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Minas de oro, las incubadoras del ébola

Minas de oro, las incubadoras del ébola
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Galerías a decenas de metros de profundidad, sin ventilación, sin más luz que la de una linterna. hombres hacinados en pozos inundados donde habitan los murciélagos. Las minas de oro en la república democrática del congo son el epicentro del actual brote de ébola que se ha cobrado ya más de 700 vidas. nos adentramos en las tinieblas que propagan un virus devastador.
Minas de oro, las incubadoras del ébola

Galerías a decenas de metros de profundidad, sin ventilación, sin más luz que la de una linterna. hombres hacinados en pozos inundados donde habitan los murciélagos. Las minas de oro en la república democrática del congo son el epicentro del actual brote de ébola que se ha cobrado ya más de 700 vidas. nos adentramos en las tinieblas que propagan un virus devastador.

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Carlos Manuel Sánchez

23/07/2026 a las 14:00h.

Un refugiado congoleño remueve el contenido de un barreño de plástico. Lo hace con otros dos hombres, inclinados sobre el agua fangosa, en la que ... han vertido mercurio para separar el oro del barro. Se llama Bisimwa Biragi y ha llegado desde Kivu del Sur, a unos 500 kilómetros, expulsado por la guerra, como otros tantos miles de desplazados en el noreste de la República Democrática del Congo.

El ébola no se contagia por el aire. Y para pasar de una persona a otra necesita el contacto directo con los fluidos de un enfermo. Sangre, vómito, sudor, heces, saliva, leche, semen... Basta con que esos fluidos toquen una herida en la piel o una mucosa –los ojos, la nariz, la boca...– para que el virus encuentre la puerta.

Para entender por qué el patógeno encuentra en estas minas un acelerador casi perfecto hay que bajar al pozo. Literalmente. Hay que recorrer galerías abiertas a pico y pala, a decenas de metros de profundidad, sin entibado que sujete las paredes, sin ventilación, sin más luz que la de una linterna atada a la frente. Los pozos se inundan porque, aunque haya hombres dentro, ni siquiera cuentan con bombas para achicar el agua. En las temporadas de mayor producción hay mineros que pasan hasta un mes bajo tierra. No salen. Comen, duermen y cavan en el mismo agujero, hombro contra hombro, bebiendo de la misma agua que se filtra por la roca.

Las mujeres rara vez bajan al pozo. En muchas minas se considera que su presencia bajo tierra trae mala suerte, así que su trabajo es el de la superficie: cargar sacos de mineral, machacar la roca a mano, lavar el sedimento dobladas sobre el agua durante todo el día. Un estudio de la Universidad de Amberes sobre las mineras del este del Congo las describe como mujeres que «envejecen demasiado rápido»: infecciones que no se tratan, cuerpos gastados por la postura, por el peso... Cobran, además, menos que los hombres.

Hay mineros que pasan hasta un mes bajo tierra. No salen. Comen, duermen y cavan en el mismo agujero, hombro contra hombro, bebiendo de la misma agua que se filtra por la roca

Una vez que la roca se ha machacado y el sedimento se ha lavado hasta concentrar las partículas pesadas, el oro sigue mezclado con arena, invisible, imposible de separar a mano. El truco es el mercurio: se vierte sobre el concentrado y el metal líquido se traga el oro, lo abraza, forma con él una pasta blanda y plateada llamada 'amalgama'. Esa pasta se aprieta en un trapo para escurrir el mercurio sobrante y queda una bolita grisácea. Para sacarle el oro, hay que quemarla. El minero acerca una llama a la amalgama y el mercurio se evapora, emitiendo un humo tóxico a la altura de su cara, sin mascarilla, muchas veces en la cocina de casa, con los niños cerca.

Lo que la mina hace con un virus es multiplicarlo. Una vez que el ébola circula, el pozo lo propaga como pocos lugares en el mundo, porque junta cuerpos sudorosos en un espacio cerrado, hace compartir el agua y las herramientas, y reparte a los infectados por media docena de provincias en los camiones que siguen al mineral. El pozo es la miniatura de un pueblo entero donde todo se comparte porque no hay alternativa: el trabajo, el agua, las herramientas, los trayectos, las habitaciones, las malas noticias... Y cuando una enfermedad obliga a aislar al enfermo, lavarse las manos, desinfectar superficies y tratar los cadáveres con precauciones extremas, Mongbwalu parte con una desventaja obscena. Solo uno de cada cinco vecinos tiene acceso a agua segura; apenas una cuarta parte cuenta con retretes o instalaciones de higiene que funcionen. El agua limpia se vende a 2 dólares el bidón de 20 litros, según el coordinador de Oxfam sobre el terreno, una cifra fuera del alcance de la mayoría de las familias.

En un brote de un virus anterior se demostró que la mina funcionaba «como un congelador»: conservó vivas durante años cepas enteras del patógeno

Pero la mina no es solo el sitio donde el virus encuentra trabajadores que van y vienen. Puede ser también, antes de todo eso, una frontera biológica: la puerta por la que el virus salta del animal al hombre. El ébola se hospeda en murciélagos de la fruta, y los murciélagos viven en cuevas. Una galería excavada en busca de oro es, para un murciélago, una cueva más: un techo oscuro y húmedo donde colgarse. Un minero que pasa semanas bajo tierra, bajo ese techo, respirando ese aire y tocando esas paredes manchadas de excrementos, está demasiado cerca del reservorio del virus.

Ya ha pasado antes. Simon Mardel, médico británico que en el año 2000 estuvo cuatro meses solo, enviado por la Organización Mundial de la Salud, atendiendo un brote de Marburg, un virus casi idéntico al ébola, en una mina de oro del este del Congo, interrogó a los mineros durante semanas y recogió las muestras que permitieron rastrear el origen. Lo que reconstruyó, y contó recientemente a The Independent, parece el guion de una pesadilla: más de mil hombres al día bajaban a aquella galería por un sistema ilegal de tiques, pagaban por entrar, se quedaban días enteros bajo tierra y solo salían cuando un derrumbe llenaba el aire del olor de los cadáveres. Bebían el agua que escurría por las paredes. Cruzaban a nado pozas subterráneas para alcanzar otras galerías. Y allí abajo, dice, había miles de murciélagos, por todas partes, sin una sola gota de la luz ultravioleta que mata a estos virus frágiles. La mina, resume, funcionaba «como un congelador»: conservó vivas durante años cepas enteras del virus.

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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