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Muere en Ourense el 'niño lobo', el hombre que vivió más de una década aislado con lobos en Sierra Morena

Muere en Ourense el 'niño lobo', el hombre que vivió más de una década aislado con lobos en Sierra Morena
Artículo Completo 1,392 palabras
Nació en Añora, Córdoba, en 1946, en un contexto de pobreza, posguerra y malas intenciones. Su madre falleció cuando dio a luz a su octavo hijo y su padre, que vivía en una choza de carboneros junto a su segunda esposa, lo entregó a un cabrero para cubrir una deuda. Hablamos de Marcos Rodríguez Pantoja, quien murió el 16 de agosto de 2026, a los 80 años, en Rante, una aldea de San Cibrao das Viñas, en la provincia de Ourense, donde había fijado su residencia definitiva.  Su biografía es uno de los pocos casos documentados en España de niño feral —esa categoría antropológica que agrupa a quienes crecieron aislados de todo contacto humano, junto a nombres como Víctor de Aveyron, la colombiana Marina Chapman o el ugandés John Ssabunnya—. La sociedad lo abandonó dos veces. Cuando volvió al mundo de los hombres, jamás dejó de echar de menos el de los lobos. Su infancia fue, sin adornos, una acumulación de desgracias. Perdió a su madre al nacer en Madrid. Su madrastra lo maltrataba. En 1953, con siete años, su padre lo entregó a un terrateniente a cambio de una deuda, y este lo destinó como pastor auxiliar en el valle del Silencio, en Sierra Morena, bajo la tutela de un cabrero anciano que le enseñó a hacer fuego y a sobrevivir en el monte. Cuando el viejo murió, Marcos se quedó completamente solo: “Como allí no había nadie, y yo no sabía cómo hacer para enterrar su cuerpo, se comieron su cadáver los buitres”, decía Marcos a propósito de su primer padrino. Once años sin lenguaje humano. Vivió más de una década sin tratar con otros humanos, refugiado en cuevas, alimentándose de bayas, raíces y restos de presas. Una manada de lobos lo toleró primero y lo integró después: "Me lamió, se restregó contra mi cuerpo para darme calor y cariño, y yo la abracé y me acurruqué con ella. Hoy en día, esa es la única mamá que reconozco haber tenido y, aquellos años, los más bonitos de mi vida". Le acercaban carne y jugaban con él. Por aquel entonces se vestía con pieles de conejos. Con el tiempo, el castellano fue desapareciendo de su mente y pasó a comunicarse mediante silbidos, gruñidos y aullidos aprendidos por imitación. No hay ninguna épica detrás: este proceso de adaptación acústica y motriz a un entorno no humano es, en sí mismo, un caso de estudio excepcional sobre la plasticidad del comportamiento infantil. Con 17 años, un guardabosques lo avistó, con el pelo larguísimo y un andar raro. Todavía pasarían otros dos años. Cuando la Guardia Civil lo encontró en 1965, Marcos se resistió con violencia. El contacto con la ropa, el uso de cubiertos o la postura erguida le resultaban insoportables. Pasó de un convento de monjas a internado en el Hospital de Convalecientes de la Fundación Vallejo. Luego le impusieron el servicio militar. A los dos meses, el coronel lo mandó llamar y lo echaron por negarse a usar armas. Pero el mayor obstáculo, aquel que nunca llegó a superar del todo, fue el habla. El expediente real. Los casos de humanos ferales obsesionan a la cultura popular. El antropólogo Gabriel Janer Manila conoció a Marcos en 1975 y basó en él su tesis doctoral de 1978 sobre la problemática educativa de los niños salvajes; tres décadas más tarde convirtió ese material en la novela ‘He jugado con lobos’. Ese mismo año, el director Gerardo Olivares llevó la historia al cine en ‘Entrelobos’, con un joven Manuel Camacho encarnando al Marcos niño en una interpretación que le valió una nominación al Goya al mejor actor revelación. Hay precedentes, como el de 1970: el cineasta François Truffaut dirigió la obra maestra 'L'Enfant Sauvage' basándose en el expediente real de Victor de Aveyron, otro joven salvaje capturado por campesinos franceses en el año 1800. El largometraje narra los intentos del doctor Jean Itard por civilizar al muchacho. Ambas historias versan sobre esa idea de "domesticar" al individuo en un sistema de márgenes estrechos.  Lo que explica la neurociencia. Y lo que no, porque aquí conviene ser preciso. La idea de una ventana biológica para el lenguaje no la inventó el lingüista Eric Lenneberg, fue formulada primero por el neurólogo Wilder Penfield junto a Lamar Roberts en 1959. Aunque podríamos ir mucho más atrás, a Russeau y Bruce Perry. Lenneberg desarrolló y popularizó la idea en 1967. Su hipótesis del periodo crítico demostró un límite biológico para adquirir el lenguaje de forma natural: desde los dos años hasta la pubertad. Durante esta fase temprana, el cerebro goza de máxima neuroplasticidad. Apoyándose en casos de afasia infantil, adquisición del lenguaje en personas con discapacidad y sordera sobrevenida a distintas edades, el científico sostenía que el aprendizaje de una primera lengua deja de ser automático y rara vez alcanza fluidez nativa. Las funciones lingüísticas se especializan y se anclan en el hemisferio izquierdo. El declive de la plasticidad está asociado a la maduración de interneuronas positivas para parvalbúmina (PVIN) y a la condensación, a su vez, de redes perineuronales: una matriz extracelular actúa como freno molecular de la plasticidad sináptica una vez que se han consolidado los circuitos. Estudios en corteza visual y auditiva muestran que degradar experimentalmente esas redes mejora la plasticidad incluso en cerebros adultos. Las PVIN están también implicadas, de hecho, en trastornos como la esquizofrenia. Dicho esto, la propia idea de "cierre" debatida entre lingüistas: casos como el de Genie, criada en cautiverio doméstico en Los Ángeles, o el de la ucraniana Oxana Malaya, que creció entre perros, sugieren que el trauma y la privación afectiva pesan tanto como la mera edad. Marcos encaja en el patrón: ni asimiló las trampas sociales, ni terminó de sanar ante tanto maltrato. El regreso imposible. La reinserción de Marcos fue un vía crucis de explotación laboral y abusos: diversos empresarios lo engañaron, le robaron su sueldo y lo ridiculizaron. Trabajó en hostelería y construcción y odiaba el asfalto y el ruido. Añoraba la humedad de su gruta. Pero en un intento de volver a Cardeña-Montoro para reencontrarse con la manada, los lobos ya no lo reconocieron: el jabón y los años entre humanos habían borrado su olor de referencia. Ese rechazo, cuentan quienes lo conocieron, fue una de las heridas que peor cicatrizaron. La estabilidad le llegó tarde, en Galicia. El popular Pepe O Cañón, el apodo del policía ourensano Manuel Barandela Losada, fue quien intermedió en su beneficio. Ya jubilado, lo acogió en su casa en la parroquia de Rante. Allí, entre la lentitud del mundo rural, encontró cierta estabilidad y dedicó buena parte de sus últimos años a dar charlas en colegios sobre su infancia entre lobos y zorros, imitando tactos y sonidos de rapaces. Es obvio que Marcos sembró un testamento vital inmenso sobre los límites de la mente y la soberbia de las urbes, dejando tras de sí varios debates para lingüistas, antropólogos y neurocientíficos. El cordobés nunca terminó de entender por qué el ser humano opera como un mamífero cada vez menos gregario y vestido de subtextos. En fin, parece que la montaña ha recuperado a su hijo arrebatado. Imagen de portada: Óscar Corral En Xataka | El misterio de los olvidos a partir de los 50 años: la ciencia al fin entiende el "punto de inflexión" de nuestro cerebro - La noticia Muere en Ourense el 'niño lobo', el hombre que vivió más de una década aislado con lobos en Sierra Morena fue publicada originalmente en Xataka por Isra Fdez .
Muere en Ourense el 'niño lobo', el hombre que vivió más de una década aislado con lobos en Sierra Morena
  • Cuando ya no pudo vivir en montes cordobeses, se marchó a San Cibrao das Viñas

  • Le impusieron el servicio militar y duró menos de dos meses. Fue albañil, camarero y nunca se adaptó

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Isra Fdez

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Nació en Añora, Córdoba, en 1946, en un contexto de pobreza, posguerra y malas intenciones. Su madre falleció cuando dio a luz a su octavo hijo y su padre, que vivía en una choza de carboneros junto a su segunda esposa, lo entregó a un cabrero para cubrir una deuda. Hablamos de Marcos Rodríguez Pantoja, quien murió el 16 de agosto de 2026, a los 80 años, en Rante, una aldea de San Cibrao das Viñas, en la provincia de Ourense, donde había fijado su residencia definitiva. 

Su biografía es uno de los pocos casos documentados en España de niño feral —esa categoría antropológica que agrupa a quienes crecieron aislados de todo contacto humano, junto a nombres como Víctor de Aveyron, la colombiana Marina Chapman o el ugandés John Ssabunnya—. La sociedad lo abandonó dos veces. Cuando volvió al mundo de los hombres, jamás dejó de echar de menos el de los lobos.

Su infancia fue, sin adornos, una acumulación de desgracias. Perdió a su madre al nacer en Madrid. Su madrastra lo maltrataba. En 1953, con siete años, su padre lo entregó a un terrateniente a cambio de una deuda, y este lo destinó como pastor auxiliar en el valle del Silencio, en Sierra Morena, bajo la tutela de un cabrero anciano que le enseñó a hacer fuego y a sobrevivir en el monte. Cuando el viejo murió, Marcos se quedó completamente solo: “Como allí no había nadie, y yo no sabía cómo hacer para enterrar su cuerpo, se comieron su cadáver los buitres”, decía Marcos a propósito de su primer padrino.

Once años sin lenguaje humano. Vivió más de una década sin tratar con otros humanos, refugiado en cuevas, alimentándose de bayas, raíces y restos de presas. Una manada de lobos lo toleró primero y lo integró después: "Me lamió, se restregó contra mi cuerpo para darme calor y cariño, y yo la abracé y me acurruqué con ella. Hoy en día, esa es la única mamá que reconozco haber tenido y, aquellos años, los más bonitos de mi vida".

Le acercaban carne y jugaban con él. Por aquel entonces se vestía con pieles de conejos. Con el tiempo, el castellano fue desapareciendo de su mente y pasó a comunicarse mediante silbidos, gruñidos y aullidos aprendidos por imitación. No hay ninguna épica detrás: este proceso de adaptación acústica y motriz a un entorno no humano es, en sí mismo, un caso de estudio excepcional sobre la plasticidad del comportamiento infantil.

Con 17 años, un guardabosques lo avistó, con el pelo larguísimo y un andar raro. Todavía pasarían otros dos años. Cuando la Guardia Civil lo encontró en 1965, Marcos se resistió con violencia. El contacto con la ropa, el uso de cubiertos o la postura erguida le resultaban insoportables. Pasó de un convento de monjas a internado en el Hospital de Convalecientes de la Fundación Vallejo. Luego le impusieron el servicio militar. A los dos meses, el coronel lo mandó llamar y lo echaron por negarse a usar armas. Pero el mayor obstáculo, aquel que nunca llegó a superar del todo, fue el habla.

El expediente real. Los casos de humanos ferales obsesionan a la cultura popular. El antropólogo Gabriel Janer Manila conoció a Marcos en 1975 y basó en él su tesis doctoral de 1978 sobre la problemática educativa de los niños salvajes; tres décadas más tarde convirtió ese material en la novela ‘He jugado con lobos’. Ese mismo año, el director Gerardo Olivares llevó la historia al cine en ‘Entrelobos’, con un joven Manuel Camacho encarnando al Marcos niño en una interpretación que le valió una nominación al Goya al mejor actor revelación.

Hay precedentes, como el de 1970: el cineasta François Truffaut dirigió la obra maestra 'L'Enfant Sauvage' basándose en el expediente real de Victor de Aveyron, otro joven salvaje capturado por campesinos franceses en el año 1800. El largometraje narra los intentos del doctor Jean Itard por civilizar al muchacho. Ambas historias versan sobre esa idea de "domesticar" al individuo en un sistema de márgenes estrechos. 

Lo que explica la neurociencia. Y lo que no, porque aquí conviene ser preciso. La idea de una ventana biológica para el lenguaje no la inventó el lingüista Eric Lenneberg, fue formulada primero por el neurólogo Wilder Penfield junto a Lamar Roberts en 1959. Aunque podríamos ir mucho más atrás, a Russeau y Bruce Perry. Lenneberg desarrolló y popularizó la idea en 1967. Su hipótesis del periodo crítico demostró un límite biológico para adquirir el lenguaje de forma natural: desde los dos años hasta la pubertad.

Durante esta fase temprana, el cerebro goza de máxima neuroplasticidad. Apoyándose en casos de afasia infantil, adquisición del lenguaje en personas con discapacidad y sordera sobrevenida a distintas edades, el científico sostenía que el aprendizaje de una primera lengua deja de ser automático y rara vez alcanza fluidez nativa. Las funciones lingüísticas se especializan y se anclan en el hemisferio izquierdo.

El declive de la plasticidad está asociado a la maduración de interneuronas positivas para parvalbúmina (PVIN) y a la condensación, a su vez, de redes perineuronales: una matriz extracelular actúa como freno molecular de la plasticidad sináptica una vez que se han consolidado los circuitos. Estudios en corteza visual y auditiva muestran que degradar experimentalmente esas redes mejora la plasticidad incluso en cerebros adultos. Las PVIN están también implicadas, de hecho, en trastornos como la esquizofrenia.

Dicho esto, la propia idea de "cierre" debatida entre lingüistas: casos como el de Genie, criada en cautiverio doméstico en Los Ángeles, o el de la ucraniana Oxana Malaya, que creció entre perros, sugieren que el trauma y la privación afectiva pesan tanto como la mera edad. Marcos encaja en el patrón: ni asimiló las trampas sociales, ni terminó de sanar ante tanto maltrato.

El regreso imposible. La reinserción de Marcos fue un vía crucis de explotación laboral y abusos: diversos empresarios lo engañaron, le robaron su sueldo y lo ridiculizaron. Trabajó en hostelería y construcción y odiaba el asfalto y el ruido. Añoraba la humedad de su gruta. Pero en un intento de volver a Cardeña-Montoro para reencontrarse con la manada, los lobos ya no lo reconocieron: el jabón y los años entre humanos habían borrado su olor de referencia. Ese rechazo, cuentan quienes lo conocieron, fue una de las heridas que peor cicatrizaron.

La estabilidad le llegó tarde, en Galicia. El popular Pepe O Cañón, el apodo del policía ourensano Manuel Barandela Losada, fue quien intermedió en su beneficio. Ya jubilado, lo acogió en su casa en la parroquia de Rante. Allí, entre la lentitud del mundo rural, encontró cierta estabilidad y dedicó buena parte de sus últimos años a dar charlas en colegios sobre su infancia entre lobos y zorros, imitando tactos y sonidos de rapaces.

Es obvio que Marcos sembró un testamento vital inmenso sobre los límites de la mente y la soberbia de las urbes, dejando tras de sí varios debates para lingüistas, antropólogos y neurocientíficos. El cordobés nunca terminó de entender por qué el ser humano opera como un mamífero cada vez menos gregario y vestido de subtextos. En fin, parece que la montaña ha recuperado a su hijo arrebatado.

Imagen de portada: Óscar Corral

En Xataka | El misterio de los olvidos a partir de los 50 años: la ciencia al fin entiende el "punto de inflexión" de nuestro cerebro

Fuente original: Leer en Xataka
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