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Mujeres enmascaradas

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Arturo Pérez-Reverte

30/04/2026 a las 15:17h.

Vivimos tiempos de charlatanes y falsos profetas, entre palabras tan manoseadas que pierden el sentido original. Libertad es una de ellas, sobre todo cuando se ... la utiliza, paradójicamente, para justificar la sumisión. Ahí tenemos el debate siempre aplazado, siempre incómodo, sobre el burka y el niqab: prendas que cubren por completo el cuerpo y el rostro de algunas mujeres musulmanas –el hiyab es otra cosa, simple pañuelo en torno a la cabeza–. Y que, según notables idiotas con voz pública, son expresión legítima de identidad y autonomía.

Algunas voces de la más imbécil supuesta izquierda española sostienen que una prohibición del burka y el niqab sería islamófoba y racista

El Islam extremo inculca a las mujeres, desde niñas, que su cuerpo despierta turbios instintos en los hombres, y que la virtud consiste en ser invisibles excepto en casa para el esposo y la familia. Aquí la frontera entre convicción e imposición se vuelve difusa: portavoces del feminismo y la izquierda radical que denuncian el control del cuerpo femenino en otros ámbitos –presión estética, cosificación, explotación sexual–, sostienen que prohibir el burka o el niqab es un atentado contra la libertad de esas mujeres. Pero el feminismo surgió, entre otras cosas, para cuestionar a quienes imponen cómo vestir, comportarse o mostrarse. Defender esas prendas, por tanto, es admitir la desigualdad según la identidad. Algunas voces de la más imbécil supuesta izquierda española sostienen que una prohibición de estas prendas sería islamófoba y racista, confundiendo así la crítica a una práctica indigna con el rechazo a una religión o una comunidad.

Ninguna libertad es absoluta. Europa no permite la mutilación genital femenina aunque haya quienes la defiendan como tradición, ni acepta el matrimonio forzado aunque se invoque la cultura. El límite está en la dignidad y los derechos fundamentales de la persona. Y ni el burka ni el niqab respetan eso. Es cierto que en España el número de mujeres que los lleva todavía es reducido; pero también lo es que en Francia, Bélgica, norte de Italia, algunas zonas del Reino Unido o de Alemania, su uso va cada vez a más en comunidades donde las interpretaciones rigoristas del Islam ganan terreno. Pensar que España es inmune a eso resulta ingenuo.

Un argumento habitual es que prohibir estas prendas en espacios públicos castiga a las mujeres, dejándolas más aisladas. Eso esquiva la cuestión: qué mensaje transmite una sociedad cuando acepta que parte de ella viva cubierta, invisible, sometida a normas religiosas. No es casual que, en países donde el burka o el niqab son obligatorios, las mujeres también tengan prohibido el acceso a la educación, el trabajo o la participación política. Se da, por tanto, una evidente incongruencia en ciertos discursos feministas extremos: al mismo tiempo que reivindican la visibilidad de las mujeres, defienden su invisibilidad física. En Europa, debido al auge del radicalismo religioso en la creciente –e irreversible– población musulmana, hay demasiadas mujeres atrapadas en estructuras de poder complejas, donde la presión no siempre es violencia explícita: miradas reprobadoras, defensa del honor, miedo a qué dirán el imán o los vecinos. Además, cada una de esas prendas transmite un mensaje a las niñas que miran, musulmanas o no. Les dice que es posible –y tal vez deseable– que la mujer se cubra mientras el hombre lleva el rostro descubierto.

Quienes rechazan una limitación legal argumentan que el Estado no debe decidir sobre la vestimenta. En realidad el Estado ya regula aspectos de la indumentaria, por seguridad, por identificación, por neutralidad en determinados espacios. La cuestión es con qué criterio hacerlo y para proteger qué valores. Urge desmontar los argumentos de quienes, por miedo a coincidir con la derecha radical, sostienen lo insostenible: una postura, ésta, muy estúpida y muy española.

Pero desde cualquier punto de vista, el burka y el niqab son sumisión a una teocracia extrema, repugnante, oscura y siniestra; y decirlo en voz alta es simple higiene moral. A Europa le costó siglos y sangre librarse de sacerdotes y tiranos, y es intolerable que nos los traigan de nuevo.

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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