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Regala esta noticia Añádenos en Google 31/07/2026 a las 23:56h.Un hoyo enorme
El montoncito de arena que se está formando a mis pies me mancha los zapatos de los días de fiesta. El hombre de la gorra ... va echando en él las paladas que saca para hacer el hoyo. Es enorme. En mi vida he visto un hoyo parecido. Ni el que excavamos papá y yo en la playa, ni los que hace el perro de Nicolás en el descampado. Definitivamente, el hombre de la gorra es el mejor. Aunque no me gusta cómo tuerce la mirada cuando meten en su hoyo la caja de madera en la que duerme mi madre.
La medida
Encontré la receta de las croquetas en un cuaderno, con su letra. Harina, la que admita. Leche, hasta que diga basta. Jamón, un puñado. Llevo cuatro domingos intentándolo. Mi hija dice que están buenísimas, que ya está. Las mías salen siempre distintas, y la receta no miente, no le falta nada. Un puñado, dice. El puñado era la mano de mamá.
Una lección de vida
Aparecen centauras, con sus carritos, los tacataca, empujando o arrasando, atilas, y en la primera mesa que encuentran se sientan elefantas, llenas de sudor por el esfuerzo del paseo, viejisimas, nonagenarias o próximas al siglo, abandonadas en el vestir, descuidadas en el peinado, chancleteras, regañonas, autoritarias, con el móvil, el monedero, la cajetilla de tabaco y el mechero. Al camarero le piden el café solo doble, el vaso de agua con hielo, un cenicero... Atienden, sobradas, una urgencia del móvil e, impasibles (imposibles), se ponen a fumar como si en ello les fuera la vida. Resoplan resignadas.
La última barca
El humo de la leña de olivo dibuja fantasmas grises contra el cielo malagueño. Las manos de Manuel, agrietadas por la sal y los años, ensartan el último boquerón en la caña con la precisión de quien repite un rezo. Ya no siente el calor de la arena ni el chisporroteo del fuego; solo el murmullo del oleaje, que parece despedirse de él. Clava la caña en la barca y mira de reojo el paseo, devorado por luces de neón y rostros desconocidos. Sabe que, cuando muera esta brasa, él también se convertirá en humo, dejando la playa definitivamente en manos de extraños.
El temor de Dios
Después de que el primer hombre hubiese superado el umbral de los doscientos años de vida sana ―gracias a los ultra avances en materia de ciencia médica, nutrición y entrenamiento fisiológico―, la humanidad podía considerar finalmente que estaba a tan solo un paso de alcanzar la ansiada inmortalidad. Sin embargo, quien había logrado llegar a esta meta bicentenaria era el último Homo sapiens vivo sobre el planeta Tierra, rodeado por millones de máquinas dotadas de inteligencia artificial, con las cuales mantenía una recíproca desconfianza. Entonces lo invadió un terror insoportable ante la posibilidad de convertirse en Dios.
Sin permanencia
Inés llevaba una semana consultando a la IA cada decisión: la hipoteca, el plan de pensiones, cambiar de trabajo. Gratis. Instantáneo. Infalible, pensaba. Antonio llevaba tres años pagando a un asesor financiero, un coach ejecutivo y un psiquiatra. Caro. Lento. Infalible, pensaba. Se conocieron en la cola del banco. Ella, a renegociar la hipoteca. Él, igual. Hablaron. Compararon consejos. Idénticos, palabra por palabra.
—El mío cobra cuatrocientos la hora —dijo Antonio.
—El mío es gratis —dijo Inés. Se miraron como náufragos que reconocen el mismo barco hundido. Se casaron en primavera. La IA y el coach lo desaconsejan.
El fin de Quevedo
¡De qué me sirvió todo! Tantos duelos a espada, rencillas y luchas palaciegas. Recuerdo los placeres de los que disfruté por mi picardía, pero también esos placeres labraron muchas veces mi desgracia: la espada que hirió de mala manera mi pierna por el marido de aquella bellísima pelirroja. Estoy solo y roto en este convento de Santo Domingo. Muevo la pluma en mi pergamino como si supiese escribir. ¡Qué necio! Ya huyeron esas brillantes ideas. Moriré antes de ver el eclipse que me anunciaron los monjes para el mes próximo. No tardes, muerte; solo soy sombra.
Eclipse de bolsillo
Guardaba los atardeceres del verano en un viejo frasco de mermelada. Cuando el invierno se volvía insoportable y la soledad calaba el alma, destapaba apenas un milímetro el vidrio gastado. Entonces, un destello tibio, con olor a salitre, jazmines y risas compartidas, inundaba la estancia, tiñendo las grietas de la pared con un naranja encendido. Los vecinos murmuraban que su casa albergaba un milagro. Ayer, sus manos temblorosas dejaron caer el cristal. Hoy, los bomberos intentan explicar el hallazgo de un sol eterno latiendo, intacto, entre los escombros de su rutina.
La edad de la inocencia
Mi padre me mira desde la cama con el gesto crispado. Yo, anticipando su berrinche, le acaricio la mano para despistarlo y le digo que, tranquilo, trato hecho. Que no le diré a su mamá, a la que últimamente nombra mucho, que acaba de volver a pasar y tendrá que cambiar las sábanas de nuevo. Lo haré yo en su lugar, le aseguro, para que no le riña. Él me ofrece la sonrisa de pícaro que no le ha abandonado a pesar de los años y de la enfermedad, y me pregunta, despreocupado:
—¿Jugamos a algo?
La medida de nuestro amor
La conocí un lunes y me enamoré. El martes nos juramos amor eterno. El miércoles se mudó a mi departamento y convirtió cada rincón en un hogar. El jueves le confesé que sin ella mi vida carecía de sentido. El viernes me dijo que había dejado de quererme, reduciendo la eternidad a un instante. No la culpo. Desde el principio supimos que el tiempo nos estaba devorando. Nuestra historia nació con fecha de vencimiento. No teníamos más de cien palabras para vivir. Y nos quedaba apenas una. Me abandonó antes de pronunciarla, aunque usted, querido lector, acaba de leerla ahora.
Mareas
Hugo tiene nueve años y un universo cambiante dentro de su cabeza. Hay días en que despierta ligero, como si pudiera correr más rápido que el viento, hablar sin parar e inventar diez juegos antes del desayuno. Otros días el mundo pesa demasiado y hasta atarse los zapatos parece una montaña. Su mente es como el mar: a veces, tormenta; a veces, calma. En terapia dibuja olas de colores y aprende a nombrarlas. Cuando llega una grande, respira y espera. Poco a poco descubre algo importante: las olas pasan, y él sigue ahí, de pie en la orilla, mirando el horizonte.
El código nuevo
En la casa, el reloj late más fuerte que las risas. Él gobierna con silencio y golpes que no dejan huella visible. Ella, asistente social, aprende cada día a nombrar lo innombrable para otras mujeres, mientras en su propia piel archiva excusas. Los niños, de nueve y seis años, dibujan tormentas con creyones y sonríen cuando la puerta no cruje. Han inventado un código de miradas: si mamá pestañea dos veces, todo estará bien; si no, guardan el aire. Una tarde, cambia el código: cuando él levanta la voz, no hay pestañeo, hay tres golpes en la mesa. Salen juntos.
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