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Maurice Flitcroft o el mayor farsante de la historia del golf

Maurice Flitcroft o el mayor farsante de la historia del golf
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Se cumplen 50 años de su participación en las previas del Open Británico en el Royal Birkdale. No había jugado una ronda de golf en su vida y se hizo pasar por profesional. Su historia se llevó al cine
British Open de GolfMaurice Flitcroft o el mayor farsante de la historia del golf

Se cumplen 50 años de su participación en las previas del Open Británico en el Royal Birkdale. No había jugado una ronda de golf en su vida y se hizo pasar por profesional. Su historia se llevó al cine

Flitcroft junto a Seve Ballesteros en 1976GETTY IMAGES
  • GERARDO RIQUELME
Actualizado 14/07/2026 - 15:55CESTMostrar comentarios2

La llegada del Open Británico al Royal Birkdale rescata de la memoria el primer grande que jugó Seve Ballesteros, que llegó a liderar durante tres días el torneo hasta que en la última ronda terminó cediendo ante Johnny Miller. Pero hay una historia mucho más increíble que sucedió al mismo tiempo hace 50 años.

En el verano de 1976, un operario de grúa de un astillero llamado Maurice Flitcroft se presentó en el club de golf de Formby, en el noroeste de Inglaterra, dispuesto a disputar la ronda de clasificación del Open Británico. Tenía 46 años, había tomado prestados los 15 libras de la inscripción de su esposa Jean y jamás en su vida había completado un recorrido de 18 hoyos. Aquel día firmó una tarjeta de 121 golpes, la peor puntuación jamás registrada en la clasificación del grande europeo. Con eso bastó para convertirse en leyenda.

Nacido en Manchester el 23 de noviembre de 1929, Flitcroft había pasado por oficios de lo más variopintos: marinero de la marina mercante, vendedor de betún, heladero, saltador acrobático... Terminó asentado en Barrow-in-Furness, donde trabajaba como gruista en el astillero Vickers-Armstrongs. Según sus propias memorias inéditas, su pasión por el golf nació en 1974, al ver por televisión el Piccadilly World Match Play Championship. A partir de ahí se enseñó a sí mismo con manuales de biblioteca de Peter Alliss, practicando putts en tazas de café en su propio salón y golpeando pelotas a escondidas en playas y campos cercanos.

Cuando decidió inscribirse en las previas del Open de 1976 en Royal Birkdale, se topó con un obstáculo: para competir como amateur necesitaba un hándicap oficial, algo que no tenía por su nula experiencia. La solución que encontró fue tan simple como ingeniosa: marcó la casilla de profesional en el formulario, un resquicio que en aquella época no exigía ninguna verificación. Se inspiró en lo que había hecho el cartero de Milwaukee Walter Danecki en 1965, que había usado esa treta para meterse en la clasificatoria. En dos rondas tiró 221 golpes, el peor tanteo jamás registrado.

Flitcroft, delante de la pizarra de líderes GETTY IMAGES

Flitcroft llegó tarde al campo, apenas tuvo tiempo de cambiarse de zapatos y ni siquiera pudo calentar. Vestido con un polo desgastado y un sombrero de ala corta estilo pork pie, y armado con palos comprados por catálogo, se plantó en el primer tee. Su golpe de salida recorrió apenas unos metros. Uno de sus compañeros de partido relató después que Flitcroft agarraba el palo como si pretendiera cometer un asesinato, para luego levantarlo en vertical y dejarlo caer sobre la bola casi sin desplazarla. El siguiente golpe se fue a los matorrales.

El desastre fue de tal magnitud que un oficial del torneo tuvo que acercarse a comprobar sus credenciales, aunque las reglas impedían detener a un jugador una vez iniciada la ronda. Entre bogeys dobles y triples —consiguió, eso sí, un único par—, decenas de curiosos empezaron a seguirle por pura fascinación. Al final del día, algunos de los profesionales que habían compartido clasificación con él exigieron y obtuvieron la devolución de su cuota de inscripción, indignados por lo que consideraban una tomadura de pelo. 

El golfista australiano Mike Cahill, que jugaba justo detrás, llegó a increparle en el hoyo 12, recordando después que le había gritado que aquello no era un circo. Tras calcular Maurice que necesitaría hacer 23 golpes en 18 hoyos al día siguiente para clasificarse, decidió retirarse con dignidad.

El Royal and Ancient Golf Club de St Andrews (R&A), organismo rector del torneo, no se lo tomó con humor: le impuso una prohibición de por vida en todas sus competiciones y pasó a apodarle, con sorna, "el conejo del Royal & Ancient". "Buscaba fama y dinero", dijo Fliltcroft. "Pero sólo conseguí una de las dos cosas".

Los disfraces y los alias

Lejos de rendirse, Flitcroft dedicó buena parte de las dos décadas siguientes a intentar colarse de nuevo en el Open, ya fuera bajo su propio nombre -se le pudo ver al lado de Ballesteros aquel año- o mediante seudónimos como Gerald Hoppy -pudo jugar nueve hoyos en 63 golpes en 1964 hasta ser descubierto-, Gene Paychecki (+3 en dos hoyos en 1990 cuando fue cazado) o James Beau Jolley, a menudo acompañado de bigotes postizos y gafas oscuras para despistar a los organizadores. En total llegó a intentar clasificarse en seis ocasiones. 

Con el tiempo, la figura de Flitcroft mutó de blanco de burlas a símbolo de un fracaso entrañable. Un pequeño Nicolás del golf. En Michigan (Estados Unidos), el club Blythefield Country Club creó en 1978 un torneo en su honor, dedicado a celebrar a los golfistas mediocres, al que el propio Flitcroft llegó a ser invitado en 1988. Su historia inspiró el libro 'El Fantasma del Open: la historia de Maurice Flitrcroft, el peor jugador del mundo'  y más tarde la película homónima de 2022, protagonizada por Mark Rylance, que retrató su epopeya, con mucha más acogida que el escrito.

Flitcroft murió el 24 de marzo de 2007, a los 77 años, en Barrow-in-Furness. Su viuda Jean había fallecido cinco años antes. Uno de sus hijos, Gene, quien además había sido su caddie en aquella histórica ronda de 1976, lo recordaría como todo un personaje.

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Fuente original: Leer en Marca
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