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Ni Marcha Verde ni marcha atrásLa crisis migratoria sigue abierta en canal y puede llevarse por delante al Gobierno de Sánchez
Regala esta noticia Añádenos en Google Pedro Sánchez preside la reunión del Comité Especializado sobre Ceuta. (EP)Alberto Surio
30/08/2026 a las 00:11h.Hay crisis que ponen a prueba a un Gobierno y hay crisis que pueden terminar definiéndolo. Ceuta corre el riesgo de convertirse en una de ... estas últimas. No porque la presión migratoria sea un fenómeno nuevo ni porque exista una amenaza inmediata de desestabilización institucional, sino porque en torno a Ceuta se están acumulando demasiados ingredientes capaces de erosionar la autoridad política: sensación de descontrol, malestar ciudadano, violencia, discursos de odio, presión marroquí y, sobre todo, una batalla del relato que el Gobierno está perdiendo.
Sánchez necesita entender que el silencio no es neutral. Si el Gobierno no explica qué está ocurriendo, qué medidas se han adoptado, qué información manejan los servicios de inteligencia y cuál es su estrategia, otros construirán su propia versión. Y esa versión será necesariamente más estridente, más emocional y más difícil de combatir.
El problema adquiere otra dimensión cuando aparece la violencia. Los ataques contra inmigrantes no pueden considerarse un episodio lateral de la crisis. Son una frontera política. Ceuta es un modelo de convivencia demasiado valioso como para permitir que el miedo termine convertido en odio y el odio en agresión. Hay que poder sostener dos ideas al mismo tiempo. La preocupación de una parte de la sociedad ceutí es legítima y no puede despacharse como xenofobia. Pero ninguna preocupación legítima justifica la violencia racista. Se puede reclamar más seguridad, medios o una política migratoria diferente. Lo que no puede aceptarse es convertir al inmigrante en culpable colectivo.
Y ahí también tiene una responsabilidad la oposición. Fiscalizar al Ejecutivo es imprescindible. Convertir cada dificultad en una prueba definitiva de incompetencia puede ser políticamente rentable, pero alimenta precisamente el terreno en el que prospera el populismo. Cuando todos elevan el tono, los extremos terminan fijando los términos del debate. Está, además, Marruecos. Ceuta no es solamente una ciudad española sometida a presión migratoria. Es frontera europea, territorio español y pieza especialmente sensible de una relación bilateral que Madrid necesita preservar. La prudencia diplomática resulta imprescindible. Pero prudencia no puede significar invisibilidad.
Ni Marcha Verde ni marcha atrás. Ni una escalada con Marruecos que nadie necesita ni una cautela que haga pensar que Rabat condiciona la respuesta española. España necesita una relación estable con Marruecos, pero también necesita que los ciudadanos de Ceuta sepan que el Estado está presente y que sus fronteras y su convivencia están protegidas.
Ese es el verdadero desafío para Sánchez. No basta con gestionar la crisis. Tiene que recuperar la iniciativa política antes de que la crisis termine gestionándolo a él.
Porque Ceuta puede convertirse en mucho más que una crisis migratoria. Puede condensar una pregunta decisiva para el Gobierno: si sigue teniendo capacidad para imponer su propia agenda cuando la realidad se desborda.
Si la respuesta ciudadana empieza a ser negativa, el problema dejará de estar únicamente en Ceuta. Empezará a afectar directamente a la autoridad política de La Moncloa.
Y ahí estará la verdadera prueba para Sánchez: demostrar que todavía puede gobernar la crisis sin dejar que la crisis termine marcando el rumbo de su Gobierno.
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