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Desafía las normas y convierte sus diferencias en su fortaleza. Su estilo aporta seis lecciones de liderazgo más allá de la cancha.
Wimbledon exige desde 1877 que sus jugadores vistan de blanco. Sin embargo, este verano, la tenista japonesaNaomi Osaka entró en pista envuelta en un kimono ceremonial de alta costura inspirado en un personaje de Kill Bill, pero lo retiró en apenas segundos para revelar debajo un vestido técnico de Nike bordado con motivos florales inspirados en el kirigami japonés.
El reglamento de los Grand Slam concede sesenta segundos para deshacerse de cualquier prenda de abrigo o ceremonia antes del calentamiento, y por eso el kimono, diseñado por Hana Yagi, se construyó con nueve capas desmontables pensadas para quitarse dentro de ese margen. ¿Rompió las reglas? La presidenta del All England Club, Sally Bolton, zanjó la duda antes incluso de que Osaka repitiera el gesto en rondas posteriores: "Somos muy flexibles, siempre que se cumpla el código de vestimenta totalmente blanco". No hubo sanción ni advertencia.
Esa escena no nace de un capricho reciente, sino de una infancia en la que nunca le dejaron ser una sola cosa. Osaka nació en 1997, hija de madre japonesa y padre haitiano; la familia materna rompió el contacto casi una década por rechazar que su hija estuviera con un hombre extranjero y negro. Creció entre Long Island y Florida, entrenando en pistas públicas de día y con clases en casa por la noche; su padre las entrenó a ella y a su hermana Mari inspirándose en la historia de las Williams, y Osaka pasó a profesional a los quince años.
En 2020 escribió que desde siempre la gente había intentado encajarla en una sola casilla -¿japonesa?, ¿haitiana?, ¿negra?, ¿asiática?- cuando ella era todo eso a la vez. Esa resistencia a la etiqueta única, aprendida antes de su primer título, es la raíz de cada vestido que hoy diseña junto a un couturier distinto.
Saber retirarse para sorprender
En 2021, Osaka anunció que no daría ruedas de prensa; más adelante reveló que arrastrabaepisodios de depresión y ansiedad desde 2018, y que esos encuentros con la prensa agravaban esa carga. La organización de Roland Garros la sancionó con 15.000 dólares y amenazó con medidas más duras, pero ella prefirió retirarse antes que ceder, y semanas después renunció también a Wimbledon. Ahí se plantó la semilla de dirigir ella misma su narrativa, en lugar de dejar que la exposición mediática decidiera por ella.
El verdadero punto de partida en la moda llegó en agosto de 2024, en el US Open, con un vestido de Ambush diseñado junto a Yoon Ahn, un homenaje a la estética Lolita y a la subcultura de Harajuku, cargado de lazos y volantes, que Osaka describió como una transformación de "chica mágica" al entrar en pista.
Se intensificó en el US Open de 2025, con un conjunto rojo salpicado de cristales y rosas de pedrería en el pelo. En enero de 2026, en Australia, Robert Wun firmó una pieza de alta costura inspirada en una medusa -la idea le llegó leyéndole un cuento a su hija Shai-. En Vogue, resumió el sentido del gesto: "Tanto tiempo, otras personas escriben nuestras historias por nosotros. Este look se sintió como un momento en el que podía escribir un poco de la mía propia".
En marzo, en Indian Wells, el joyero Chris Habana diseñó piezas doradas sobre un vestido de leopardo inspirado en Naomi Campbell corriendo junto a un guepardo: "Quería transmitir que soy como un leopardo cazando en el desierto, con hierro, con fuerza". Aryna Sabalenka, número uno del mundo y su rival de esa ronda, bromeó antes del partido: "Será un desfile de moda al principio, y luego un partido de locos".
En mayo, en Roland Garros, el suizo Kevin Germanier, nombre habitual de la alta costura europea, construyó un corsé negro con piezas recicladas de vestuarios anteriores, antes de descubrir un vestido dorado de Nike. Osaka dijo: "Es muy couture. Y, curiosamente, ya sabes cuando la Torre Eiffel está iluminada de noche y brilla así" y bromeó con que temió que la árbitra la echara de la pista por el reflejo de los cristales. Sabalenka, en directo: "Me encanta que se exprese a sí misma. Se siente segura, y esa es la belleza del mundo de la moda", aunque admitió que ella optaría por algo "más clásico".
En Wimbledon, con la diseñadora Hana Yagi, la secuencia se volvió una evolución: el kimono Evolving Ceremony, inspirado en O-Ren Ishii, el personaje que interpreta Lucy Liu en Kill Bill ("Recordé haberme enamorado del personaje de Lucy Liu... era mi interpretación de eso, respetando y queriendo mucho a Japón"), después una versión más ligera con un obi -la faja tradicional que ciñe el kimono japonés- sobre una cazadora bomber, y en su último partido, una chaqueta bordada con flores de cerezo. La organización se limitó a confirmar que no había problema "siempre que se cumpla el código de vestimenta totalmente blanco".
Parte de la crítica acusó estos looks de restar atención al tenis; Osaka les llamó "incultos". Es lo que suele ocurrir cuando alguien se atreve a innovar de verdad: primero llegan las miradas críticas, y solo después la inspiración -o la imitación-. Por ahora, nadie más en el circuito se atreve a seguirle el paso, y esa distancia es, precisamente, lo que hace que el gesto siga funcionando.
Lo que representa
Cuando Louis Vuitton la nombró embajadora en enero de 2021, la describió como una mujer que "encarna perfectamente a la mujer Louis Vuitton": multifacética, independiente, moderna. Días después se sumó TAG Heuer, también de LVMH. Ninguna compañía compraba visibilidad de producto, compraban una identidad que ya representaba la idea de no caber en una sola etiqueta. Es la misma lógica lifestyle la que la lleva cada primavera a la Met Gala, junto a Serena Williams o Roger Federer, copresidente en 2023.
Osaka ha entendido algo: uno siempre comunica más de lo que hace, así que conviene utilizarlo deliberadamente a tu favor. Cada decisión -jugar, callar, su vestimenta- transmite un mensaje, se busque o no; la diferencia es que ella dejó de dejarlo al azar y empezó a redirigirlo de forma consciente. Y en ese empeño, algunos incluso llegan a hacer historia.
Seis lecciones de liderazgo más allá de la pista
- Ninguna condición estándar es inquebrantable si se aporta valor. Cuando Nike la fichó en 2019, rompió una norma que nunca cedió a Serena Williams, Sharapova o McEnroe y le concedió un carve-out de exclusividad, un término que se usa en los contratos de patrocinio y que implica reservar un espacio en su ropa para que otras marcas le paguen directamente por aparecer ahí. La cláusula demuestra que incluso el acuerdo más estandarizado admite condiciones a medida, si la otra parte percibe que el activo vale más que la fórmula habitual.
- Su valor como marca está por encima de su ránking. Osaka es una marca en sí misma, una manifestación de su identidad en cada torneo, cada aparición, cada colaboración, es lo que le permite sostener hoy una veintena de patrocinios simultáneos -Nike, Louis Vuitton, TAG Heuer, Mastercard, entre otros- y negocios propios como KINLÒ, su marca de cosmética (el nombre une los términos oro en japonés y en criollo haitiano), la agencia Evolve y la productora Hana Kuma.
- El éxito está en el siguiente paso. Volvió de la maternidad, de lesiones y de una crisis de salud mental sin abandonar la competición, y cada regreso ha sido una oportunidad de reinventarse. Cuando se retiró en 2021, sus patrocinadores no se replegaron. Nike, Hyperice, Mastercard y Nissin emitieron apoyo público, señal de que el mercado recompensa la coherencia incluso cuando más cuesta sostenerla.
- Convertir lo malo en un activo. La atención mediática que en 2021 la llevó al límite, hoy la redirige hacia la moda: el mismo foco, reconvertido en una fuente de ingresos y de expresión propia.
- Lo que nos hace diferentes es lo que nos hace únicos. Nadie más en el circuito construye su identidad de esta forma, y esa diferencia, que arranca en sus propios orígenes y que ella ha sabido trasladar a la pista. Es lo que la vuelve irremplazable.
- Innovar tiene riesgo, pero da ventaja. Ninguna otra jugadora se atreve a llevar alta costura de este calibre a un Grand Slam, a llevar el reglamento casi al límite o a redefinir lo que la norma permite; ser la primera implica exponerse a la crítica antes que a la imitación.
Sandra Andújar es presidenta de Elite Excellence-Federación Española del Lujo
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