Antes de la llegada de los occidentales, en Hawaii había más de 700 especies de caracoles que no estaban en ningún sitio más. Desde entonces, estas islas del Pacífico han sufrido todos los procesos humanos habidos y por haber: desde la colonización más ortodoxa hasta una globalización totalmente acelerada pasando por una rápida urbanización, una intensa militarización y el turismo, mucho turismo.
El resultado se puede resumir en solo una cifra: hoy por hoy, el 60% de esos caracoles se han extinguido y los que quedan están en franca decadencia.
Crónica de muchas muertes anunciadas.
A principios del siglo XX, las poblaciones estaban diezmadas, pero aún eran abundantes. El boom de las ratas en el archipiélago, los rápidos cambios de los hábitats y, sobre todo, la llegada del caracol lobo rosado (un depredador foráneo) han hecho que las 200 ó 300 especies que sobreviven lo hagan en zonas muy aisladas o, directamente, solo en 'laboratorios de conversación'.
En Xataka
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En uno de ellos, en un remolque a las afueras de Kailua y al cuidado de David Sischo, director del programa de prevención de la extinción de caracoles del estado, vivía George (el último individuo conocido de la especie Achatinella apexfulva). Allí murió el 1 de enero de 2019.
Aquello conmocionó a los que estaban en el archipiélago y, entre ellos, a Thom van Dooren.
La trampa de las especies cucas.
Este profesor de humanidades medioambientales de la Universidad de Sidney estaba dedicado al estudio de todo lo que los pájaros podían enseñarnos, se dio cuenta de la trampa de George. La misma trampa que Sudan o que trantos otros animales. Se dio cuenta de que "hay un valor en salvar a la especies carismáticas, entre otras cosas porque son muy útiles para sensibilizar a la población y recaudar fondos".
Pero, como explicaba hace poco en una entrevista, "no podemos olvidar que la extinción masiva afecta también y sobre todo a los invertebrados, que constituyen el 99% de la vida animal y que son esenciales para la polinización, la fertilización de los suelos o el ciclo de nutrientes."
La que podemos aprender de los caracoles.
Para van Dooren, lo que "lenta y gentilmente" nos están enseñando los caracoles es a pensar en el largo plazo, a utilizar las fuerzas de otros y a entender que si no pensamos en lo sistémico (la preservación de hábitats), tendremos que luchar batallas muy difíciles una a una (aplicar "cuidados violentos" a especies para evitar su extinción)
En Xataka
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Pero, sobre todo, nos da tres ideas muy concretas:
Llegar tarde es un problema: si actuamos cuando el problema ya está en "parada", todo es más difícil.Si tenemos que 'triar', ya hemos llegado tarde: cuando nos ponemos en "modo urgencias" tenemos que primar lo salvable sobre otras consideraciones porque tenemos tiempos y recursos limitados. Y las intervenciones intensivas no arreglan la causa: podemos rescatar, suplir, conservar... pero su no cambiamos las presiones de fondo solo estamos posponiendo el final.Los caracoles pueden enseñarnos precisamente eso: que al final del día, lo importante es tener claro lo que queremos y valoramos. A partir de ahí, toca actuar en consecuencias. Si no, estamos condenados a vivir en nuestra particular 'arca de Noé'.
Imagen | Marina Grynykha | BBVA
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La noticia
"Mentalidad de sala de urgencias": el filósofo holandés convencido de que salvar a los caracoles es salvarnos a nosotros mismos
fue publicada originalmente en
Xataka
por
Javier Jiménez
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"Mentalidad de sala de urgencias": el filósofo holandés convencido de que salvar a los caracoles es salvarnos a nosotros mismos
Antes de la llegada de los occidentales, en Hawaii había más de 700 especies de caracoles que no estaban en ningún sitio más. Desde entonces, estas islas del Pacífico han sufrido todos los procesos humanos habidos y por haber: desde la colonización más ortodoxa hasta una globalización totalmente acelerada pasando por una rápida urbanización, una intensa militarización y el turismo, mucho turismo.
A principios del siglo XX, las poblaciones estaban diezmadas, pero aún eran abundantes. El boom de las ratas en el archipiélago, los rápidos cambios de los hábitats y, sobre todo, la llegada del caracol lobo rosado (un depredador foráneo) han hecho que las 200 ó 300 especies que sobreviven lo hagan en zonas muy aisladas o, directamente, solo en 'laboratorios de conversación'.
Aquello conmocionó a los que estaban en el archipiélago y, entre ellos, a Thom van Dooren.
La trampa de las especies cucas.
Este profesor de humanidades medioambientales de la Universidad de Sidney estaba dedicado al estudio de todo lo que los pájaros podían enseñarnos, se dio cuenta de la trampa de George. La misma trampa que Sudan o que trantos otros animales. Se dio cuenta de que "hay un valor en salvar a la especies carismáticas, entre otras cosas porque son muy útiles para sensibilizar a la población y recaudar fondos".
Pero, como explicaba hace poco en una entrevista, "no podemos olvidar que la extinción masiva afecta también y sobre todo a los invertebrados, que constituyen el 99% de la vida animal y que son esenciales para la polinización, la fertilización de los suelos o el ciclo de nutrientes."
La que podemos aprender de los caracoles.
Para van Dooren, lo que "lenta y gentilmente" nos están enseñando los caracoles es a pensar en el largo plazo, a utilizar las fuerzas de otros y a entender que si no pensamos en lo sistémico (la preservación de hábitats), tendremos que luchar batallas muy difíciles una a una (aplicar "cuidados violentos" a especies para evitar su extinción)
Pero, sobre todo, nos da tres ideas muy concretas:
Llegar tarde es un problema: si actuamos cuando el problema ya está en "parada", todo es más difícil.
Si tenemos que 'triar', ya hemos llegado tarde: cuando nos ponemos en "modo urgencias" tenemos que primar lo salvable sobre otras consideraciones porque tenemos tiempos y recursos limitados.
Y las intervenciones intensivas no arreglan la causa: podemos rescatar, suplir, conservar... pero su no cambiamos las presiones de fondo solo estamos posponiendo el final.
Los caracoles pueden enseñarnos precisamente eso: que al final del día, lo importante es tener claro lo que queremos y valoramos. A partir de ahí, toca actuar en consecuencias. Si no, estamos condenados a vivir en nuestra particular 'arca de Noé'.