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Bernardo Atxaga en la sede de su editorial. Virginia CarrascoBernardo Atxaga
Escritor «Me vigila un diablo de la guarda que me lleva la contraria»«El arte comienza donde acaba la imitación», dice el autor de 'Golondrinas', novela «divergente» sobre el letal desamparo que acabó con Urtain / «Estaría bien otorgar el Cervantes a un escritor vasco, aunque fuera dentro de treinta años»
Madrid
Viernes, 10 de abril 2026, 14:42
... escritor vasco regresa a la ficción con 'Golondrinas' (Alfaguara). Es un extraño artefacto literario, divertido y divergente, que orbita en torno a la trágica muerte del legendario, malhadado y suicida boxeador José Manuel Ibar, Urtain. Cuatro diabólicos ángeles militares narran un relato onírico, poético y realista. Como 'el diablo de la guarda' que susurra maldades a este laureado escritor a quien apenas le falta el Cervantes en su palmarés.–¿Está ese tránsito en la raíz de su tragedia?
–Sin duda. Urtain pasó de ser un héroe rural como levantador de piedras –quizá el más fuerte y ágil de la historia del deporte vasco– a ídolo del boxeo. Se rodeó de extraños y dio un salto que acabó siendo mortal desde un balcón. De crecer en su mundo, habría desarrollado defensas y habría sobrevivido. Pero se quedó sin fama, sin dinero. Sin nadie ni nada. Como los niños abandonados a quienes no protegen ni el Estado, ni la Iglesia ni la familia.
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Portada del libro. Alfaguara–¿El suicidio es un fracaso o un derecho?
–La muerte siempre es triste, y más el suicidio. Que sea una salida a una situación de sufrimiento extremo no le otorga un valor más allá de esa tristeza. El concepto de derecho no cabe aquí.
–Traiciona con este libro su decisión de no volver a la novela.
–Hablo demasiado. Un narrador se dirige a un pintor en el libro y le pide que no se deprima porque posee la dinamo: esa fuerza interior para saltar sobre cualquier miedo. Quizá no sirva para el miedo a la muerte, pero sí para combatir la soledad. Mi dinamo son las ganas de escribir que conservo desde los 14 años. Esa pulsión me permite salir de las crisis que dejan las novelas largas, que tanto exigen y tanto agotan.
–¿Es una novela sobre la muerte que le inyecta vida?
–Cuenta cosas graves con un estilo alegre, cambiante y a veces un poco extravagante. Como Mercucio en 'Romeo y Julieta', que herido de muerte habla a la reina Mab sobre los sueños. Me fascina esa capacidad de mantener la ligereza ante el abismo.
–¿La literatura es la mejor manera de reírse de la muerte?
–Es una forma de bailar ante ella. Como ese danzarín que se mueve en torno a una copa de vino en mitad de una plaza: a veces la roza, otras salta sobre ella, pero siempre busca el momento de montarse en el vaso sin derramar una gota. Me gusta esa danza, ese juego que se acerca y se aleja de un tema por definición, irresoluble.
–Mezcla sueños, poesía realismo. ¿ Es su obra más onírica?
–Entra por el mundo de los sueños y posee un envoltorio poético, pero es profundamente realista. Utilizar narradores inmateriales me permite explorar muchos tonos y músicas diferentes que no encajarían en una estructura convencional.
–¿Distanciándose siempre de lo que se ha hecho antes?
–Con una literatura divergente. Es lo más interesante que puede intentar un creador. Corro riesgos con la esperanza de ser más expresivo. Me alejo de lo trillado, de esa lectura gozosa que te ayuda a dormir en el tren, que está bien, pero que no es lo que busco. El arte empieza cuando termina la imitación, cuando desaparece el naturalismo.
Bernardo Atxaga. Virginia Carrasco–¿Su obra sería un viaje de la gravedad hacia el humor que permite tratar esa gravedad?
–Sí. Al principio te dejas avasallar por el tema, en especial por la muerte. Existen cientos de miles de dramas que han creado un lenguaje rígido en torno a lo trágico. Trato de frenar ese avasallamiento. No solo con la muerte, sino con todos los temas que, a priori, parecen tremendos y profundos. No escribo bien los dramas puros; me manejo mucho mejor a través del humor. Por eso he derivado hacia esa orilla.
–Sus narradores son esta vez cuatro ángeles caídos ¿Más interesantes que los celestiales?
–Sí. Su crueldad me parece mucho más real que el discurso de los ángeles supuestamente benévolos. Ya casi nunca recurro a narradores comunes.
–¿Tiene Atxaga un ángel de la guarda?
–Lo tuve de niño. Ahora tengo un diablo de la guarda que me lleva la contraria. Me vigila, me interpela y me recuerda las cosas que hago mal.
–¿Esperamos otra novela suya?
–El primer día de un proyecto es maravilloso. El segundo ya aparecen las resistencias. Querría escribir unas memorias no convencionales, corales y compartidas, sobre los 38 niños que asistimos a la escuela rural de Asteasu en 1958 y 1959. Pero no sé si podré. Al terminar una novela la tensión no desaparece: queda la corrección, la edición, el juicio del lector... Una tensión enorme. Agotadora
–El Cervantes nunca ha recaído en un escritor en euskera. ¿Es hora de suplir esa carencia?
–No voy a pedirlo. Mis premios indican una apertura a otras lenguas que ha contribuido a que nos entendamos mejor. Me parecería bien que se otorgara el Cervantes a un escritor vasco, aunque fuera dentro de treinta años (sonríe). Al final, uno recibe otros premios y otros castigos en la vida.
–¿Debería el 'Guernica' ser trasladado a Euskadi?
–Que el cuadro viaje o no es algo trivial. Hay una trampa heredada del romanticismo: el valor excesivo de la anécdota. Es una cuestión un poco pinturera que da pie a polémicas de un mes. Si alguien quiere entretenerse y pelearse por eso, que lo haga; yo apago la radio. No me interesa. Me preocupan mucho más los buenos pintores –cito a treinta en la novela— que, si no fuera porque están casados con funcionarias o funcionarios, pasarían hambre.
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Bernardo Atxaga. Virginia Carrasco–Fue pionero en abordar literariamente la violencia en el País Vasco. ¿Ha sido útil?
–En 'Golondrinas' hay leves referencias a la violencia, apenas una línea acá o allá, que indica un alejamiento mental y anímico, que no indiferencia. Si escribiera mis memorias, que insisto no escribiré, hablaría de esos hechos. El valor de la literatura es la interioridad. Cuando se habla de violencia no se hace en teoría. Hablas de lo que has visto, oído y pensado. Mis novelas políticas enfadaron a mucha gente de todos lados, lo cual es un buen indicador. No creo que ser 'literario' sirva para solucionar la violencia, pero para mí no fue un 'tema', fue mi propia vida.
–Tras 50 años escribiendo ¿le ha dado la literatura todo lo que esperaba?
–Desde los 14 años ha sido mi forma de vivir. Pienso como un escritor, no como el filósofo que quise ser. La filosofía habla en abstracto; la literatura siempre habla de cosas concretas que se perciben por los sentidos. Decir que Aquiles es un héroe sería filosofía; decir que Aquiles corrió hacia Héctor es narración. Y eso es lo que hago.
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