En el siglo I, el emperador Nerón llegó a ordenar que algunos espectáculos incluyeran toldos gigantes para proteger del sol a los asistentes más privilegiados, mientras el resto del público soportaba el calor en las gradas superiores. Aquella diferencia aparentemente trivial reflejaba hasta qué punto la experiencia de asistir a un evento ya estaba marcada por el dinero y el estatus mucho antes de que existieran los estadios modernos.
El negocio del espectáculo en la Antigua Roma. Mucho antes de que los estadios modernos como el Bernabéu convirtieran el deporte en una disparatada máquina de ingresos, el Imperio romano ya había entendido el potencial económico de concentrar multitudes y cobrar por su acceso.
Por aquel entonces, los anfiteatros no eran solo espacios de ocio, sino herramientas políticas y comerciales donde el prestigio y el dinero se mezclaban sin disimulo. De hecho, empresarios como Atilio vieron en los juegos una oportunidad directa de beneficio, apostando por llenar recintos a toda costa y maximizar cada asiento disponible. En ese contexto, la lógica de exprimir el aforo (con zonas privilegiadas para las élites y gradas abarrotadas para el resto) no solo existía, sino que era parte central del modelo.
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Si la solución a la crisis de vivienda es "construir en altura", España tiene el mejor ejemplo posible a mano: Benidorm
Levantado para ganar dinero rápido. En ese contexto nace el proyecto de Fidenae con una idea clara: construir mucho, rápido y barato para empezar a ingresar cuanto antes. Atilio, un liberto con ambición empresarial, decidió levantar un enorme anfiteatro de madera en las afueras de Roma, reduciendo costes en los elementos más críticos.
La estructura se apoyó sobre un terreno inestable y se ensambló con uniones deficientes, mientras se añadían más asientos de los previstos para aumentar la recaudación. El resultado fue un edificio que aparentaba grandeza desde fuera, pero que en realidad estaba diseñado más para maximizar beneficios que para garantizar la seguridad de quienes iban a ocuparlo.
Espectáculo convertido en tragedia. ¿Qué ocurrió? Que la inauguración atrajo a decenas de miles de personas que acudieron con la expectativa de presenciar combates de gladiadores tras un periodo en el que estos espectáculos habían sido más bien escasos. Aquel anfiteatro se llenó hasta el límite, no cabía un alfiler, con el público distribuido por clases sociales y zonas, replicando una jerarquía que también tenía su reflejo económico.
Así, en cuestión de segundos, lo que parecía una jornada festiva pasó a ingresar tristemente en el libro de los Guinness en una catástrofe deportiva total cuando la estructura comenzó a ceder y colapsó de forma simultánea hacia dentro y hacia fuera. No fue un accidente sin más, ya que la magnitud del derrumbe atrapó tanto a quienes estaban dentro como a quienes se encontraban en los alrededores, dejando un balance de víctimas que, según las fuentes, se movía entre decenas de miles de muertos y heridos.
El peor desastre deportivo de la historia. Desde entonces y hasta ahora, por su escala, el colapso o derrumbe de Fidenae no solo fue una tragedia local, sino el mayor desastre deportivo que jamás se haya documentado, superando incluso a muchos episodios modernos en número de víctimas. Las cifras, aunque imprecisas por la época, apuntan a una catástrofe comparable a grandes batallas en términos de pérdidas humanas (se contabilizaron unos 50.000 muertos, algunos perdieron la vida instantáneamente, mientras que otros quedaron sepultados bajo los escombros), algo totalmente excepcional para un evento de entretenimiento.
La rapidez del derrumbe, la ausencia de medidas de evacuación y la fragilidad de la construcción hicieron imposible cualquier reacción, convirtiendo el anfiteatro en una ratonera, una trampa mortal en cuestión de segundos. Lo que debía ser un negocio rentable terminó siendo el ejemplo más extremo de cómo la búsqueda de beneficio puede multiplicar el riesgo hasta límites catastróficos.
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De la codicia a las primeras normas. Qué duda cabe, el impacto de aquel desastre sacudió al Imperio romano y obligó a una reacción institucional que marcó un antes y un después en la regulación de la construcción. El Senado persiguió al responsable, Atilio, y lo envió al exilio, pero, más importante aún, estableció normas que exigían solvencia económica a quienes quisieran organizar espectáculos y obligaban a construir sobre terrenos seguros.
Aquellas medidas pueden considerarse uno de los primeros intentos de regular la seguridad estructural en espacios públicos, nacidos directamente de una tragedia provocada por la negligencia. En el fondo, el episodio dejó una lección que sigue muy vigente: cuando el negocio se impone sobre la seguridad, el espectáculo no solo no se puede garantizar, puede acabar convirtiéndose en su propia catástrofe.
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La noticia
Mucho antes que el Real Madrid, el Imperio Romano ya había inventado los palcos VIP. Y terminaron en desastre
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Xataka
por
Miguel Jorge
.
Mucho antes que el Real Madrid, el Imperio Romano ya había inventado los palcos VIP. Y terminaron en desastre
El impacto del desastre obligó a una reacción institucional que marcó un antes y un después en la regulación de la construcción
En el siglo I, el emperador Nerón llegó a ordenar que algunos espectáculos incluyeran toldos gigantes para proteger del sol a los asistentes más privilegiados, mientras el resto del público soportaba el calor en las gradas superiores. Aquella diferencia aparentemente trivial reflejaba hasta qué punto la experiencia de asistir a un evento ya estaba marcada por el dinero y el estatus mucho antes de que existieran los estadios modernos.
El negocio del espectáculo en la Antigua Roma. Mucho antes de que los estadios modernos como el Bernabéu convirtieran el deporte en una disparatada máquina de ingresos, el Imperio romano ya había entendido el potencial económico de concentrar multitudes y cobrar por su acceso.
Por aquel entonces, los anfiteatros no eran solo espacios de ocio, sino herramientas políticas y comerciales donde el prestigio y el dinero se mezclaban sin disimulo. De hecho, empresarios como Atilio vieron en los juegos una oportunidad directa de beneficio, apostando por llenar recintos a toda costa y maximizar cada asiento disponible. En ese contexto, la lógica de exprimir el aforo (con zonas privilegiadas para las élites y gradas abarrotadas para el resto) no solo existía, sino que era parte central del modelo.
Levantado para ganar dinero rápido. En ese contexto nace el proyecto de Fidenae con una idea clara: construir mucho, rápido y barato para empezar a ingresar cuanto antes. Atilio, un liberto con ambición empresarial, decidió levantar un enorme anfiteatro de madera en las afueras de Roma, reduciendo costes en los elementos más críticos.
La estructura se apoyó sobre un terreno inestable y se ensambló con uniones deficientes, mientras se añadían más asientos de los previstos para aumentar la recaudación. El resultado fue un edificio que aparentaba grandeza desde fuera, pero que en realidad estaba diseñado más para maximizar beneficios que para garantizar la seguridad de quienes iban a ocuparlo.
Espectáculo convertido en tragedia. ¿Qué ocurrió? Que la inauguración atrajo a decenas de miles de personas que acudieron con la expectativa de presenciar combates de gladiadores tras un periodo en el que estos espectáculos habían sido más bien escasos. Aquel anfiteatro se llenó hasta el límite, no cabía un alfiler, con el público distribuido por clases sociales y zonas, replicando una jerarquía que también tenía su reflejo económico.
Así, en cuestión de segundos, lo que parecía una jornada festiva pasó a ingresar tristemente en el libro de los Guinness en una catástrofe deportiva total cuando la estructura comenzó a ceder y colapsó de forma simultánea hacia dentro y hacia fuera. No fue un accidente sin más, ya que la magnitud del derrumbe atrapó tanto a quienes estaban dentro como a quienes se encontraban en los alrededores, dejando un balance de víctimas que, según las fuentes, se movía entre decenas de miles de muertos y heridos.
El peor desastre deportivo de la historia. Desde entonces y hasta ahora, por su escala, el colapso o derrumbe de Fidenae no solo fue una tragedia local, sino el mayor desastre deportivo que jamás se haya documentado, superando incluso a muchos episodios modernos en número de víctimas. Las cifras, aunque imprecisas por la época, apuntan a una catástrofe comparable a grandes batallas en términos de pérdidas humanas (se contabilizaron unos 50.000 muertos, algunos perdieron la vida instantáneamente, mientras que otros quedaron sepultados bajo los escombros), algo totalmente excepcional para un evento de entretenimiento.
La rapidez del derrumbe, la ausencia de medidas de evacuación y la fragilidad de la construcción hicieron imposible cualquier reacción, convirtiendo el anfiteatro en una ratonera, una trampa mortal en cuestión de segundos. Lo que debía ser un negocio rentable terminó siendo el ejemplo más extremo de cómo la búsqueda de beneficio puede multiplicar el riesgo hasta límites catastróficos.
De la codicia a las primeras normas. Qué duda cabe, el impacto de aquel desastre sacudió al Imperio romano y obligó a una reacción institucional que marcó un antes y un después en la regulación de la construcción. El Senado persiguió al responsable, Atilio, y lo envió al exilio, pero, más importante aún, estableció normas que exigían solvencia económica a quienes quisieran organizar espectáculos y obligaban a construir sobre terrenos seguros.
Aquellas medidas pueden considerarse uno de los primeros intentos de regular la seguridad estructural en espacios públicos, nacidos directamente de una tragedia provocada por la negligencia. En el fondo, el episodio dejó una lección que sigue muy vigente: cuando el negocio se impone sobre la seguridad, el espectáculo no solo no se puede garantizar, puede acabar convirtiéndose en su propia catástrofe.