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Nadie olvida dónde estaba el 23-F: el enigma de una mentira repetida

Nadie olvida dónde estaba el 23-F: el enigma de una mentira repetida
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¿Por qué ese empecinamiento de Juan Luis Cebrián, cuarenta y cinco años después, en negar a Diario 16 una de sus muchas contribuciones a la historia democrática de nuestro país?

Portada de la edición extra de 'Diario 16', el 23-F. Gustavo Catalán

Tribunas Nadie olvida dónde estaba el 23-F: el enigma de una mentira repetida

¿Por qué ese empecinamiento de Juan Luis Cebrián, cuarenta y cinco años después, en negar a Diario 16 una de sus muchas contribuciones a la historia democrática de nuestro país?

Publicada 5 mayo 2026 02:48h

Con motivo de la celebración del 50 aniversario de El País (por cierto, enhorabuena compañeros), ha vuelto a reescribirse el debate sobre el papel de la prensa la noche del 23-F.

Un sector, encabezado por el entonces director del diario, sostiene, como lo ha hecho reiteradamente en el pasado, que el periódico de Miguel Yuste fue el único que llevó a la calle una edición extra.

No fue así. Diario 16, su en aquel tiempo modesto competidor, llevó también su propia edición extra a la Carrera de San Jerónimo.

Dos fotografías, a la puerta del Hotel Palace, atestiguan la presencia de ambas cabeceras. En una, del fallecido Gustavo Catalán, aparece un ejemplar de Diario 16 con un título enorme en mayúsculas: Fracasa el golpe, con el fondo de dos geos, arma en mano, en los alrededores del Congreso.

En otra, firmada por Ricardo Martín, puede verse a numerosos periodistas en la escalinata del hotel leyendo un ejemplar de El País con el título El intento del golpe de Estado en vías de fracaso.

Hay otra edición anterior del diario, que no llegó a ser fotografiada en el lugar, con el titular Golpe de Estado. El País con la Constitución.

Antonio Tejero durante el golpe de Estado del 23-F. EFE

Al testimonio gráfico, puedo unir mi propio testimonio. El golpe del 23-F, como el asesinato de Miguel Ángel Blanco, es de esos acontecimientos de los que uno recuerda perfectamente lo que estaba haciendo cuando sucedieron.

En mi caso, estaba en la redacción de Diario 16, a la que me había incorporado sólo unos meses antes. Asistía a la asamblea en la que se decidía si ceder al chantaje de ETA, que nos exigía publicar un comunicado de Amnistía Internacional sobre torturas en el País Vasco a cambio de no asesinar a tres cónsules que había secuestrado.

En el fragor de la discusión, Emiliano, entonces encargado de los teletipos, oyó las campanillas que anunciaban una información urgente. Recogió la noticia y, papel en mano, atravesó por el medio de los congregados, con su habitual flema, y se la entregó al director. Pedro J. Ramírez la leyó en alto (Tiros en el Congreso) ante el asombro de los congregados, que no dábamos crédito.

La primera preocupación era saber cómo estaban José Luis Gutiérrez, director adjunto, y el fotógrafo Manuel Escalera, a quienes la intentona sorprendió en el Congreso, y de los que no supimos nada hasta que fueron liberados horas más tarde.

En la redacción, todos deambulábamos y comentábamos, sin saber muy bien qué hacer, hasta que el director anunció que había que ponerse manos a la obra y preparar una edición lo antes posible. Ya veríamos qué hacer con ella, a falta de distribución y sin quioscos a los que llevarla.

Así que todos a sus puestos a seguir preparando el periódico.

"Finalmente, se consiguió cerrar una edición extra en un tiempo récord, y la 'señorita Pepis', como llamábamos familiarmente a la rotativa, comenzó a escupir ejemplares"

Justino Sinova, entonces número dos, se encargaba de coordinar la edición extra, con la ayuda del redactor jefe Alberto Otaño en la mesa central. Melchor Miralles escribía el texto general con lo poco que se sabía. Jesús G. Contador maquetaba las páginas. Mientras, el propio Pedro J. redactaba en una arcaica máquina de escribir, que bailaba sobre uno de aquellos inestables carros con ruedas, el editorial titulado En defensa de la Constitución.

No había apenas información y resultaba muy difícil conseguirla. Sólo nuestro experto en los entonces demasiado habituales asuntos cuartelarios, Fernando Reinlein, militar de la UMD fallecido el pasado enero, consiguió hablar con sus fuentes y darnos información a cuentagotas: los movimientos de Milans en Valencia, la ocupación de Prado del Rey por la División Acorazada Brunete, la presumible ocupación de nuestra redacción y la vecina de El País

Mientras, de cuando en cuando, algunos nos agolpábamos en las ventanas de la redacción, en el sexto piso de San Romualdo, 26, desde las que se veía perfectamente la intensa actividad de las tropas en el patio del vecino cuartel de Canillejas. Otros sondeaban a los colegas de El Alcázar (el periódico de los golpistas), cuya redacción estaba tres pisos más abajo.

Mi función entonces, hoy desaparecida, era la de pletinero, que recibía el nombre de la mesa pletina donde se distribuía el trabajo del taller. Era el periodista encargado de la coordinación con la redacción, de cortar con un cutter las líneas que sobraban, de corregir errores sobre las planchas, de que las páginas tuvieran el visto bueno de algún jefe y, sobre todo, de apremiar a operarios y redactores para cumplir con los horarios de cierre.

Una función humilde, pero decisiva para sacar adelante con urgencia una edición extra como aquella, con todos los elementos en contra.

Llamamos a sus casas a teclistas, correctores y montadores, que solían empezar a trabajar mucho más tarde. También a los empleados de la rotativa, que compartía ubicación, pared con pared, con la redacción.

Finalmente, se consiguió cerrar una edición extra en un tiempo récord, y la "señorita Pepis", como llamábamos familiarmente a la rotativa, comenzó a escupir ejemplares. Fue emocionante, porque, al menos, habíamos hecho algo que paliara nuestra impotencia para detener lo que estaba sucediendo con el Congreso secuestrado.

Juan Carlos en su discurso del 23-F.

Faltaba por solucionar un problema fundamental: cómo hacer llegar los ejemplares a la Carrera de San Jerónimo.

Jesús García Contador, diseñador jefe de maquetas, se ofreció a llevar los ejemplares en su propio coche. Inmediatamente, se sumaron el histórico redactor jefe Antonio Ivorra, que acaba de aprender a conducir, y otros que siento no recordar.

Cargamos los vehículos con todos los paquetes de ejemplares que pudimos y la expedición partió hacia el Congreso, donde fueron repartidos y donde Gustavo Catalán tuvo la buena idea de dejar constancia con su fotografía.

Al amanecer, después de actualizar ediciones con las nuevas informaciones (una de ellas bajo un inolvidable título principal: ¿Qué espera el loco de Tejero?), cuando acabamos nuestro trabajo, un grupo de compañeros fuimos al lugar de los hechos, donde pudimos comprobar que los ejemplares habían llegado a su destino.

Mis padres se encontraban aquel día de visita en Madrid. Cuando, por fin, llegué a casa la mañana del 24 de febrero, ansiando poder enseñar un ejemplar de la edición extra de Diario 16, me sorprendieron con que ya la habían conseguido la noche anterior. Como buenos provincianos curiosos, se habían pasado por los alrededores del Congreso, a ver qué ambiente había, como si se tratara de una atracción turística.

Juan Luis Cebrián volvía a afirmar este domingo en el que fuera su periódico: "El País fue el único periódico que salió a la calle cuando las tropas del teniente coronel Tejero aún tenían secuestrado el Congreso de los Diputados".

El sábado había publicado en The Objective: "Fuimos el único periódico en salir a la calle contra los facciosos en tiempo récord y mientras el golpe, por el momento, parecía haber ganado".

"Cualquiera diría que fue Cebrián el único en España que se enfrentó al golpe"

Resulta difícil comprender la obsesión del director-fundador del diario de Prisa por sostener que su periódico fue el único en publicar una edición extra. Nadie le va a restar el mérito de haber sacado a la calle esa edición, incluso el hecho de haber sido el primero.

Pero para resaltar su éxito no necesita recurrir a la mentira ignorando a quienes, más modestos que el trasatlántico de Miguel Yuste, sacaron también una edición sin temor a las consecuencias de enfrentarse a quienes pretendían secuestrar la democracia.

Cualquiera diría que fue Cebrián el único en España que se enfrentó al golpe. Muchos mandos militares, fuerzas de seguridad, periodistas de radio (José María García subido a una unidad móvil), los cámaras de TVE con las metralletas apuntando, el fotógrafo de EFE Manuel Pérez Barriopedro, así como miles de ciudadanos anónimos…

Es humillante e injusto para todos ellos, para Gustavo Catalán, para Fernando Reinlein, para Antonio Ivorra, para Jesús G. Contador y tantos que hicieron cuanto estuvo en su mano para revertir la situación.

Lo malo de las mentiras impresas y tantas veces repetidas es que acaban por convertirse en versión oficial, en referencia a la hora de la consulta, creando una bola de nieve imparable. El mismo Javier Cercas, autor del libro El periódico de la democracia, homenaje al rotativo en su cincuentenario, volvía a insistir en la cadena SER en que "El País fue el único diario que el 23-F salió durante el día".

Juan Luis Cebrián ya había contado en varias ocasiones, y lo ha vuelto a hacer ahora, su recuerdo de la conversación que mantuvo la noche del 23-F con Pedro J. Ramírez, entonces director de Diario 16 y hoy de EL ESPAÑOL.

Según Cebrián, le pidió al joven periodista que sacara una edición extra y Ramírez se negó argumentando falta de medios. El director de El País entonces le reprochó a Ramírez "no tener huevos" o "tener miedo", según sus versiones cambiantes, que incluso ha llegado a mencionar como testigo de la conversación a uno de sus adjuntos.

Lo cierto es que los dos directores se mantuvieron en contacto durante las horas críticas. Llegaron incluso a intercambiarse por fax los editoriales para asegurar una sintonía y una unidad de la prensa democrática (la unión hace la fuerza) frente a la amenaza golpista. Aún recuerdo cuando Ramírez salió de su despacho a la redacción para anunciar con entusiasmo que Cebrián le había dicho que El País también sacaría una extra.

Y así fue. Incluso llegó al menos una hora antes que nosotros a la Carrera de San Jerónimo.

En aquel momento, ambos diarios habían abandonado su condición de competidores para convertirse en aliados ante una situación límite. La foto del añorado Gustavo Catalán así lo certifica, al igual que los testimonios de los testigos de aquella noche de la que nadie ha olvidado dónde estaba.

El único misterio que queda por resolver es por qué ese empecinamiento, cuarenta y cinco años después, en negar a Diario 16 una de sus muchas contribuciones a la historia democrática de nuestro país.

*** Juan Carlos Laviana es periodista.

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    Fuente original: Leer en El Español
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