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Microrrelatos SUR VI Premio Pablo Aranda: textos del 23 de agosto

Microrrelatos SUR VI Premio Pablo Aranda: textos del 23 de agosto
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Envía tus microrrelatos a microrrelatos@diariosur.es. No existe límite de edad ni ninguna temática obligatoria, sólo hay que cumplir un requisito: no superar las 100 palabras
Microrrelatos SUR VI Premio Pablo Aranda: textos del 23 de agosto

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Olor de santidad

Solo comía tarros de garbanzos y de lentejas, bolsas ultracongeladas de croquetas y verduras, sardinillas en aceite de girasol, latas de atún ... claro, frascos de mayonesa de 500 ml, botes de melocotón en almíbar y otros alimentos envasados llenos de conservantes, estabilizantes y antioxidantes.

Cuando murió, su cuerpo se conservó incorrupto en el ataúd.

Cuestión de minutos

«¿Por qué no sonaron las alarmas? Jamás silencio el móvil». Salgo corriendo, sin desayunar, devorando los escalones porque el ascensor está averiado. «¡Llego, llego!», me miento. Pero no: veo el autobús perderse a lo lejos. Desesperado, subo a la siguiente línea, aunque me deje a diez manzanas del trabajo. Veinte minutos después, el tráfico se detiene por completo. Sirenas, ambulancias... nos desvían. Al mirar por la ventanilla, el corazón se me congela: en mitad de la calzada, destrozado, está el autobús que acabo de perder. Un escalofrío me recorre el cuerpo. La mala suerte acaba de salvarme la vida.

El capitán Clonazepam

La abstinencia de no haber nada ya me tiene atrapado. El paladín de esta historia, el capitán Clonazepam, desertó. No murió en combate; simplemente dejó de aparecer. El gobierno lo llama «reducción de gastos», obligándonos a comprar su regreso, pero lamentablemente no está dentro de mis posibilidades.

Por momentos esperaba que el capitán Clonazepam apareciera montado sobre un caballo, espada en alto, repartiendo calma como quien reparte pan. Pero algunos héroes tienen esa costumbre: la de no acudir cuando uno no puede pagarlos.

Reflejo condicionado

Te deslizas fuera de la cama con sigilo. Giras el pomo despacio y avanzas a oscuras, arrastrando los pies para no pisar las sombras peludas que se enredan en tus tobillos por el pasillo. Tanteas a ciegas el interruptor del baño; la luz te apuñala los ojos. Te echas agua fría en la cara. Repites la carrera de obstáculos felina hacia la cocina. El traqueteo de la máquina espresso te mentaliza para la jornada de trabajo. Das el primer sorbo, amargo y ardiente.

Entonces miras la pantalla del móvil. Sábado. Olvidaste apagar el despertador.

Del otro lado

Hay algo aterrador en el espejo, en esa imagen que por momentos no es solo un reflejo. Produce terror pensar que algún día todo lo bueno quedará de aquel lado; que los niños que juegan se van por un costado del vidrio para no regresar; que la cordura de una madre cálida se esfuma una noche y no vuelve nunca más.

Cuando menos lo esperas, tú eres un difuso reflejo de todo lo bueno que fue y sólo puedes obtener una pequeña parte de aquel mundo cuando alguien del otro lado apoya su mano en el espejo.

Cansancio

Entró al departamento arrastrando el cansancio de nueve horas de trabajo. Al ver a su mujer en la cama con un desconocido, el agotamiento se volvió furia. Sostenía la caja de plomero y con ella misma empezó a golpear al intruso. La mujer, cubierta de sangre, logró incorporarse gritando de puro terror.

—¡¿Qué hacés, Juan?! ¡Estás loco!

—Doña Rosa. ¿Qué hace usted en mi cama?

—¡Es mi casa, Juan! ¡Vos vivís un piso más arriba!

La hija buena

Serás la hija buena. La que aprende a leer con dos años y es buena en álgebra, pero también en historia. La que gana carreras de atletismo y también torneos de ajedrez. La que come de todo y empieza a leer clásicos universales a los quince años de edad.

Serás la hija buena hasta que tu hermana enferme. Y entonces dejarás de serlo, porque no habrá nada que puedas hacer más importante que morirte y en eso tampoco podrás ser ya la primera. Para qué seguir intentándolo.

Al principio solo iba

Sale de casa a las cinco de la mañana y toma la A-2 en dirección a Zaragoza. Atraviesa las llanuras esteparias de la meseta y llega al valle del Ebro al amanecer. Después continúa cruzando las montañas de Lleida, el gran caos que es Barcelona y la cordillera de los Pirineos. Contempla los viñedos franceses y las colinas provenzales desde la carretera, y se detiene a repostar cerca de Perpiñán antes de seguir cruzando Francia. Mientras sujeta el mango del surtidor, piensa que hay algo agradable en no ir a ningún lugar.

La carrera

Ellos llegan antes; ellas tardan más. Van mirando para no equivocarse, pensando en qué camino será mejor y viendo a muchos de ellos tropezar con las piedras y caer. También repasan el temario en voz alta: no quieren que haya fallos, nada dejado a la improvisación. Cuando finalmente alcanzan la meta, ya no queda ninguno en la puerta: tienen el camino libre o bien la encuentran cerrada porque un macho ha logrado entrar, y entonces mueren, se desintegran poco a poco recitando el temario: ojos azules, pelo rizado, alta, inteligente…

Sala de espera

Esperaba mi turno en la sala de urgencias, rodeado de figuras cabizbajas y melancólicas, como si tratasen de expiar alguna culpa. En sus rostros se perfilaban los ángulos del malestar y la angustia que subrayan la incertidumbre. Algunos caminaban de un lado a otro de la sala, aireando sus ropas sudadas y destensando sus músculos. Otros permanecían en sus asientos, conteniendo sus temores en silencio. Un relámpago de oscuridad apagó las luces de la sala y parecieron escucharse los pensamientos de quienes allí esperaban. Habían dado todo por su futuro, pero el tiempo no les daría nada a cambio.

Prioridades

En una de las regiones más devastadas por las intensas lluvias, donde cientos de hogares habían sido afectados por los torrenciales, un pequeño cargaba entre sus brazos a su amigo. Mientras muchos rescataban sus pertenencias y los alimentos escaseaban, él solo pensaba en poner a salvo a su inseparable compañero. Un hombre de mediana edad, con la camisa raída por las labores, lo observó con desdén:

—Ocúpate de cosas más importantes, muchacho.

El niño apretó a Firulais contra su pecho y respondió con alegría en los ojos:

—Eso hago. Firulais también es familia.

El último titular

El periodista llegó a la redacción vacía. Su columna llevaba veinte años escribiéndose sola, pero hoy las palabras se negaban a nacer. Recordó entonces la primera noticia que cubrió: un incendio en un orfanato. No durmió en tres días. Ahora, el fuego estaba dentro de él. Tomó el teclado y escribió: «Hoy, como cada martes, el mundo sigue girando. Pero el columnista se despide. No hay más tinta, solo ceniza». Guardó el texto. Cerró los ojos. La noticia, al fin, era él.

La partida

—¡Anda!, mira este titular —dijo uno de ellos mientras señalaba la pantalla—: «Científicos creen que la realidad podría ser una simulación informática».

—«¿Somos solo personajes de una especie de videojuego cósmico?» —añadió el otro, que leía en voz alta el subtítulo de la noticia.

—Se lo están oliendo… Así que no tiene mucha gracia seguir con la partida.

—La verdad es que no.

—Pues nada, venga, apaga y vamos a cenar, que llevamos jugando una eternidad.

Su interlocutor obedeció, y el monitor dejó de mostrar un universo de píxeles para tornar a negro.

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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