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María Herranz radiografía el segundo campo de refugiados más grande del mundo: "Aquí la vida no avanza, resiste"

María Herranz radiografía el segundo campo de refugiados más grande del mundo: "Aquí la vida no avanza, resiste"
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World Vision alerta del deterioro de la ayuda humanitaria en Uganda, con escuelas desbordadas, hambre creciente y una enorme falta de recursos. Más información: El programa de ACNUR que lleva el internet a los campos de refugiados: "Es un mercado potencial para las empresas"

Centro de Acogida para Refugiados que llegan desde Sudán del Sur: Centro de Tránsito de Refugiados Nyumanzi. Matthew Kisa World Vision

Historias María Herranz radiografía el segundo campo de refugiados más grande del mundo: "Aquí la vida no avanza, resiste"

World Vision alerta del deterioro de la ayuda humanitaria en Uganda, con escuelas desbordadas, hambre creciente y una enorme falta de recursos.

Más información: El programa de ACNUR que lleva el internet a los campos de refugiados: "Es un mercado potencial para las empresas"

Publicada 27 marzo 2026 07:30h

Hay lugares donde el tiempo no avanza, tan solo se limita a resistir. Donde la vida no se mide en años, sino en kilómetros recorridos a pie, en noches sin comida o en la espera interminable de una decisión administrativa. El campo de refugiados de Bidi Bidi, en el norte de Uganda, es uno de esos lugares.

María Herranz, del departamento de proyectos de World Vision, acaba de regresar de allí. Y su relato, al otro lado de la pantalla, no es solo el de una crisis humanitaria cronificada, sino el de una resiliencia que se abre paso incluso cuando todo parece derrumbarse. 

Uganda, uno de los países más pobres del mundo, acoge a cerca de dos millones de refugiados. La mitad procede de Sudán del Sur, un país marcado por décadas de violencia estructural, guerras civiles y fracturas étnicas.

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"Lo que se ve en las zonas rurales es una escalada de venganza", explica Herranz. "¿Tú has matado a mi familia? Pues yo mato a la tuya con armas". Lo que ha generado una espiral que ha empujado a cientos de miles de personas a huir, muchas de ellas caminando durante semanas o incluso meses.

El destino es Uganda, donde una política de puertas abiertas permite a los refugiados moverse libremente tras su registro. Pero esa aparente oportunidad esconde una presión enorme sobre un sistema que ya era frágil. "La primera semana de mi viaje fue bien, todo funcionaba", relata. "La segunda ha sido una angustia: falta comida, falta personal, falta todo...".

Y es que el impacto de los recortes internacionales en ayuda humanitaria ha sido devastador. Hasta 2024, cerca del 50% de la financiación global provenía de Estados Unidos. Sin embargo, su retirada ha dejado un vacío que otros países no han logrado cubrir.

El resultado es visible en cifras y en rostros: menos trabajadores humanitarios, menos recursos, menos vidas alcanzadas. "La oficina que gestionaba el campo tenía 70 empleados en 2023; ahora tiene 30", señala Herranz. "Los proyectos se paran y la gente se despide".

Escuelas al límite

Uno de los escenarios más impactantes es el educativo. En uno de los colegios visitados, 1.070 alumnos comparten aula con apenas cinco profesores. "Ahora mismo están con 120 o 130 niños por clase", cuenta. "No tienen pupitres suficientes. Donde deberían sentarse tres, lo hacen siete".

La escasez de docentes es consecuencia directa del colapso de la financiación. Muchos docentes, que antes cobraban a través de programas humanitarios, han abandonado las aulas para buscar sustento. El resultado no es otro que un sistema desbordado y un aumento dramático del abandono escolar. 

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"Hay niños que no caben en clase y sienten que no tienen sitio", explica. "Empiezan a faltar". A eso se suma el estigma de la pobreza: familias incapaces de pagar tasas escolares o niños sin cuadernos ni bolígrafos. Y, aunque formalmente nadie es excluido, el miedo y la vergüenza hacen el resto.

En otro centro, la situación es aún más surrealista: alumnos no matriculados que asisten a clase, hacen exámenes y avanzan de curso sin dejar rastro administrativo. "Van aprendiendo, pero no tienen constancia escrita de su educación", señala Herranz.

Dzaipi Primary School. Matthew Kisa World Vision

A pesar de todo, hay avances. World Vision impulsa formaciones docentes y metodologías innovadoras. De hecho, en uno de los colegios, las nuevas aulas construidas por la organización ya están marcando la diferencia con menos alumnos, mejor ventilación y más luz.

"No tiene nada que ver", resume Herranz. Pero incluso ahí emerge otra realidad, y es que el abandono escolar sigue siendo masivo. "En las clases con menos de 50 niños, los otros 100 se han caído por el camino".

Infancia interrumpida

Las causas del abandono son múltiples. La pobreza, la distancia —hay niños que caminan kilómetros para llegar a clase— y los embarazos adolescentes son los motivos más destacados.

"En un colegio había 13 niñas embarazadas, algunas de 13 o 14 años", relata. Sin embargo, también hay historias de resistencia en donde los profesores van casa por casa para convencerlas de volver.

Dzaipi Primary School. Matthew Kisa World Vision

El retraso en la escolarización es otro problema estructural. Muchos menores no empiezan hasta los 10 o 12 años porque no pueden ir solos. "Cuando llegan, están en clases con niños mucho más pequeños", explica. "Hemos visto a un joven de 20 años en tercero de primaria".

Más allá del aula, la falta de educación se traduce en un círculo de vulnerabilidad. "Es una violencia en sí misma que los menores no vayan al colegio", afirma Herranz. No una violencia visible, pero sí determinante para su futuro.

Sembrar el futuro

Frente a este panorama, World Vision apuesta por un enfoque integral. Subrayan que no basta con construir escuelas o repartir alimentos, sino que debe haber un cambio estructural. Programas como 'Voz y Acción Ciudadana' buscan empoderar a la población para que conozca y exija sus derechos.

"Un padre puede ver 130 niños en una clase y no saber que eso no puede ser", explica. A través de estos grupos, las comunidades aprenden a organizarse, reclamar y también a asumir responsabilidades. En algunos casos, han logrado contratar profesores con sus propios recursos o presionar al gobierno para que envíe más.

Cada martes, el personal de World Vision ofrece información a la población sobre los servicios y apoyos con los que pueden contar hasta que sean trasladados a un asentamiento. Matthew Kisa World Vision

Otro programa, 'Celebrando familias', trabaja directamente con padres e hijos para prevenir el matrimonio infantil y fomentar la educación. "Es sorprendente ver a adolescentes hablando de que no hace falta casarse si hay un embarazo", destaca Herranz. "Entienden que eso no les da futuro".

El otro gran eje de intervención es el económico. En contextos donde durante años se ha dependido de la ayuda externa, el objetivo es generar autonomía. "Primero hay que convencerles de que pueden generar sus propios ingresos", explica.

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La agricultura se ha convertido en una de las principales vías. A través de técnicas de regeneración natural, se están recuperando terrenos degradados y creando sistemas sostenibles que combinan reforestación y cultivo. "Se están creando bosques donde parecía que no había nada", afirma Herranz.

El impacto va más allá de la producción: las familias comienzan a ahorrar, invertir y priorizar la educación de sus hijos. "Hablan del colegio como una prioridad absoluta", cuenta. Además, el conocimiento se expande de forma orgánica. "Comparten semillas, enseñan a otros… cada beneficiario genera nuevos beneficiarios".

El punto de ruptura

Pero si hay un lugar donde la crisis se muestra en toda su crudeza es el punto de registro de refugiados. Allí llegan quienes acaban de huir. Allí comienza —o debería comenzar— el proceso de acogida.

"La situación es muy dramática", dice Herranz. En teoría, los recién llegados permanecen tres días antes de ser trasladados a un asentamiento. En la práctica, los retrasos administrativos han convertido esa espera en semanas. "Había 800 personas con dos grifos y un médico", recuerda.

La escena es desoladora: mujeres con la mirada perdida, niños enfermos, personas sin nada que hacer más que esperar... "Pensé que era un colegio por la cantidad de menores que había", confiesa. "Luego me di cuenta de que era el punto de entrada".

Visita un grupo comunitario que construye estufas energéticamente eficientes. Matthew Kisa World Vision

La falta de alimentos agrava la situación. El Programa Mundial de Alimentos ha reducido drásticamente su cobertura. "Hay miles de jóvenes que están comiendo una vez al día", advierte. Durante horas, no vio a nadie comer.

Y, sin embargo, incluso en ese escenario, hay espacio para la esperanza. Programas de formación profesional han permitido a jóvenes —muchas de ellas madres adolescentes— iniciar pequeños negocios. Peluquerías, talleres mecánicos, costura. "Siguen trabajando, mantienen a sus familias", señala Herranz.

También los grupos de ahorro están transformando dinámicas sociales. En ellos, mayoritariamente liderados por mujeres, se decide colectivamente cómo invertir el dinero. "Si es para el colegio de los hijos, sí; si es para gastarlo, no", resume.

La escena que más la marcó no fue una cifra ni un proyecto. Fue una petición. Mujeres que acababan de dar a luz, algunas tras perder a sus bebés, pedían algo básico: "compresas y jabón". En medio del hambre, de la pérdida, de la incertidumbre, esa necesidad elemental resume la dignidad que aún resiste.

"Es muy extremo", concluye. Y, sin embargo, en ese extremo, también se está reconstruyendo una vida.

  1. Refugiados
  2. Uganda
  3. Objetivo 1: Fin de la pobreza
  4. Objetivo 2: Hambre cero
  5. Objetivo 3: Salud y bienestar
  6. Objetivo 4: Educación de calidad
  7. Objetivo 5: Igualdad de género
  8. Objetivo 6: Agua limpia y saneamient
  9. Objetivo 8: Trabajo decente y crecimiento económico
  10. Objetivo 10: Reducción de las desigualdades
  11. Objetivo 16: Paz, Justicia e instituciones sólidas

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    Fuente original: Leer en El Español
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