China ensalza al fundador de la República Popular pese a los millones de muertos que causó y su pueblo natal se ha convertido en un parque temático
Regala esta noticia Añádenos en Google Estancia de Mao en su pueblo natal. (J. S)Shaoshan
09/09/2026 a las 00:14h.Pocas veces las dimensiones de una biografía quedan delineadas en la primera frase. «Mao Zedong, que durante décadas ejerció un poder absoluto sobre la cuarta ... parte de los habitantes de la Tierra, fue responsable de la muerte de más de setenta millones de personas en tiempo de paz. De ningún otro líder político del siglo XX puede decirse tanto». Así arranca el retrato escrito por Jung Chang y Jon Halliday (Taurus, 2006). Y pese a la magnitud humana de la tragedia, el lugar donde todo empezó, Shaoshan, es hoy una fiesta.
Y, en efecto, tal día como hoy hace 50 años, el 9 de septiembre de 1976, ese mismo niño, consagrado a perpetuidad como fundador de la República Popular, falleció en Pekín. Una efeméride funeraria que los chinos, sufridos y devotos, conmemoran este miércoles.
Los antepasados de Mao ya habitaban estas colinas cinco siglos antes de que él viniera al mundo, un periodo en el que su modo de vida apenas cambió. Era otro tiempo, otro país, como demuestra el hecho de que su madre, oriunda de un valle a apenas diez kilómetros de distancia, hablara otro dialecto ininteligible para los vecinos.
Ahora, en cambio, Shaoshan ya no es un pueblo, sino un recinto monumental de acceso restringido, uno de los más populares lugares de peregrinación para el turismo rojo. Una colosal inscripción frente a la entrada principal proclama con orgullo: «Zhongguo chulege Mao Zedong», «China produjo un Mao Zedong»; una elocuente subordinación de los elementos simbólicos aquí donde el culto a la personalidad alcanza su máxima expresión.
La ideología está en todas partes, empezando por la logística. A Shaoshan no pueden acceder vehículos privados, por lo que tras abonar la entrada el visitante debe recurrir a autobuses para recorrer el complejo. El conductor dormita al volante de uno de ellos mientras aguarda la orden de arrancar, y uno se pregunta a qué distancia de la utopía socialista se siente.
Hay también ideología en la decoración: el rojo impregna cada rincón, siempre rematado por estrellas; estrellas en el suelo, en la fachada, en las ventanas, en los reposacabezas. Pero, por encima de todo, hay ideología en las personas. Múltiples grupos pasean guiados por sus respectivas banderas –rojas, rematadas por una estrella– mientras posan en selfis y entonan canciones revolucionarias. «Estos días hay más gente que de normal por el aniversario», explica un operario.
Lujo y devoción
Mao es un gran negocio. Las tiendas de regalos venden camisetas, bolígrafos, medallones, cuadros, bustos, estatuas. La más grande mide 183 centímetros, cuesta 7.980 yuanes (1.023 euros) y reproduce con fidelidad hasta la verruga de la barbilla. «¿Te interesa? Podemos enviarla a Pekín en menos de tres días», apunta solícito el dueño del comercio. Hay más: artillería real de la guerra civil, sesiones de fotos, restaurantes temáticos. De vez en cuando, en alguna esquina, aparece asimismo el rostro de Xi Jinping. El mercado tiene jerarquía propia.
Ahora bien: el diseño urbano de Shaoshan plantea un problema, y es que todo invoca al gran líder. Entre la Biblioteca Mao Zedong y el Museo Mao Zedong, por ejemplo, está la Plaza Mao Zedong. Allí se yergue la presencia central: otra estatua –no a la venta– de bronce y diez metros de altura. Cientos de visitantes hacen cola frente a ella para aproximarse, realizar tres reverencias y sumar su ofrenda a la montaña de flores a sus pies, bajo la atenta mirada de los efectivos de seguridad.
«Había venido dos o tres veces antes, pero quería regresar con motivo del aniversario de la muerte del presidente Mao para rendirle homenaje», cuenta Guo, un empleado de banca en la vecina ciudad de Changsha. «Solo tengo una frase: fue el gran líder de los pueblos de todas las etnias de China. Sus méritos perdurarán durante siglos».
Cuestionado por sus abusos y horrores, tiene otra frase. «Nadie es perfecto», tercia. «En determinados periodos siempre habrá ciertos errores que no pueden evitarse. Solo podemos decir que también hay que mirar a una persona de manera completa y objetiva. Cuando aceptamos a una persona y la evaluamos, sin duda debemos tomar sus aspectos positivos como principal punto de partida».
Esta respuesta, de hecho, reproduce el planteamiento oficial del Partido Comunista Chino (PCCh), que a la muerte de Mao puso en cuestión los capítulos más devastadores de su mandato. En particular, la Gran Hambruna (1959-1961) provocada por el Gran Salto Adelante, la calamitosa política de desarrollo que dejó entre 15 y 55 millones de muertos, y la fanática barbarie de la Revolución Cultural (1966-1976), causante de entre medio millón y dos millones de fallecidos.
Todo ello quedó recogido en la «segunda resolución histórica» aprobada en 1981, cuyo punto 27 reconoce que Mao «cometió graves errores», aunque «considerando su vida en su conjunto, sus méritos en la revolución china superan ampliamente sus errores». «Sus méritos ocupan el primer lugar y sus errores el segundo», concluye, una sentencia popularizada mediante la expresión «qi fen chengji, san fen cuowu», «siete partes de logros, tres de errores», más frase hecha que veredicto matemático.
Ecos futuros
«Hubo amplios debates dentro del Partido, voces que dijeron cosas muy críticas sobre Mao y querían una resolución más contundente, pero Deng Xiaoping lo impidió», explica Joseph Torigian, profesor de la American University en Washington y destacado especialista en historia contemporánea china. «Él entendía que una ruptura más dura sería un error, porque Mao era un símbolo y criticarle podría generar dudas sobre el Partido en su conjunto».
Mao, en resumen, es percibido por la sociedad en general como un elemento no contingente del auge chino y resulta por ello esencial para la legitimidad del régimen. En cualquier caso, los muertos no pueden perdonar y los vivos no necesitan hacerlo. El sufrimiento de generaciones pasadas les sale a devolver, por eso cincuenta años después en Shaoshan expresan mayoritariamente su agradecimiento.
Pero no solo invita al recuerdo el aniversario, también el regreso de China a la senda del personalismo bajo Xi. Este ha deshecho los mecanismos implementados para fragmentar –mínimamente– el poder y evitar la aparición de un nuevo líder supremo, con sus propias debacles. No cabe mejor prueba de ello que la retirada del límite de mandatos, con la que Xi se autoconcedió mando vitalicio.
¿Cómo afecta ese retroceso a la gestión de la memoria de Mao? «Creo que la respuesta es con ambigüedad. No puedes ignorarle, tampoco elogiarle demasiado», comenta Torigian. «Xi suele decir que Mao representó una era, Deng otra, y ahora él otra. Colocarse al nivel de Mao implica inevitablemente una reivindicación. También es una fórmula hábil para enfatizar la continuidad y, a la vez, el cambio», prosigue. «Es una manera de plasmar que cada época soluciona un problema: primero fuimos demasiado radicales y aislacionistas, luego demasiado consumistas y materialistas. Ahora vamos a encontrar un equilibrio».
Entretanto, el recorrido del Museo Mao Zedong concluye con sus propios superlativos. «Marx dijo: 'La historia considera más grandes a aquellos hombres que se han ennoblecido trabajando por el bien común, la experiencia proclama como más feliz al hombre que ha hecho feliz al mayor número de personas'. No cabe duda de que Mao Zedong fue uno de esos hombres».
Más devoción y menos preguntas
«¡Bienvenido! ¿De dónde eres?», saluda afable una familia. En Shaoshan, el forastero supone una divertida anomalía hasta que se presenta como periodista y empieza a hacer preguntas. Entonces la celebración enmudece y la amabilidad se invierte.
«Habla con mi hijo, ahora vuelvo», zanja el padre, quien acto seguido da media vuelta y se encamina raudo hacia la policía a reportar al intruso. Dos agentes acuden también raudos y las preguntas cambian de sentido.
Esta paranoia ante corresponsales extranjeros resulta un rasgo característico de la China contemporánea, especialmente exacerbado en torno a los símbolos nacionales. De ahí que la decena de peticiones remitidas por este diario a académicos especializados en Mao Zedong no haya recibido respuesta alguna.
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