En el pueblo inglés de Bridgnorth hay un restaurante que baña su pollo frito en crema y migas de galleta Lotus. Y no hace falta irse tan lejos: cualquiera que se pase esta semana por The Champions Burger en Alicante comprobará cómo este bocado especiado belga se ha convertido en el ingrediente estrella, con decenas de personas haciendo cola para devorar hamburguesas virales que chorrean crema caramelizada de galleta. Basta un vistazo rápido por las redes sociales para confirmar que esta pequeña galleta ha saltado de las pantallas a los menús de medio mundo.
Pero la pregunta es: ¿cómo es posible que un pequeño obsequio, que en los años 90 no era más que el acompañamiento gratuito que te daban con el café en la peluquería, se haya convertido en un producto de culto a nivel mundial? La respuesta, sorprendentemente, tiene menos que ver con la repostería y mucho más con la macroeconomía.
Para entender el fenómeno, hay que viajar a 1932, al pequeño pueblo belga de Lembeke. Tal y como explica The Wall Street Journal, allí fue donde el abuelo del actual CEO de Lotus, Jan Boone, creó la receta (que hoy solo conocen cinco personas en el mundo) de su particular versión de los speculoos, un postre tradicional europeo.
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El primer gran salto de la compañía ocurrió en los años ochenta, cuando, tras una escasez de cacahuetes, la aerolínea estadounidense Delta empezó a repartir este snack en sus vuelos bajo el nombre "Biscoff" (una contracción de biscuit y coffee). Esto le otorgó a un artículo genérico un aura de exotismo y viajes en avión. Hoy, fabrican 20 millones de unidades al día y facturan más de 1.000 millones de euros anuales, según detalla The Times.
Pero el verdadero catalizador de su éxito actual es su posicionamiento. Lisa Harris, cofundadora de la consultora de alimentación Harris and Hayes, explica en The Guardian que el triunfo de Biscoff responde a una "indulgencia accesible". En un contexto donde el coste de la vida está ahogando a los consumidores, "la gente busca formas sencillas de sentir que han hecho algo especial", señala Harris. Biscoff ofrece un sabor nostálgico, con un envoltorio individual que le da un aire premium, pero a un precio que está al alcance de cualquiera. Es, en esencia, un lujo barato.
Doom spending: comprar para no pensar
Este concepto encaja a la perfección con un preocupante fenómeno económico y psicológico que está definiendo a la Generación Z y a los millennials: el doom spending (o gasto catastrófico).
Este hábito se define como los gastos irracionales e impulsivos que realizan los jóvenes ante el agobio que sienten por la economía y su futuro. La inestabilidad, la inflación y la precariedad laboral han creado una sensación de que los hitos tradicionales son metas inalcanzables. Cuando el pago inicial de una hipoteca exige decenas de miles de euros que no tienes, gastarse apenas 3 euros en un paquete de dulces importados o 6 euros en una porción de tarta viral se convierte en un mecanismo de supervivencia y consuelo. Se instaura así una mentalidad de "vivir el momento".
Morgan Housel, experto en finanzas conductuales, lo analiza en Fortune explicando que este gasto es una reacción natural al no tener un propósito claro ni poder alcanzar los grandes escalones de la edad adulta. Al ver inalcanzables las compras patrimoniales, los jóvenes encuentran refugio en lujos materiales más pequeños y cotidianos.
Sin embargo, el alivio es temporal. La revista Verywellmind aporta la perspectiva psicológica del asunto: cuando realizamos estas compras para paliar la ansiedad, nuestro cerebro libera dopamina. Pero una vez que ese placer momentáneo se desvanece, "nos quedamos con sentimientos abrumadores de culpa, remordimiento y una sensación intensificada de ansiedad", explica el psicólogo Christopher Fisher en dicho medio.
A esto se suma lo que Ylva Baeckström, experta en finanzas, define como una "falsa ilusión de control". En un mundo que los jóvenes perciben como caótico —un pesimismo alimentado por el consumo crónico de malas noticias en internet—, comprar se convierte en el volante de un coche que, en realidad, no dirigen.
Una receta nativa de las redes sociales
El papel de las redes sociales en este cóctel es fundamental. Biscoff es una receta nativa de redes sociales. Creadores de contenido como Ashley Markle o Fitwaffle acumulan decenas de millones de visualizaciones cocinando con esta crema, retroalimentando el deseo de consumo inmediato. Según datos de Intuit Credit Karma, el 43 % de los jóvenes de la Generación Z admite que TikTok influye directamente en sus gastos impulsivos.
No obstante, esta generación es plenamente consciente del problema en el que está inmersa. Mientras que el 41 % de los jóvenes de la Generación Z reconoce practicar el doom spending y realizar compras de pánico, al mismo tiempo, un porcentaje similar (en torno al 44 %) está intentando adoptar estilos de vida low-buy (comprar poco) o no-buy (no comprar nada) para intentar construir ahorros y pagar deudas. Es una lucha constante entre la necesidad de ahorrar en una economía asfixiante y el impulso irrefrenable de buscar pequeñas dosis de felicidad y dopamina a través del consumo.
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"Queremos conquistar el mundo", le confesó Jan Boone, CEO de Lotus, a The Times el año pasado. A juzgar por los números, los estantes de los supermercados y la infinidad de vídeos en redes sociales, lo está consiguiendo.
Pero el triunfo global de Biscoff no es solo la historia de un dulce bien horneado o de una brillante estrategia de marketing nacida en los pasillos de las aerolíneas. Es el reflejo comestible de nuestra época. La próxima vez que veas a alguien hundiendo una galleta caramelizada en una tarta de queso frente a la cámara de su móvil, recuerda que no estás viendo solo una simple receta viral. Estás presenciando el "efecto pintalabios" de la era digital; el pequeño, dulce y asequible salvavidas de una generación que intenta masticar la ansiedad de una economía que se les escapa de las manos.
Imagen | Andrea Piacquadio y Shameel mukkath
Imagen del texto | Nano Erdozain
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La noticia
No es azúcar, es economía: la inflación ha convertido a la galleta Lotus en el "lujo asequible" de la Generación Z
fue publicada originalmente en
Xataka
por
Alba Otero
.
No es azúcar, es economía: la inflación ha convertido a la galleta Lotus en el "lujo asequible" de la Generación Z
El pintalabios comestible de la era digital: cómo una galleta belga se convirtió en el salvavidas de la Generación Z
Masticar la ansiedad a tres euros el paquete: la historia de Biscoff y la ilusión del lujo asequible
En el pueblo inglés de Bridgnorth hay un restaurante que baña su pollo frito en crema y migas de galleta Lotus. Y no hace falta irse tan lejos: cualquiera que se pase esta semana por The Champions Burger en Alicante comprobará cómo este bocado especiado belga se ha convertido en el ingrediente estrella, con decenas de personas haciendo cola para devorar hamburguesas virales que chorrean crema caramelizada de galleta. Basta un vistazo rápido por las redes sociales para confirmar que esta pequeña galleta ha saltado de las pantallas a los menús de medio mundo.
Pero la pregunta es: ¿cómo es posible que un pequeño obsequio, que en los años 90 no era más que el acompañamiento gratuito que te daban con el café en la peluquería, se haya convertido en un producto de culto a nivel mundial? La respuesta, sorprendentemente, tiene menos que ver con la repostería y mucho más con la macroeconomía.
Para entender el fenómeno, hay que viajar a 1932, al pequeño pueblo belga de Lembeke. Tal y como explica The Wall Street Journal, allí fue donde el abuelo del actual CEO de Lotus, Jan Boone, creó la receta (que hoy solo conocen cinco personas en el mundo) de su particular versión de los speculoos, un postre tradicional europeo.
El primer gran salto de la compañía ocurrió en los años ochenta, cuando, tras una escasez de cacahuetes, la aerolínea estadounidense Delta empezó a repartir este snack en sus vuelos bajo el nombre "Biscoff" (una contracción de biscuit y coffee). Esto le otorgó a un artículo genérico un aura de exotismo y viajes en avión. Hoy, fabrican 20 millones de unidades al día y facturan más de 1.000 millones de euros anuales, según detalla The Times.
Pero el verdadero catalizador de su éxito actual es su posicionamiento. Lisa Harris, cofundadora de la consultora de alimentación Harris and Hayes, explica en The Guardian que el triunfo de Biscoff responde a una "indulgencia accesible". En un contexto donde el coste de la vida está ahogando a los consumidores, "la gente busca formas sencillas de sentir que han hecho algo especial", señala Harris. Biscoff ofrece un sabor nostálgico, con un envoltorio individual que le da un aire premium, pero a un precio que está al alcance de cualquiera. Es, en esencia, un lujo barato.
Doom spending: comprar para no pensar
Este concepto encaja a la perfección con un preocupante fenómeno económico y psicológico que está definiendo a la Generación Z y a los millennials: el doom spending (o gasto catastrófico).
Este hábito se define como los gastos irracionales e impulsivos que realizan los jóvenes ante el agobio que sienten por la economía y su futuro. La inestabilidad, la inflación y la precariedad laboral han creado una sensación de que los hitos tradicionales son metas inalcanzables. Cuando el pago inicial de una hipoteca exige decenas de miles de euros que no tienes, gastarse apenas 3 euros en un paquete de dulces importados o 6 euros en una porción de tarta viral se convierte en un mecanismo de supervivencia y consuelo. Se instaura así una mentalidad de "vivir el momento".
Morgan Housel, experto en finanzas conductuales, lo analiza en Fortune explicando que este gasto es una reacción natural al no tener un propósito claro ni poder alcanzar los grandes escalones de la edad adulta. Al ver inalcanzables las compras patrimoniales, los jóvenes encuentran refugio en lujos materiales más pequeños y cotidianos.
Sin embargo, el alivio es temporal. La revista Verywellmindaporta la perspectiva psicológica del asunto: cuando realizamos estas compras para paliar la ansiedad, nuestro cerebro libera dopamina. Pero una vez que ese placer momentáneo se desvanece, "nos quedamos con sentimientos abrumadores de culpa, remordimiento y una sensación intensificada de ansiedad", explica el psicólogo Christopher Fisher en dicho medio.
A esto se suma lo que Ylva Baeckström, experta en finanzas, define como una "falsa ilusión de control". En un mundo que los jóvenes perciben como caótico —un pesimismo alimentado por el consumo crónico de malas noticias en internet—, comprar se convierte en el volante de un coche que, en realidad, no dirigen.
Una receta nativa de las redes sociales
El papel de las redes sociales en este cóctel es fundamental. Biscoff es una receta nativa de redes sociales. Creadores de contenido como Ashley Markle o Fitwaffle acumulan decenas de millones de visualizaciones cocinando con esta crema, retroalimentando el deseo de consumo inmediato. Según datos de Intuit Credit Karma, el 43 % de los jóvenes de la Generación Z admite que TikTok influye directamente en sus gastos impulsivos.
No obstante, esta generación es plenamente consciente del problema en el que está inmersa. Mientras que el 41 % de los jóvenes de la Generación Z reconoce practicar el doom spending y realizar compras de pánico, al mismo tiempo, un porcentaje similar (en torno al 44 %) está intentando adoptar estilos de vida low-buy (comprar poco) o no-buy (no comprar nada) para intentar construir ahorros y pagar deudas. Es una lucha constante entre la necesidad de ahorrar en una economía asfixiante y el impulso irrefrenable de buscar pequeñas dosis de felicidad y dopamina a través del consumo.
"Queremos conquistar el mundo", le confesó Jan Boone, CEO de Lotus, a The Times el año pasado. A juzgar por los números, los estantes de los supermercados y la infinidad de vídeos en redes sociales, lo está consiguiendo.
Pero el triunfo global de Biscoff no es solo la historia de un dulce bien horneado o de una brillante estrategia de marketing nacida en los pasillos de las aerolíneas. Es el reflejo comestible de nuestra época. La próxima vez que veas a alguien hundiendo una galleta caramelizada en una tarta de queso frente a la cámara de su móvil, recuerda que no estás viendo solo una simple receta viral. Estás presenciando el "efecto pintalabios" de la era digital; el pequeño, dulce y asequible salvavidas de una generación que intenta masticar la ansiedad de una economía que se les escapa de las manos.