Nicolás Maduro Guerra se abraza con su padre, el ahora expresidente de Venezuela, Nicolás Maduro, durante un mítin político en Caracas. EFE.
Reportajes VENEZUELA 'Nicolasito' Maduro, el flautista y sucesor fallido que acabó como cineasta por enchufe, juerguista del régimen y fiel de Kim JongHijo único de Nicolás Maduro, formado en el aparato chavista y hoy diputado y responsable religioso del PSUV, su trayectoria resume el nepotismo, el derroche y las lealtades ideológicas del régimen.
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Julio César Ruiz Aguilar Publicada 13 enero 2026 02:44hNicolás Ernesto Maduro Guerra (Caracas, 1990) aparece serio, contenido, con el gesto aprendido de quien sabe cuándo no hablar. Lleva traje oscuro, barba recortada, el cuerpo ligeramente inclinado hacia delante. No busca ser el centro de atención, pero tampoco lo esquiva. En Venezuela, estar en el lugar correcto es una forma de poder.
El día en que el país volvió a escenificar el mando sin su padre, no juró, no habló, no levantó la mano. Su papel fue otro: sostener. Entre Delcy Rodríguez y Jorge Rodríguez, con las manos apoyadas en el atril, custodiando la Biblia sobre la que se juramentaba una presidencia encargada, el hijo único del hombre que gobernó Venezuela durante más de una década ocupó el centro exacto de la imagen. No como dirigente, no como jefe, sino como presencia. Como recordatorio.
Mientras Nicolás Maduro padre aparecía esposado en Nueva York, exhibido por las autoridades estadounidenses como un trofeo judicial, su hijo se convertía en la prueba visible de que el chavismo seguía respirando. No desde la épica, no desde la plaza, sino desde el linaje. Desde la continuidad.
En Venezuela, el poder es, sobre todo, una gramática de símbolos. Hugo Chávez lo entendió desde el primer día y convirtió la política en una liturgia permanente. Nicolás Maduro, menos carismático pero más perseverante, aprendió la lección y la adaptó a su propio método: menos multitud, más familia; menos consignas, más pasillo.
La vicepresidenta Delcy Rodríguez toma posesión como presidenta interina de Venezuela mientras Nicolás Maduro Guerra, hijo del derrocado presidente Nicolás Maduro, observa, en la Asamblea Nacional, el pasado 5 de enero. REUTERS/ Leonardo Fernández.
Nicolasito —como lo llaman aliados y adversarios— es el producto más acabado de esa pedagogía. No fue elegido por las urnas para heredar nada, pero fue preparado durante años para no desaparecer cuando el apellido se volviera tóxico.
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Antes de ser diputado, antes de estar sancionado, antes de ser acusado por Estados Unidos de conspiración criminal y narcoterrorismo, Maduro Guerra fue un niño del Sistema Nacional de Orquestas y Coros Juveniles e Infantiles de Venezuela.
Entre finales de los años noventa y los primeros dos mil, cuando Venezuela aún no había entrado en la espiral de colapso que la definiría después, tocaba la flauta travesera en una de esas orquestas juveniles del programa creado por José Antonio Abreu, mítico músico, economista, político, activista y educador venezolano.
En aquel entonces su padre no era presidente ni heredero de Chávez, sino un dirigente sindical en ascenso dentro del chavismo primitivo. El Sistema, orgullo cultural del país, funcionaba como una fábrica de disciplina, mérito y relato colectivo.
Un joven ‘Nicolasito’ posa feliz junto a su padre, Nicolás Maduro, en una fotografía sin datar a la que ha tenido acceso EL ESPAÑOL. E. E.
Años más tarde, esa imagen —el flautista aplicado, el muchacho de formación pública— volvería una y otra vez, paso por la universidad pública incluido, como contraste incómodo con el personaje en el que acabaría convirtiéndose.
El quiebre llega en 2013, con la muerte de Hugo Chávez y la llegada de Nicolás Maduro a Miraflores. Nicolasito tiene entonces poco más de veinte años y ninguna trayectoria política propia. Aunque, él pensaba, no la necesitaba.
"Si se diera el supuesto negado de mancillarse el suelo patrio, los fusiles llegarían a Nueva York, señor Trump; tomaríamos la Casa Blanca, ¡hasta Vietnam se quedaría pequeño!"
'Nicolasito' Maduro, agosto de 2017
En pocos meses es nombrado jefe del Cuerpo de Inspectores Especiales de la Presidencia, un cargo creado a medida, sin tradición ni contrapesos, cuya función real era supervisar, informar y circular dentro del Estado sin dejar huella institucional clara.
Poco después, se convierte en coordinador de la Escuela Nacional de Cine, pese a no tener experiencia en el sector audiovisual. Las críticas por nepotismo no tardan en llegar, pero el chavismo ya ha aprendido a convivir con ellas. No se trata de disimular el parentesco, sino de normalizarlo.
"Imagino las clases: cine de torturas, cine de propaganda, porno suave bolivariano, cine mudo", ironizó en aquel entonces el director de cine Jonathan Jakubowicz. "La magia del cine da para todo", se quejó el actor Roberto Lamarca.
Ese es uno de los rasgos centrales del chavismo de Maduro: la fusión progresiva entre familia, partido y Estado. Donde Chávez construyó un liderazgo personalista, Nicolás padre levanta una estructura más cerrada, más doméstica, más hereditaria.
Nicolasito no compite con otros cuadros juveniles del PSUV; no se somete a la fricción interna que forjó a dirigentes como Diosdado Cabello o los hermanos Rodríguez. Es, más bien, entrenado en una sucesión de cargos diseñados para darle visibilidad sin exponerlo a derrotas. El laboratorio del poder funciona en silencio.
Un todavía joven 'Nicolasito' sonríe junto a su padre, Nicolás Maduro, cuando éste ya había comenzado a ejercer como Presidente de Venezuela. E. E.
Un control simbólico
En 2017, con Venezuela ya sumida en protestas masivas, sanciones internacionales y una crisis económica devastadora, Maduro impulsa la creación de la Asamblea Nacional Constituyente para neutralizar al Parlamento opositor.
Maduro Guerra entra en ese órgano como uno de sus miembros más jóvenes. Es allí donde pronuncia la frase que lo convierte en personaje público global: si Estados Unidos se atrevía a intervenir Venezuela, dijo, "los fusiles llegarían a Nueva York y tomaríamos la Casa Blanca".
La declaración, lanzada en pleno enfrentamiento retórico con Washington DC, condensó su perfil político mejor que cualquier currículum: radical en el discurso, disciplinado en la lealtad, consciente del efecto mediático.
Desde entonces, su imagen pública ha oscilado entre dos extremos difíciles de reconciliar. Por un lado, el cuadro juvenil del PSUV, encargado de áreas estratégicas como la relación con las iglesias y la formación ideológica de las juventudes; por otro, el símbolo de una élite bolivariana acusada de ostentación obscena en un país empobrecido.
Nicolás Maduro Guerra, a su llegada para una sesión plenaria de la Asamblea Nacional Constituyente, en una imagen de archivo de 2017. Miguel Gutiérrez EFE
Fotografías y testimonios sobre fiestas privadas, bodas con lluvia de dólares y estancias en hoteles de lujo circulan desde hace años como prueba de una aristocracia revolucionaria que vive al margen de la crisis que dice combatir. Nicolasito no es el único señalado, pero sí el más visible, porque su apellido no permite el anonimato.
En 2020 es electo diputado por el estado La Guaira, una región costera y militarmente sensible, clave en la logística del régimen. Desde la Asamblea Nacional participa en comisiones económicas, en grupos de amistad con Rusia, China y Japón, y en los diálogos fallidos con la oposición en México.
Ese papel de segundo plano se extiende también al frente internacional: en esos años viaja aCorea del Norte como parte de delegaciones oficiales del chavismo y actúa como enlace político con el entorno de Kim Jong-un, reforzando una red de alianzas con regímenes autoritarios enfrentados a Estados Unidos.
En paralelo, dentro del PSUV, asume la vicepresidencia de Asuntos Religiosos, una cartera aparentemente menor que en realidad funciona como una herramienta de penetración territorial y control simbólico. En un país donde las iglesias —evangélicas y católicas— han ganado peso social, ese rol no es decorativo.
'Nicolasito' Maduro, junto a su padre y Cilia Flores en una imagen de 2013. AFP/Getty Images.
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Todo cambia con la captura de Nicolás Maduro y Cilia Flores por parte de Estados Unidos. La escena —el presidente sacado de Caracas, trasladado en helicóptero, embarcado rumbo a Nueva York— sacude al chavismo y alimenta durante horas la idea de un colapso inmediato.
No ocurre. El poder se reordena siguiendo sus propios estatutos y Delcy Rodríguez asume como presidenta encargada. Nicolasito aparece entonces en primer plano, no como líder alternativo, sino como garante de continuidad familiar.
En la Asamblea, al borde de las lágrimas, envía un mensaje público a su padre: "Aquí estamos cumpliendo hasta que regreses. La patria está en buenas manos". Ese discurso despeja una duda clave: no hay ruptura interna, no hay traición, no hay ajuste de cuentas entre familias. Los Maduro y los Rodríguez siguen alineados. Para la oposición, la escena es desconcertante.
Maduro Guerra, hijo del derrocado presidente Nicolás Maduro, se dirige a los manifestantes el día en que la vicepresidenta Delcy Rodríguez juró formalmente su cargo como presidenta interina de Venezuela, el 5 de enero de 2026. REUTERS/Maxwell Bricen
Para Washington DC, una señal de que la caída del presidente no implica necesariamente la desaparición del régimen. Para Nicolasito, un punto de no retorno: deja de ser solo el hijo protegido para convertirse en el rostro visible de una causa.
En paralelo, el cerco judicial se estrecha. En la acusación presentada por el Departamento de Justicia de Estados Unidos, Maduro Guerra aparece señalado como parte de una red que habría colaborado con organizaciones criminales para el tráfico de cocaína y armas.
Se le atribuyen viajes frecuentes a Isla Margarita en un avión oficial, reuniones con actores armados y participación en operaciones de envío de droga hacia Estados Unidos. Él rechaza los cargos y habla de persecución política.
A diferencia de su padre, no pesa sobre él una recompensa internacional ni ha sido capturado. Permanece en Caracas, expuesto, vigilado, convertido en una figura incómoda tanto para sus aliados como para sus enemigos.
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Hoy, a sus treinta y cinco años, Nicolás Maduro Guerra es una figura bisagra. Demasiado joven y sin peso propio para disputar el liderazgo real del chavismo, pero demasiado simbólico para ser apartado. No es Diosdado Cabello, con su control de los cuarteles. No es Delcy Rodríguez, con su dominio de la maquinaria institucional.
Es algo distinto: la personificación de una herencia en disputa. Para algunos sectores del régimen, puede servir como emblema de resistencia y cohesión. Para otros, como moneda de cambio en una eventual negociación judicial o política.
Nicolás Maduro Guerra habla durante una marcha en la que se pide la liberación de su padre Nicolás Maduro, días después de que él y su esposa, Cilia Flores, fueran capturados por las fuerzas estadounidenses. REUTERS/Fausto Torrealba.
Para el exterior, es la prueba de que el chavismo ya no se explica solo por una ideología, sino por una estructura familiar que se defiende a sí misma. Sin embargo,su madre, Adriana Guerra Angulo, la primera esposa de Nicolás Maduro, es una figura ausente del relato oficial del chavismo; casi borrada de la iconografía familiar que el poder fue construyendo después. No ocupa cargos, no concede entrevistas, no aparece en actos públicos.
Pero el linaje vuelve a emerger por otra vía: en 2025, la hermana de Guerra Angulo —Laura Carolina Guerra Angulo— fue nombrada presidenta del Banco Central de Venezuela, un movimiento leído por muchos como la confirmación de que el chavismo ya no se reproduce solo en la pareja presidencial, sino en una red familiar más amplia, silenciosa y cada vez más incrustada en el núcleo del Estado.
Nicolasito creció en un país que prometía igualdad y terminó administrando un apellido que representa privilegio. Aprendió música en un sistema que celebraba el mérito y acabó protegido por un Estado que castiga la competencia.
Hoy, mientras Venezuela entra en una etapa inédita, sin el hombre que la gobernó durante trece años pero con el mismo núcleo de poder intacto, su figura encarna una paradoja central: la de un "príncipe" sin corona, heredero de una revolución que nunca quiso admitir que también sabía reproducirse como una dinastía.