LA TRIBUNA
Morir de éxitoEl éxito contiene una paradoja que pocas veces se reconoce: cuanto mayor es, más aislado se queda
Regala esta noticia Añádenos en GoogleJOSÉ SEGUÍ PÉREZ.ARQUITECTO
07/10/2026 a las 02:00h.Pocas ciudades españolas han vivido una transformación tan intensa como Málaga en estas últimas décadas. Supo aprovechar sus oportunidades, dejar atrás viejos complejos y construir ... un relato de modernidad apoyado en la cultura, la innovación, el turismo, la tecnología y la renovación de su espacio urbano. Hoy atrae inversiones, talento y visitantes, habiéndose convertido en referencia para otras ciudades. Ese éxito pertenece a un esfuerzo colectivo y también a muchas acertadas decisiones públicas. Precisamente por eso conviene hacerse una pregunta inquietante: ¿puede una ciudad acabar devorada por su propio éxito?
Es cierto que Málaga necesita su apuesta de proyectos públicos ambiciosos. Un gran hospital, aunque su emplazamiento suscite dudas sobre la accesibilidad, o una potente universidad capaz aún de mejorar su compleja ordenación, responden a necesidades colectivas indiscutibles que justifican la inversión pública. Sin embargo, otros proyectos requieren una reflexión diferente: un nuevo auditorio o un estadio de fútbol pueden atender demandas legítimas de ciertos sectores, pero su interés no basta para decidir que se financien íntegramente con fondos públicos. Antes de fijar la aportación de la ciudad a estos proyectos, habría que estudiar qué actividades complementarias podrían generar ingresos para poder autofinanciar y contribuir a sufragar su construcción, gestión y mantenimientos futuros.
No debería confundirse la ambición de prosperidad con una sucesión de confusas iniciativas cada vez más costosas y dudosas
No se trata de estar contra estos grandes proyectos musicales o deportivos, ni de sus específicas aficiones. En todo caso de preguntarnos quién los financia, quiénes van a disfrutarlos y, sobre todo, qué otras necesidades dejamos de atender cuando decidimos construirlos con el limitado dinero público. El problema surge cuando la escala de una actuación se aleja de las verdaderas demandas colectivas y compromete una parte desproporcionada de la capacidad inversora pública de la ciudad. Entonces, el proyecto deja de ser una herramienta al servicio de la ciudadanía para convertirse en un fin en sí mismo de otros intereses específicos.
Y es que existen otras muchas Málagas que reclaman atención: barrios donde faltan viviendas asequibles para jóvenes y nuevas familias; periferias que necesitan servicios, actividad y mejores conexiones; colegios y centros de salud próximos a los hogares; transporte público eficaz y espacios comunes donde la vida cotidiana pueda desarrollarse con una digna urbanidad. Estas intervenciones quizá no produzcan imágenes espectaculares ni ocupen grandes titulares como proyectos mediáticos. Sin embargo, sostienen la ciudad cotidiana de quienes la habitan y desean permanecer en ella.
Además, se plantea actualmente una cuestión que rara vez protagoniza la presentación de una gran obra de transformación urbana: ¿cuánto costará mantenerla después de su inauguración? Conocer el presupuesto de construcción es solo el comienzo. Su gestión, conservación y funcionamiento exigirán recursos durante décadas y condicionarán las decisiones de generaciones futuras. Por ello, algunas actuaciones urbanas merecen un debate especialmente riguroso. ¿Es necesario soterrar el Parque Litoral para acercarlo al mar o sería más eficaz mejorar sus conexiones urbanas con la ciudad? ¿Qué aportan las llamadas plazas-puente sobre el Guadalmedina, que ni son plazas ni puentes sino estructuras que embovedan su cauce impidiendo integrarlo con sus bordes urbanos? Estas preguntas no niegan la posibilidad de transformar Málaga, sino conocer con claridad qué problema resuelve cada obra y si los recursos empleados guardan proporción con el beneficio colectivo obtenido.
Málaga ha demostrado que sabe crecer y debe aspirar a ser una gran ciudad. Su vitalidad actual recuerda, en otra escala y bajo circunstancias muy distintas, el esplendor de la Málaga del siglo XIX, lo cual invita a pensar lo que queda cuando acaba un ciclo de prosperidad con la experiencia que aporta para poder preparar el siguiente ciclo y evitar el fracaso. Por ello, no debería confundirse esa ambición de prosperidad con una sucesión de confusas iniciativas cada vez más costosas y dudosas que podrían poner en riesgo lo conseguido. Porque el desafío de hoy no se puede apoyar en las mismas reglas de antaño: exige reconocer los signos de agotamiento que nos ofrece el modelo urbano y pensar Málaga desde su escala territorial y la movilidad que están generando las nuevas infraestructuras viarias y de la comunicación con sus nuevos usos y actividades.
En definitiva, así como la inversión pública debe ofrecer un beneficio colectivo proporcionado a los recursos que emplea, la iniciativa privada debería obtener su rentabilidad legitimada por las dotaciones que aporte a la ciudad. Encontrar ese equilibrio entre lo público y privado, con sus respectivas rentabilidades sociales y productivas, es una tarea esencial del urbanismo y una condición para que Málaga continúe prosperando sin que sus habitantes dejen de reconocerla también como suya: un espacio común compartido.
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