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Neogilipolleces hoteleras

Neogilipolleces hoteleras
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Patente de corso

Neogilipolleces hoteleras Regala esta noticia Añádenos en Google

Arturo Pérez-Reverte

12/06/2026 a las 10:04h.

Lo siento, pero no. Puestos a setas o a Rolex, a hoteles de lujo cuando las circunstancias lo imponen, esto se nos va de las ... manos. Hasta los grandes establecimientos de toda la vida, que mantenían el decoro y maneras serenas de la noble hotelería europea, practican hoy una mal entendida modernidad. Anduve más de medio siglo por esos mundos, y sé lo que digo. Antes llegabas a un hotel habitual, el que fuera, y el mozo, el recepcionista, el conserje a los que conocías de siempre, saludaban con sobria y amable corrección, haciéndote sentir como en casa. Envejecían contigo, por así decirlo, con una complicidad hecha de años, conversaciones y propinas adecuadas. Más que empleados eran tus amigos.

En aquel tiempo surgían entre personal y clientes afectos mutuos que podían ser auténticos. Eran hoteles como Dios manda, no escaparates cursis del buen rollito

En algunos hoteles los obligan, además, a comportarse con inaudita cursilería. El nuevo estilo renuncia al trato sereno y confortable, al principio básico de dejar en paz al cliente mientras éste no pregunte, para agobiarlo con deferencias que sin duda deslumbran a los partidarios del nuevo estilo, pero que al viajero de siempre, al profesional curtido en aviones, ferrocarriles y maletas, acaban tocándole las narices. Desde que llegas te ves prisionero de una desaforada hospitalidad, atrapado en una red de sonrientes jóvenes provistos de tableta electrónica, que parecen entrenados en una academia de Singapur especializada en inculcarles cierto irritante plural: «¿Cómo hemos pasado la mañana?». Y lo hacen con un aparente y automático interés; con una intensidad emocional superior a la de muchos matrimonios.

Sortearlos es imposible. Están en cada vestíbulo, cada pasillo, cada ascensor. Nada más bajar del taxi asoma el primero: abre la puerta con solícito entusiasmo, cual si fueras lo mejor que le ha pasado ese día, y pregunta qué tal el viaje. Acto seguido surgen otros: esta joven te ofrece una copa de champaña; aquél, agua perfumada con limón, y un tercero parece practicarte una resonancia magnética por si detecta fatiga o aburrimiento. Todos parecen consagrar su existencia a averiguar si descansas bien, si eres feliz, y a prevenirte de que mañana va a llover. Luego está la muchacha de recepción, también joven y de sonrisa inalterable; siempre una nueva, pero que siempre hace la misma pregunta aunque lleves yendo a ese hotel toda tu vida: «¿Es la primera vez que se aloja con nosotros, señor Pérez?».

Que me disculpen los amantes del estilo pijocursi –al fin y al cabo, ellos tienen lo que buscan–; pero añoro al sobrio personal de los antiguos grandes hoteles. Aquello era más civilizado, más austrohúngaro, más de verdad. Soltabas discretamente buenas propinas al conserje o empleado idóneo –Maurizio, Mustafá, Schultz, Felipe, Marcelo, el Grüber de El Club Dumas, bigote impecable y mirada de conspirador vienés– y ellos, como si todo quedara entre nosotros, movían con delicadeza los hilos del universo: la mejor habitación, la mejor mesa del restaurante, el taxi de confianza, la botella imposible en según qué ciudad o qué guerra. Había soborno elegante, tranquilizador, eficaz según las viejas reglas. Nacían de eso, con el tiempo y según cada cual, afectos mutuos que resultaban auténticos. Eran hoteles como Dios manda, no escaparates del buen rollito.

Sólo en esa clase de establecimientos, o en los que conservan ciertas maneras, era o es todavía posible una escena como la que tuvo lugar hace pocos años en la puerta del hotel Colón –que sigue siendo mi casa cuando estoy en Sevilla y que, remozado y puesto al día, conserva algún personal y el estilo impecable de los viejos tiempos–. Mientras conversaba en la puerta con Santiago, Rafael y otros mozos veteranos del hotel, unos animales ingleses con camisetas futboleras, hijos de la grandísima puta, estaban burlándose de un pobre vendedor callejero. Sin pensarlo, por mero instinto, quise intervenir; pero sentí que me sujetaban por los brazos y oí la voz de Rafael: «No, por favor, don Arturo. Si se mete usted, tenemos que meternos nosotros. Y a nosotros nos echan». Y, oigan. Aquel «si se mete usted tenemos que meternos nosotros» valió más que todas las sonrisas y todas las copas de champaña y todas las neogilipolleces hoteleras del mundo.

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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