar de régimen, ir de la monarquía a la república, sería una locura. ¡Imagínate tener un jefe del Estado del PP y un primer ministro del PSOE o al revés! ¡Lo que sería esto! Felipe VI está siendo un buen jefe del Estado. Aunque la monarquía es una institución desfasada, de momento no pasará nada si los reyes cumplen con su obligación.
Paralelamente al desengaño político, te vino en las etapas que hemos comentado el desengaño de la fe. “¿Cómo Dios había permitido que muriera ese compañero de pupitre tuberculoso? (...) Llegó un verano en que vivir sin pensar en la existencia de Dios me parecía una forma mucho más cómoda de estar en el mundo”. ¿Sigues consiguiéndolo a los noventa?
Creo que sí. Porque son preguntas que no tienen respuesta. Me gustaría que, tras la muerte, haya una gran oscuridad. Una oscuridad absoluta y de silencio. Como decía Beckett, la vida no es más que un caos entre dos silencios. ¡Que el silencio nos sea maravilloso!
¿No quieres siquiera ese cielo donde estén arrumbados todos tus juguetes de niño? Te lo leí una vez.
Hombre, hombre… eso es otra cosa. Si eso fuera así, podríamos negociar.
Alguna vez te he oído decir que, de chaval, sentiste una especie de epifanía leyendo 'La Isla del Tesoro'. Te abstrajiste tanto que no sabías si la estabas leyendo o la estabas escribiendo. Esa fusión, esa mezcla, esa especie de infinito, podría ser un buen final del mundo. El absoluto.
Todos vamos caminando hacia la Isla del Tesoro. Vivir es aprender a ir muriendo y hacer de ese descenso a la muerte una obra de arte.