El belga de Soudal remata una etapa diseñada para el esprint tras el intento final de Gaviria y el lanzamiento magistral de Van der Poel a Philipsen
Merlier, entrando en meta.- NACHO LABARGA Burdeos
- Compartir en Facebook
- Compartir en Twitter
- Compartir en Telegram
- Compartir en Whatsapp
- Compartir por Mail
- Introduzca texto aquí
El Tour de Francia necesitaba respirar después del incendio del Tourmalet y encontró en Burdeos una jornada de transición con desenlace de pura velocidad. Tras el golpe brutal de Pogacar en los Pirineos, la séptima etapa entre Hagetmau y Burdeos devolvía el protagonismo a los esprinteres en el día más llano de la edición. Y allí, entre tensión, rotondas, colocación y trenes lanzados a máxima velocidad, Tim Merlier volvió a demostrar que en los finales masivos no perdona.
El belga de Soudal fue el más fuerte en la recta decisiva y se llevó la victoria por delante de Jasper Philipsen, que llegó perfectamente colocado gracias a un lanzamiento de lujo de Mathieu van der Poel. Alpecin lo hizo casi todo bien. Van der Poel apareció donde aparecen los grandes, abrió paso, colocó a su velocista y le dejó en posición de remate. Pero esta vez Philipsen se encontró con un Merlier más poderoso, más limpio en el último golpe de riñón y con las piernas necesarias para imponer su ley en Burdeos.
Fernando Gaviria también lo intentó. El colombiano se metió en la pelea, buscó su oportunidad y amagó con discutir el triunfo, pero se quedó sin fuerzas justo cuando la carretera pedía una última bala. En un final nervioso, con todos los equipos peleando por entrar delante en los últimos kilómetros, el desenlace acabó premiando al corredor que mejor supo esperar y lanzar su esprint en el momento exacto.
La etapa había nacido con el guion previsto. Jakub Otruba, del Caja Rural-Seguros RGA, y Baptiste Veistroffer, del Lotto Intermarché, atacaron de salida y formaron la fuga del día. El pelotón les concedió margen, pero nunca libertad real. Alpecin-Premier Tech y Soudal-Quick Step asumieron pronto el control de la carrera, conscientes de que el día estaba marcado en rojo para Philipsen y Merlier. La diferencia de los escapados se movió siempre en límites asumibles, sin superar una renta que pusiera en peligro el esprint.
Veistroffer coronó primero la Côte de Béguey, el único ascenso puntuable de la jornada, mientras el pelotón mantenía la vigilancia con una calma aparente. Decathlon también apareció en cabeza con Matthew Riccitello trabajando para Kooij, y Mads Pedersen movió el avispero en el esprint intermedio, recordando que la pelea por la regularidad también tiene sus pequeñas batallas diarias.
El tramo final elevó la tensión. Uno-X agitó la carrera con Abrahamsen y Skaarseth cuando la fuga ya estaba prácticamente sentenciada, obligando a Soudal y Astana a gastar un punto extra. Fue un calentón inesperado antes de la gran batalla, un aviso de que incluso las etapas más previsibles pueden esconder trampas. A diez kilómetros de meta, la escapada quedó neutralizada y comenzó la pelea real: colocación, nervios, viento, rotondas y trenes intentando ocupar el mismo metro de carretera.
Ineos, Cofidis, Alpecin y Soudal se dejaron ver en cabeza en los últimos kilómetros. Nadie quería llegar tarde a la flamme rouge. La suerte estaba echada y Burdeos esperaba al más rápido. Allí apareció Merlier, frío y contundente, para cerrar una jornada de manual para los velocistas.
El Tour, mientras tanto, sigue bajo la sombra de Pogacar. La general permanece marcada por su exhibición del día anterior y por la ausencia de Torstein Træen, que no tomó la salida tras la caída sufrida bajando el Tourmalet. Pero en Burdeos, por unas horas, la batalla por el amarillo quedó aparcada. El día era de los sprinters. Y Merlier fue el rey.