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'Nieve' en la nieve: así llevaban cocaína y 'speed' 18 camellos detenidos en 'Valdrogas' y otras estaciones del Pirineo aragonés

'Nieve' en la nieve: así llevaban cocaína y 'speed' 18 camellos detenidos en 'Valdrogas' y otras estaciones del Pirineo aragonés
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Los après-ski, las miniraves de verano y los botellones en aparcamientos han llevado la cultura del desmadre del Mediterráneo a las cumbres pirenaicas, con temporeros, turistas y vecinos compartiendo barra, baño y papelinas de 'fariña'. Más información: La Policía Nacional desarticula la mayor red en Europa de tráfico de metanfetamina: la introducía en rocas de mármol

A la izquierda, la Policía Nacional patrulla las pistas de esquí del Pirineo y a la derecha, hallazgo de cocaína y speed. E.E

Reportajes 'Nieve' en la nieve: así llevaban cocaína y 'speed' 18 camellos detenidos en 'Valdrogas' y otras estaciones del Pirineo aragonés

Los après-ski, las miniraves de verano y los botellones en aparcamientos han llevado la cultura del desmadre del Mediterráneo a las cumbres pirenaicas, con temporeros, turistas y vecinos compartiendo barra, baño y papelinas de 'fariña'.

Más información:La Policía Nacional desarticula la mayor red en Europa de tráfico de metanfetamina: la introducía en rocas de mármol

Publicada 12 enero 2026 02:23h

Aunque le escatimaran una "t" y escribieran por error "Gasby" en lugar de "Gatsby", el nombre con que bautizó la Benemérita la operación llevada a cabo a principios de diciembre contra los camellos de la droga del Pirineoestaba más que bien tirado.

El Gran Gatsby es el protagonista de la novela homónima de F. Scott Fitzgerald, un nuevo rico que convierte su mansión de Long Island en el escenario de una orgía social interminable sostenida por whiski canadiense de contrabando y champán francés servido en copas más grandes que aguamaniles.

En la versión contemporánea de la historia, el bucle de bacanales tiene lugar en los chalés, bares, discotecas y apartamentos de alquiler de Jaca, Sabiñánigo y Biescas y en la periferia de las estaciones de esquí como Formigal y Panticosa.

Operación Gasby de la Guardia-Civil en una vivienda de una población del Pirineo. Guardia Civil

El Gran Gatsby emborrachaba a sus coristas con licor canadiense introducido por bootleggers (contrabandistas especializados) y con champán transportado en camionetas de reparto camufladas como furgones de leche o de comestibles, que recorrían carreteras comarcales hasta los muelles y almacenes clandestinos de Nueva York en plena dictadura seca.

Hasta hace sólo unas semanas, los Gatsby de la cordillera aragonesa se surtían sin saberlo de cocaína, speed y pastillas que viajaban hasta los valles de Tena y de Broto en modestos turismos con caletas fletados desde el País Vasco y Cataluña.

Las famosas 'caletas' son pequeños cajetines de plástico anclados con imanes a los bajos del vehículo. En la práctica funcionan como un doble fondo portátil: se colocan antes de salir del punto de abastecimiento, cruzan medio Aragón pegados al asfalto y, una vez en el destino, se extraen sin muchos artificios.

Al término de la operación, fueron arrestadas 18 personas —13 hombres y 5 mujeres, de entre 22 y 62 años— y se intervinieron en total 2.780 gramos de distintas sustancias, 8.790 euros en metálico y todo el utillaje típico de un negocio químico: básculas de precisión, sustancias de adulteración, recortes de bolsitas.

Operación Gasby de la Guardia-Civil. Los agentes se llevan a uno de los camellos arrestados. Guardia Civil

Al igual que sucede en la hostelería, el negocio alternativo de la venta de drogas se contrae y se expande al ritmo del calendario estacional del turismo: más nieve, más turistas, más demanda, más ingresos. En diciembre, los camellos se disponían a hacer su agosto pero lo impidió la policía.

Hay un vídeo que divulgó la Benemérita con los momentos estelares de la operación donde se aprecia una columna de guardias civiles avanzando en fila india por una calle estrecha, con cascos, chalecos y arietes, antes de embestir la puerta de una bajera en pleno casco urbano de una localidad de valle.

Los vecinos de pueblecitos como Biescas literalmente "fliparon" cuando empezaron a ver policías pertrechados para una guerra avanzando disciplinados hacia la puerta del vecino del tercero izquierda.

En temporada baja, la población apenas pasa de los 1.600 habitantes censados, de modo que resultaba casi imposible que pasaran desapercibidos los gritos intimidantes de "¡Guardia Civil!" que precedieron al estruendo de los arietes contra las puertas de las madrigueras donde, hasta hacía unos días, despachaban la cocaína y el speed.

Caleta de droga oculta en un coche y hallada durante la Operación Gasby de la Guardia-Civil en la Jacetania y el Alto Gallego. Guardia Civil

"Es normal que se sorprendieran por la irrupción inesperada de nuestros agentes, pero nadie se escandalizó", dice Natalia de Silva, portavoz de la Guardia Civil de la Comandancia de Huesca. "En el operativo, tomaron parte cerca de 150 hombres y mujeres procedentes de Huesca, Zaragoza, Teruel, Navarra y Lérida. De Madrid vinieron con los perros".

Intervinieron de forma simultánea en ocho domicilios de Jaca, Sabiñánigo y Biescas. Visto desde las ventanas y los balcones de las casas del Pirineo, parecía más una operación antiterrorista que una redada contra el menudeo de cocaína y speed en los valles donde la España pudiente y menos pudiente va a esquiar, de fiesta o a ambas cosas.

Lo interesante del esquema de esta red que ha tumbado la Unidad Orgánica de la Policía Judicial es que no se trataba de una suma de camellos de barra desconectados entre sí, sino de una estructura estable que cubría toda la cadena, desde la entrada de la mercancía en la provincia de Huesca hasta la última papelina servida en un baño de taberna.

"No sabemos desde cuándo trabajaba exactamente la organización que desarticulamos, pero asumimos que desde bastante antes", afirma la portavoz de la Comandancia. "Nuestros compañeros de la Judicial detectaron un repunte del consumo y comenzaron a investigar en febrero del pasado año tanto en la Jacetania como en el Alto Gállego".

Droga en el interior de una vivienda del Pirineo. Guardia Civil

De acuerdo a sus pesquisas y preliminares conclusiones, había un pequeño núcleo encargado de abastecerse en el País Vasco y Cataluña y otro que adulteraba y dosificaba la droga en domicilios de Jaca, Sabiñánigo y Biescas para después trapichear con ella en pueblos como Panticosa, Formigal, Asín de Broto, Broto o Torla.

"Hablamos de un grupo criminal asentado en la zona, con reparto de funciones y coordinación interna", dice De Silva. "Estaban perfectamente asentados en las zonas donde se han producido las detenciones y tenían sus clientes fijos y sus clientes ocasionales".

"Hay que tener en cuenta que toda esa zona del Pirineo es un área turística y hay mucho trasiego de personas. Los que tienen ciertos vicios buscan la forma de satisfacerlos también en vacaciones y no nos referimos solo al turismo de nieve", concluye.

Lo de diciembre no fue una operación contra un puñado de camellos de tres al cuarto, sino un golpe al narcotráfico que habitaba cómodamente entre abrigos Moncler, forfaits de ochenta euros diarios y sesiones de electrónica retumbando entre collados y torrenteras de aguas diáfanas.

Dinero hallado entre la ropa sucia de un camello del Pirineo aragonés. Guardia Civil

Lo significativo en este caso no fueron los gramos de cocaína, speed, marihuana y MDMA intervenidos, ni el despliegue de los verdes o las escenas de película, sino el escenario subyacente que revela: el Pirineo hedonista de nieve sobre nieve en que la fiesta ha doblegado al espíritu ancestral de la montaña. Lo que hace apenas unas décadas eran pueblos de pastores frecuentados por saludables montañeros se ha transformado en un triste remedo del modelo de ocio "Magaluf".

Con urbanizaciones que mordisquean las laderas, pisos patera para trabajadores mileuristas, bares con hamburguesas de nueve euros, alquileres desorbitados, colas de furgonetas de reparto y, finalmente, tugurios y macrodiscotecas donde la nieve se mezcla con la química y el fin de semana se alarga hasta los lunes en puentes y temporada alta.

En los foros de esquiadores, el nombre de Formigal hace tiempo que arrastra el nombre de “Valdrogas”, el “Val Thorens” español donde la nieve rivaliza con la química.

El mote circula con naturalidad entre locales y veteranos del sector para describir un ecosistema donde las campas de estacionamiento, los remontes y las urbanizaciones de alquiler se han convertido en escenario habitual de consumo nocturno de cocaína, cannabis y pastillas, hasta el punto de que muchos identifican ya la marca Formigal menos con las pistas que con el cachondeo psicotrópico.

Significativas cantidades de cocaína y speed fueron halladas durante la operación Gasby. Guardia Civil

El epicentro invernal de esta cultura del exceso que ha invadido los valles son las estaciones de esquí, convertidas en templos del ocio donde el polvo blanco de los cárteles colombianos se confunde a menudo con el de los cañones y el after-ski se promociona como una orgía programada de consumo no necesariamente saludable. Es un secreto a voces que se consume incluso dentro de las estaciones de esquí.

La Unidad de Policía Nacional Adscrita al Gobierno de Aragón (IPA) levantó en la temporada 2018-2019 doce actas-denuncia por posesión o consumo de estupefacientes en las pistas y zonas de las estaciones tras realizar 58 inspecciones en Teruel y el Pirineo oscense. En 2017-2018 ya hubo 107 inspecciones y otras 11 denuncias por sustancias ilícitas en estaciones aragonesas. Desde entonces, no han vuelto a proporcionar más datos.

La UPA siguió patrullando con esquís pero los últimos detalles de denuncias (los de la temporada 2022-2023) se proporcionaron de manera agregada y sin desglose público. Es muy probable que sea un silencio deliberado para evitar la mala prensa y alejar a las pistas del problema.

Después de todo, se da la circunstancia de que las estaciones en cuestión —Formigal-Panticosa, Cerler, Javalambre y Valdelinares— pertenecen a una sociedad participada al 50 por ciento por el Gobierno de Aragón e Ibercaja.

Policía Nacional adscrita al Gobierno de Aragón patrulla las pistas de esquí del Pirineo. Diputación General de Aragón

Aramon gestiona una cuarta parte del mercado nacional de esquí con 294 km de superficie esquiable. Colectivos de alpinistas y ecologistas les han echado en cara su papel protagonista en la creación y defensa de un modelo de desarrollo turístico del Pirineo que, a imitación del de la costa, se sustenta sobre la cultura del ladrillo, la especulación y ahora, también, la promoción del ocio fiestero. Son, según los montañeros, el pirómano bombero.

El propio Gobierno aragonés impulsó Marchica, una macrodiscoteca gestionada directamente por Aramon en el edificio Sextas de Formigal (a pie de pista). Tiene una terraza-discoteca al aire libre que por la tarde se convierte en lugar de baile con DJs, conciertos y fiestas temáticas —incluso retransmitió las Campanadas 2025 con Sandra Barneda. Lógicamente, atrae miles de jóvenes hasta bien entrada la noche, en uno de los escasos casos donde la administración autonómica actúa como promotor hostelero.

La discoteca Marchica de Aragón durante la fiesta de su décimo aniversario. Aramon

Este ecosistema genera macrobotellones habituales en parkings y urbanizaciones de Formigal. Quejas vecinales documentan concentraciones ilegales los fines de semana con cientos de jóvenes bebiendo en coches y fuera de locales, saturando el valle hasta el amanecer. Las sustancias corren a raudales.

Droga incautada por los Gendarmes en la vertiente francesa de los Pirineos durante los controles en pistas. Gendarmerie

El 22 de diciembre de 2025, pusieron en marcha una acción similar en Saint-Lary-Soulan (cerca de Candanchú), con la presencia de la gendarmería en remontes y parkings. En Font-Romeu (Pyrénées-Orientales, enero 2026), hay controles semanales con perros a pie de remonte (70 esquiadores controlados en una mañana, 3 multas de 200 euros por posesión de cannabis).

Esta vigilancia transfronteriza cuenta con participación activa de la Guardia Civil española, especialmente en estaciones cercanas al enclave catalán de Llívia (a pocos kilómetros de Font-Romeu).

En febrero de 2025, durante una operación antidrogas en los remontes de Font-Romeu, los gendarmes controlaron a 70 esquiadores con la ayuda de un equipo canino y de agentes de Guardia Civil que atendían a los fumetas hispanohablantes (turistas de Llívia y Aragón). Multaron a tres por tenencia de cannabis.

La colaboración se extiende a patrullas conjuntas europeas en Font-Romeu y Saint-Lary, donde Guardia Civil apoya estacionalmente en traducción e identificación. En el CCPA de Canfranc (frontera central), la cooperación es permanente contra narcos y consumo en pistas. Recientemente hubo extradiciones de traficantes huidos a Francia.

Policía Nacional ha incautado droga en numerosas ocasiones en manos de los esquiadores. Diputación General de Aragón

En el país vecino, donde sí hay estudios específicos y mucha más transparencia, las aseguradoras y la gendarmería calculan que alrededor de uno de cada cinco accidentes en pistas están causados por el consumo de alcohol o drogas. La cocaína es la droga estrella de fin de semana en sus nodos de turismo blanco.

En el dominio Aramón no existen estadísticas públicas tan finas, pero medios especializados como Nevasport y ciertos portales de nieve recogen desde hace años las quejas de pisteros y personal de rescate de Formigal sobre el aumento de caídas y rescates vinculados al consumo previo en bares y après-ski.

Es completamente normal ver a esquiadores que llegan a los remontes con la coordinación claramente alterada por la mezcla de altitud, alcohol y sustancias ilícitas. Se quejan con razón porque los intoxicados convierten la montaña en un lugar objetivamente más peligroso para todos.

En la vertiente catalana, el cuadro se repite con otros nombres propios. En Baqueira-Beret, Boí Taüll, Port Ainé o Espot, los Mossos d’Esquadra llevan varias temporadas tramitando denuncias nocturnas por consumo y tenencia de drogas en pistas, estacionamientos y apartamentos, con dispositivos específicos los fines de semana de máxima afluencia y en puentes de invierno.

La UPA realiza cacheos de drogas y controles en las pistas aragonesas. Diputación General de Aragón

En Baqueira, donde se concentra turismo de alto poder adquisitivo procedente de Madrid y Barcelona, los botellones en los aparcamientos y en los bajos de las urbanizaciones se han vuelto parte del paisaje nocturno: grupos de jóvenes bebiendo junto a los coches, música alta, porros y rayas antes de ir a los après-ski del valle, mientras patrullas de la policía autonómica y la urbana combinan controles de alcoholemia con cacheos y decomisos de pequeñas cantidades de cocaína, cannabis y pastillas.

En estaciones más pequeñas como Boí o Espot, el patrón es el mismo aunque a menor escala: fiestas de cierre de pistas, bares de pueblo saturados y controles en las carreteras de acceso en los que se han levantado actas por drogas y sanciones por conducción bajo los efectos del alcohol y los estupefacientes. La "nieve sobre nieve" no es solo un fenómeno aragonés, sino una constante en todo el Pirineo español.

El Val d’Aran (Lleida) ofrece un caso casi alegórico de ese cruce entre montaña sagrada y negocio químico. La investigación por la muerte del oso Cachou, aparecido despeñado y envenenado con anticongelante en un barranco de Les en abril de 2020, acabó destapando no solo una conjura para quitarse de en medio al plantígrado, sino también una trama de venta de cocaína en la que estaban involucrados guardas y cargos del propio Conselh Generau d’Aran, según el sumario y las acusaciones de la Fiscalía.

Las escuchas telefónicas ordenadas por la jueza de Vielha revelaron conversaciones sobre compra y distribución de droga que llevaron a una pieza separada y a una docena de detenciones en Vielha, Lleida y Castellón. Al menos un exconsejero aranés y un guarda habrían participado simultáneamente en el envenenamiento del oso y en un pequeño nodo local del gran circuito global de la fariña.

Policía Nacional adscrito al Gobierno de Aragón vigila una pista de esquí. Diputación General de Aragón

Hay que subrayar, no obstante, que el problema no se halla estrictamente vinculado a las estaciones de esquí de uno y otro lado del Pirineo. Se consume dentro y fuera de las pistas; en invierno y en verano, por la sencilla razón de que el Pirineo ha hecho suyo el modelo del turismo masivo que convierte el paisaje en imán para la juerga.

Los visitantes no vienen solo por la naturaleza, sino por las noches que la transfiguran en escenario de desmadre, donde la montaña se ofrece como telón para la celebración sin freno que atrae a miles de noctámbulos juerguistas como polillas yonquis a la luz.

El silencio y el olor a leña han sido reemplazados por el estruendo de los altavoces, el tráfico de SUV y de Cayennes y el humo dulce de las cachimbas."Sería un error asegurar que el problema en España está asociado a las estaciones de esquí", corrobora la portavoz de la Comandancia de la Guardia Civil de Huesca.

"Es un fenómeno relacionado con todas las zonas de turismo. Por poner un ejemplo, en Torla y en Broto no tienen estaciones y también hay consumo y venta. Por otro lado, en verano las estaciones no funcionan y el problema persiste".

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Los controles antidrogas y alcohol en los grandes ejes viales que suben a los nodos turísticos —A-136 (Jaca-Formigal), A-132 (Sabiñánigo-Biescas), A-139 (Benasque-Val d'Aran), C-28 (Baqueira), N-260 (Torla-Ordesa)— han integrado en el paisaje rutinario de las carreteras la búsqueda de droga.

Con unidades caninas, el registro de vehículos y narcotest y el despliegue de etilómetros en vísperas de fiestas patronales, puentes y festivos de guardar como San Jorge o la Virgen de la Peña, cuando el tráfico se multiplica por diez y la Benemérita monta dispositivos preventivos en accesos clave.

Definitivamente, la fiesta no necesita cañones de nieve. Los fines de semana de verano, barrancos y campas apartadas del eje del Ara o del Gállego se convierten en pistas de baile improvisadas donde se juntan furgonetas, altavoces y generadores, réplicas mucho más modestas de las raves ilegales que la Guardia Civil ha desmantelado en otros puntos de Aragón, como Mazaleón o Sisamón, con centenares de asistentes y decomisos de cocaína, pastillas y speed.

Allí no hay forfaits ni pistas balizadas, pero el guion se parece mucho al de la periferia de las estaciones: música electrónica a todo volumen, pastillas fluorescentes que pasan de mano en mano y bolsas de polvo blanco que circulan entre matrículas francesas, aragonesas y catalanas mientras, a unos kilómetros, los pueblos duermen con las ventanas cerradas para no oír el grave de los subwoofers.

En el Hospital de Jaca, los sanitarios han aprendido a leer el calendario de la fiesta en la curva de las urgencias. "Los picos por consumo de cocaína y otras sustancias coinciden casi milimétricamente con los fines de semana de temporada alta y con los puentes", confiesa un médico de Jaca en línea con los datos autonómicos que atribuyen alrededor del 50% de las urgencias hospitalarias al consumo de drogas en sábados y domingos.

No siempre se trata de sobredosis espectaculares: muchas veces son crisis de ansiedad, taquicardias, síncopes en plena resaca química o traumatismos en pistas y carreteras en los que el tóxico aparece en los análisis como un invitado silencioso, pero determinante.

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"Hay que tener en cuenta también que ciudades como Jaca son visitadas cada año por más de 120.000 turistas", continúa de Silva. "El ocio va mucho más allá de discotecas como Marchica o de ciertos festivales como los que se celebran en Candanchú. La venta se reparte por cien pequeños bares de poblaciones de los valles y no solo los turistas forman la clientela".

Hay tres perfiles claros de consumidores: el turista ocasional que busca desinhibirse en vacaciones; los trabajadores del sector turístico y la gente de los valles, residentes fijos con clientela habitual que mantienen el negocio todo el año, independientemente de la temporada.

En la cadena trófica de la droga, los temporeros del turismo ocupan un lugar central. Monitores de esquí, camareros, barmans, pisteros y personal de hotel encadenan jornadas de más de diez horas durante la temporada alta y, según estudios sectoriales y testimonios recogidos en estaciones europeas, recurren a la cocaína, al speed y al cannabis para "aguantar el ritmo" de trabajo y alargar la noche al final del turno.

No solo atienden a los turistas en las barras y en las pistas: comparten con ellos la barra y el baño, conformando un mercado estable que permanece en los valles cuando los visitantes vuelven a Madrid, Zaragoza o Barcelona. Eso explica también por qué el negocio de la droga en el Pirineo se mantiene incólume cuando se apagan los cañones.

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