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No es envidia, es el algoritmo: por qué Instagram y TikTok están diseñados para que odies las vacaciones de los multimillonarios

No es envidia, es el algoritmo: por qué Instagram y TikTok están diseñados para que odies las vacaciones de los multimillonarios
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Con la inminente llegada del verano, las pantallas de nuestros teléfonos móviles se preparan para el ritual de cada año: una avalancha incesante de fotografías de famosos y multimillonarios exhibiendo su opulencia. En las próximas semanas consumiremos miles de imágenes de celebridades tomando el sol en la cubierta de sus megayates, comentaremos los detalles de escapadas exclusivas —seguramente la luna de miel de Dua Lipa y Callum Turner, recién casados— y seremos testigos de un nivel de lujo sencillamente inalcanzable. Lo que cambia esta temporada es lo que esas imágenes ya no generan: indiferencia. Esta hiperexposición visual de la riqueza ha dejado de ser un inofensivo entretenimiento de revista del corazón. Como advierte una columna de opinión de El Confidencial, ver incesantemente de qué presumen los ricos en internet se ha convertido en "el mayor motor de resentimiento que ha conocido la humanidad". Y es que, detrás de este escaparate deslumbrante, los datos revelan una fractura social sin precedentes. Mientras la ciudadanía de a pie hace malabares para pagar el alquiler o la cesta de la compra, la riqueza de los milmillonarios alcanzó en 2025 un máximo histórico de 18,3 billones de dólares, según revela el último informe global de Oxfam Intermón. Anatomía del resentimiento: lo que ocurre cuando miras esa foto Para entender por qué una fotografía de un multimillonario bebiendo champán en un yate genera hoy tanta hostilidad —y no solo envidia pasajera—, hay que recurrir a la psicología. Un estudio publicado en la revista científica Cyberpsychology demuestra empíricamente que la exposición visual continua a símbolos de riqueza en redes sociales empuja a los usuarios a realizar comparaciones constantes e involuntarias. El mecanismo es preciso: cada imagen de un jet privado o una cubierta de superyate activa lo que los investigadores llaman "privación relativa". No es que sintamos que nos falta algo en abstracto; es que, al ver lo que otros exhiben, sentimos de forma mucho más intensa y concreta lo que a nosotros nos falta. La pantalla convierte la desigualdad estadística en una herida personal. Pero esto no es nuevo. Los ricos siempre han existido, y la envidia también. La pregunta relevante es otra: ¿qué ha cambiado en la última década para que el resentimiento se haya disparado de forma tan específica y tan global? La respuesta no está en la desigualdad en sí —que lleva décadas creciendo— sino en la dosis de exposición, que no tiene precedente en la historia humana. En Xataka Dónde crecen más los ultrarricos: el gráfico que prueba que Europa juega a otra cosa Durante siglos, los seres humanos se compararon con quienes tenían cerca: el vecino, el compañero de trabajo, el primo que le fue mejor. Era un horizonte de comparación acotado y tolerable. Las redes sociales destruyeron ese límite de forma definitiva. Hoy el teléfono te enfrenta al 0,001% de la riqueza mundial decenas de veces al día, de forma involuntaria, mientras desayunas, en el autobús o antes de dormir. Los psicólogos llaman a esto "comparación social ascendente continua": ya no te comparas con tu entorno real, sino con la élite global, en bucle y sin descanso. La privación relativa no es nueva. Lo que es históricamente inédito es la frecuencia con que te la restriegan por la cara. Esta frustración acumulada, imagen a imagen y día a día, está reconfigurando nuestra propia identidad. En un mundo donde el coste de la vida ahoga a las clases medias, el ensayista Mark Edmundson argumenta en las páginas de The New York Times que el odio ha adquirido una nueva función social: se ha convertido en una vía rápida para definir quiénes somos. "Odio, luego existo". Detestar a la élite otorga a muchas personas un propósito en medio de la precariedad moderna. Lo inquietante no es la frase, sino que resulta sociológicamente exacta. El algoritmo, cómplice perfecto Las redes sociales no son un espejo neutral de la realidad: son una máquina diseñada para amplificar exactamente este tipo de contenido. Según explica Psychology Today, las publicaciones que utilizan lenguaje moral o emocional actúan como un potente imán para el discurso de odio y la viralización. Cuanto más indigna una imagen, más se comparte; cuanto más se comparte, más la recomienda el algoritmo. El resultado son burbujas ideológicas cada vez más agresivas, alimentadas en bucle. Este mecanismo no es accidental. Los algoritmos de plataformas como TikTok e Instagram están diseñados para maximizar el tiempo de pantalla priorizando el contenido que genera reacciones emocionales fuertes, independientemente de si esas reacciones son positivas o negativas. Un yate en Ibiza publicado por un heredero genera más interacción que cualquier contenido neutro: primero impacto, luego ira, luego debate, luego viralidad. El sistema no crea el resentimiento, pero lo convierte en combustible y lo devuelve amplificado. Curiosamente, esta dinámica está provocando que los verdaderos ricos empiecen a esconderse. La consultora Bain & Company, citada por la revista financiera Fortune, advierte del auge de la "vergüenza del lujo" (luxury shame): ante el aumento de la tensión social y el enfado colectivo, muchas élites están optando por ocultar sus logos y símbolos de estatus por miedo al rechazo público. El yate sigue ahí; lo que cambia es que ya no se publica. La capitalización de la furia El peligro más inmediato de este resentimiento no es el odio en sí, sino hacia dónde se dirige. La rabia que genera ver un jet privado en Instagram podría canalizarse hacia demandas de justicia fiscal. Con demasiada frecuencia, sin embargo, acaba siendo secuestrada por actores políticos que la reorientan hacia otros objetivos. Un reportaje de The Washington Post documenta cómo influencers de extrema derecha explotan deliberadamente la desesperanza económica de los jóvenes: toman la rabia de una generación asfixiada y la desvían no hacia los milmillonarios, sino hacia chivos expiatorios. El resentimiento de clase se convierte en conflicto identitario. Mientras las clases trabajadoras pelean entre sí, los ultrarricos consolidan su poder. Según el informe de Oxfam, un milmillonario tiene hoy 4.000 veces más probabilidades de ocupar un cargo político que un ciudadano corriente. Los yates no son solo un símbolo de riqueza. Son también una declaración de impunidad. Quizás el diagnóstico más certero provenga de alguien que conoce bien las altas esferas y no tiene miedo de decirlo. En una entrevista con The Guardian, el aclamado novelista Yann Martel —autor de Life of Pi y millonario confeso— confesaba su postura con una crudeza inusual: "Odio a las personas ricas de este mundo, de las cuales formo parte [...]. Nuestro mundo está siendo destruido por la codicia y la riqueza". La paradoja es perfecta e intencionada: un rico que odia a los ricos para pedir que se los empobrezca. Que el diagnóstico más radical venga de dentro del club es, en sí mismo, una señal del tiempo que vivimos. La hiperexposición veraniega de la riqueza en nuestras pantallas ha dejado de ser una frivolidad para destapar una crisis estructural profunda. Cada foto de yate es hoy una chispa en un depósito que lleva años llenándose. La pregunta ya no es si ese resentimiento va a crecer —crecerá, alimentado algoritmo a algoritmo— sino si lograremos encauzarlo hacia la justicia fiscal y social antes de que queme el propio barco de nuestra democracia. Imagen | Unsplash Xataka | Los investigadores sobre el estrés coinciden: "En las personas bajo presión, el destello que facilita integrar información nueva está prácticamente ausente" - La noticia No es envidia, es el algoritmo: por qué Instagram y TikTok están diseñados para que odies las vacaciones de los multimillonarios fue publicada originalmente en Xataka por Alba Otero .
No es envidia, es el algoritmo: por qué Instagram y TikTok están diseñados para que odies las vacaciones de los multimillonarios
  • La psicología lleva años advirtiendo de que ver riqueza extrema de forma continuada genera un resentimiento sin precedentes. Las redes sociales han convertido eso en un experimento masivo sin grupo de control

  • Un estudio científico, el auge del luxury shame entre las élites y el secuestro político de la rabia explican por qué una foto de yate ya no es inocua

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Alba Otero

Editora - Energía

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Con la inminente llegada del verano, las pantallas de nuestros teléfonos móviles se preparan para el ritual de cada año: una avalancha incesante de fotografías de famosos y multimillonarios exhibiendo su opulencia. En las próximas semanas consumiremos miles de imágenes de celebridades tomando el sol en la cubierta de sus megayates, comentaremos los detalles de escapadas exclusivas —seguramente la luna de miel de Dua Lipa y Callum Turner, recién casados— y seremos testigos de un nivel de lujo sencillamente inalcanzable. Lo que cambia esta temporada es lo que esas imágenes ya no generan: indiferencia.

Esta hiperexposición visual de la riqueza ha dejado de ser un inofensivo entretenimiento de revista del corazón. Como advierte una columna de opinión de El Confidencial, ver incesantemente de qué presumen los ricos en internet se ha convertido en "el mayor motor de resentimiento que ha conocido la humanidad". Y es que, detrás de este escaparate deslumbrante, los datos revelan una fractura social sin precedentes. Mientras la ciudadanía de a pie hace malabares para pagar el alquiler o la cesta de la compra, la riqueza de los milmillonarios alcanzó en 2025 un máximo histórico de 18,3 billones de dólares, según revela el último informe global de Oxfam Intermón.

Anatomía del resentimiento: lo que ocurre cuando miras esa foto

Para entender por qué una fotografía de un multimillonario bebiendo champán en un yate genera hoy tanta hostilidad —y no solo envidia pasajera—, hay que recurrir a la psicología. Un estudio publicado en la revista científica Cyberpsychologydemuestra empíricamente que la exposición visual continua a símbolos de riqueza en redes sociales empuja a los usuarios a realizar comparaciones constantes e involuntarias. El mecanismo es preciso: cada imagen de un jet privado o una cubierta de superyate activa lo que los investigadores llaman "privación relativa". No es que sintamos que nos falta algo en abstracto; es que, al ver lo que otros exhiben, sentimos de forma mucho más intensa y concreta lo que a nosotros nos falta. La pantalla convierte la desigualdad estadística en una herida personal.

Pero esto no es nuevo. Los ricos siempre han existido, y la envidia también. La pregunta relevante es otra: ¿qué ha cambiado en la última década para que el resentimiento se haya disparado de forma tan específica y tan global? La respuesta no está en la desigualdad en sí —que lleva décadas creciendo— sino en la dosis de exposición, que no tiene precedente en la historia humana.

En XatakaDónde crecen más los ultrarricos: el gráfico que prueba que Europa juega a otra cosa

Durante siglos, los seres humanos se compararon con quienes tenían cerca: el vecino, el compañero de trabajo, el primo que le fue mejor. Era un horizonte de comparación acotado y tolerable. Las redes sociales destruyeron ese límite de forma definitiva. Hoy el teléfono te enfrenta al 0,001% de la riqueza mundial decenas de veces al día, de forma involuntaria, mientras desayunas, en el autobús o antes de dormir. Los psicólogos llaman a esto "comparación social ascendente continua": ya no te comparas con tu entorno real, sino con la élite global, en bucle y sin descanso. La privación relativa no es nueva. Lo que es históricamente inédito es la frecuencia con que te la restriegan por la cara.

Esta frustración acumulada, imagen a imagen y día a día, está reconfigurando nuestra propia identidad. En un mundo donde el coste de la vida ahoga a las clases medias, el ensayista Mark Edmundson argumenta en las páginas de The New York Times que el odio ha adquirido una nueva función social: se ha convertido en una vía rápida para definir quiénes somos. "Odio, luego existo". Detestar a la élite otorga a muchas personas un propósito en medio de la precariedad moderna. Lo inquietante no es la frase, sino que resulta sociológicamente exacta.

El algoritmo, cómplice perfecto

Las redes sociales no son un espejo neutral de la realidad: son una máquina diseñada para amplificar exactamente este tipo de contenido. Según explica Psychology Today, las publicaciones que utilizan lenguaje moral o emocional actúan como un potente imán para el discurso de odio y la viralización. Cuanto más indigna una imagen, más se comparte; cuanto más se comparte, más la recomienda el algoritmo. El resultado son burbujas ideológicas cada vez más agresivas, alimentadas en bucle.

Este mecanismo no es accidental. Los algoritmos de plataformas como TikTok e Instagram están diseñados para maximizar el tiempo de pantalla priorizando el contenido que genera reacciones emocionales fuertes, independientemente de si esas reacciones son positivas o negativas. Un yate en Ibiza publicado por un heredero genera más interacción que cualquier contenido neutro: primero impacto, luego ira, luego debate, luego viralidad. El sistema no crea el resentimiento, pero lo convierte en combustible y lo devuelve amplificado.

Curiosamente, esta dinámica está provocando que los verdaderos ricos empiecen a esconderse. La consultora Bain & Company, citada por la revista financiera Fortune, advierte del auge de la "vergüenza del lujo" (luxury shame): ante el aumento de la tensión social y el enfado colectivo, muchas élites están optando por ocultar sus logos y símbolos de estatus por miedo al rechazo público. El yate sigue ahí; lo que cambia es que ya no se publica.

La capitalización de la furia

El peligro más inmediato de este resentimiento no es el odio en sí, sino hacia dónde se dirige. La rabia que genera ver un jet privado en Instagram podría canalizarse hacia demandas de justicia fiscal. Con demasiada frecuencia, sin embargo, acaba siendo secuestrada por actores políticos que la reorientan hacia otros objetivos. Un reportaje de The Washington Post documenta cómo influencers de extrema derecha explotan deliberadamente la desesperanza económica de los jóvenes: toman la rabia de una generación asfixiada y la desvían no hacia los milmillonarios, sino hacia chivos expiatorios.

El resentimiento de clase se convierte en conflicto identitario. Mientras las clases trabajadoras pelean entre sí, los ultrarricos consolidan su poder. Según el informe de Oxfam, un milmillonario tiene hoy 4.000 veces más probabilidades de ocupar un cargo político que un ciudadano corriente. Los yates no son solo un símbolo de riqueza. Son también una declaración de impunidad.

Quizás el diagnóstico más certero provenga de alguien que conoce bien las altas esferas y no tiene miedo de decirlo. En una entrevista con The Guardian, el aclamado novelista Yann Martel —autor de Life of Pi y millonario confeso— confesaba su postura con una crudeza inusual: "Odio a las personas ricas de este mundo, de las cuales formo parte [...]. Nuestro mundo está siendo destruido por la codicia y la riqueza". La paradoja es perfecta e intencionada: un rico que odia a los ricos para pedir que se los empobrezca. Que el diagnóstico más radical venga de dentro del club es, en sí mismo, una señal del tiempo que vivimos.

La hiperexposición veraniega de la riqueza en nuestras pantallas ha dejado de ser una frivolidad para destapar una crisis estructural profunda. Cada foto de yate es hoy una chispa en un depósito que lleva años llenándose. La pregunta ya no es si ese resentimiento va a crecer —crecerá, alimentado algoritmo a algoritmo— sino si lograremos encauzarlo hacia la justicia fiscal y social antes de que queme el propio barco de nuestra democracia.

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Xataka | Los investigadores sobre el estrés coinciden: "En las personas bajo presión, el destello que facilita integrar información nueva está prácticamente ausente"

Fuente original: Leer en Xataka
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