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Regala esta noticia Añádenos en Google 09/08/2026 Actualizado 14/09/2026 - 12:26h.La última luz
El vigilante del museo sabía que aquella pintura no era normal. Cada noche, al apagar las salas, el cuadro respiraba: primero un ... leve temblor, luego un destello, como si la figura atrapada en el lienzo buscara una salida. Él fingía no verlo, hasta que una madrugada la mujer pintada giró la cabeza y lo miró con una tristeza antigua.
—Ayúdame —susurró.
El vigilante retrocedió, pero el cuadro abrió una grieta luminosa. Comprendió entonces que no pedía libertad: pedía relevo. Cuando la luz lo tragó, sintió cómo su cuerpo se endurecía y se volvía óleo.
La orilla del olvido
Todos creían que el faro protegía a los barcos de las rocas. Se equivocaban Protegía a los hombres del olvido. Mientras su luz acariciaba el mar, cada marinero regresaba con la memoria intacta. La noche en que el faro se apagó, ningún barco naufragó; solo volvieron hombres con recuerdos ajenos: otras madres, otros amores, otra vida.
Desde entonces, el mar sigue esperando a quienes nunca regresaron del todo.
Pendiente
Cada noche, antes de dormir, repasaba mentalmente lo que había hecho durante el día. Cerraba los ojos y una inquietud le rozaba el pecho. Había olvidado algo. Revisaba cuentas, llamadas, cumpleaños y correos. Nada. La sensación persistía. Hasta que una madrugada se despertó con un pensamiento claro. Recordó la promesa que se había hecho muchísimos años atrás: «Cuando crezca, voy a cumplir todos mis sueños».
Y cayó en la cuenta de que aquello que tenía pendiente no estaba en su agenda, sino en su vida.
Chato
Francisco había nacido con una anomalía que fascinaba a los médicos: tenía cuatro vértebras cervicales de más, y eso lo convertía en un hombre muy alto. Fue la estatura, sumada a ese saltito de alegría cuando su equipo hizo un gol, lo que lo condenó: la hélice del helicóptero lo golpeó de lleno en la cabeza y le arrancó la parte superior del cráneo.
Milagrosamente, su organismo se repuso y se adaptó a una severa falta de masa encefálica, pero todos coinciden en que, desde entonces, ha pasado a ser un hombre chato.
Verano del 69
Como cada domingo, Carmen llegó a la playa al caer la tarde. Desde la orilla escuchó a niños jugando y a hombres hablando de política como si entendieran. Su marido, en el bar. Todo estaba cambiando, pero no para mujeres como ella. Entró en el mar sin prisa. Llevaba semanas dándole vueltas. Desafiante, no miró hacia atrás, segura de que nadie la observaba. Ventajas de ser invisible. Cuando el agua le acarició el pecho, despegó los pies de la arena. Torpemente, movió los brazos en círculo, como había visto hacer a los niños.
¿Por qué no iba a poder aprender a nadar?
El mar, la mar
Nos ilusionaba conocer el mar, la mar, decía el abuelo, que era el único que la había conocido en su infancia; balanceado en la inestable barquilla, tirando redes, arrastrando el copo y llenando algún cubo con los frutos del cardumen que, rara vez, servían para alimentarlo. La vida del abuelo fue pobre y dura entre chabolas construidas con chapas a orillas de la mar.
Hoy hemos vuelto y las chapas han desaparecido; en su lugar han construido un magnífico edificio de más de treinta plantas, con vistas al mar, con piscinas en las terrazas y poca humanidad.
El deber
En la cocina está mi madre, mujer de convicciones: «Lo que se debe hacer, se hace». Su mirada insiste: «Hay que hacerlo, con casi quince años, por Dios».
—Me voy a dormir.
Me pongo el pijama y apago la luz, tenso. El techo gira a lo Día de la Bestia. Extiendo la mano hacia la mesita; no…, la retiro. Aprieto los dientes y ensalivo, tieso. «No puedo, no, de verdad, imposible…». Retorno, alargo la mano. Abre la puerta mi madre, se abalanza sobre la mesita con las tijeras. Arremete y raja ferozmente mi droga.
—Se acabó, por Dios, dormir con chupete…
El cuento peleón
Era un cuento que se resistía a que lo contaran. Ya la primera palabra, que incursionó en las tinieblas con la admirable sencillez de lo ordinario —el cuento, todo encuevado—, salió mandada a mudar de un puño, como de boxeador plenamente espontáneo y original. El escritor, atrincherado y a varios metros de la cueva, la vio volar sobre su cabeza. Voló por toda la selva y, más allá del campamento, voló. Aún arriba vuela. Da vueltas. Nos orbita. Dice: «Era».
El mapa
Compró un mapa convencido de que, en algún rincón del mundo, alguien habría señalado el camino hacia el paraíso. Dobló fronteras como quien dobla páginas, gastó las suelas persiguiendo un lugar que siempre parecía quedar un poco más lejos. Aprendió otros idiomas, durmió bajo otros cielos y coleccionó horizontes. Cuando envejeció, el mapa ya no tenía países sin recorrer. Sólo entonces levantó la vista. Descubrió que nunca había mirado el amanecer que lo acompañaba, ni las manos que lo esperaban al regresar. Comprendió que el paraíso jamás estuvo al final del viaje. Había caminado sobre él toda la vida.
La última fotografía del mundo
Nunca entendió por qué su abuelo escribió detrás de aquella foto: la última fotografía del mundo. Años después, mientras acariciaba los rostros con la yema de los dedos, comprendió que algunos ya solo podían sonreír desde el recuerdo y que otros habían aprendido a hacerlo desde demasiado lejos. El papel había amarilleado, pero no tanto como la memoria. Entonces entendió que los mundos no se acaban de golpe; se deshilachan en silencios, en sillas vacías, en abrazos aplazados. Nadie sonreía para despedirse. Solo para la cámara.
El desahucio tendrá que esperar
¿Hay otra? Sí, se sinceró. ¿De qué vamos a vivir? Sin mirarla, se lo quitó del anular con jabón y agua. Lo depositó en el mantel como toda indemnización. Perdóname, te enviaré plata para la nena. Ella hizo un esfuerzo para no leer los nombres grabados. Fue al negocio que hace publicidad por televisión. La semblantearon. ¿No será robado? Le bajaron el precio. Compró pan, huevos, leche, jamón, azúcar y manteca. Le quedó dinero para una semana. Conservaba el suyo en el anular. El desahucio la espera, tendrá que esperar, ella le presentará batalla, es mujer, es madre.
Un fantasma despistado
Este era un señor a quien, cuando usaba su carro, se le olvidaba que lo llevaba, así que regresaba en transporte público e incluso entraba en la casa equivocada. No se percató, sino hasta después de una semana, de que se encontraba en el trabajo de otro. Y en una ocasión lo acusaron de secuestro cuando se llevó a una niña de la escuela, mientras su propia hija se sentía abandonada. Cuando murió, ¡pobre de su alma perdida!, quiso asustar a su suegra, pero le jaló los pies a su mejor amigo. Y terminó apareciéndosele a su vecina en lugar de visitar a su amada.
Última voluntad
Mamá salió de su estado de letargo y recobró un tenue hilo de fuerza para darme su último mensaje antes de morir:
-Hijo, córtate el pelo.
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