Secundino Hernández
«No me interesa repetirme; eso te convierte en un hacedor de cuadros, no en un artista»Lo llamaron «el chico de oro» del arte español. Pero Secundino Hernández trabaja ajeno a etiquetas y reconocimientos. Ahora participa en la exposición de la revista Litoral
Regala esta noticia Hernández, durante su última visita a Málaga. (Dani Maldonado) 02/05/2026 a las 00:16h.Es uno de los pintores españoles contemporáneos con mayor presencia internacional, un artista capaz de incorporar una voz propia, siempre reconocible y tensa, a la ... tradición abstracta. Pero Secundino Hernández (Madrid, 1975) trabaja ajeno a reconocimientos y etiquetas. Como aquella que lo señaló como el «chico de oro» del arte español. Ahora, con cincuenta años acumulados en el documento de identidad, su promesa es ya una realidad: ha expuesto en galerías y centros de medio mundo, se ha consolidado como uno de los artistas más destacados de su generación y tiene la agenda repleta de encargos y peticiones. La última, para la exposición que celebra el centenario de la mítica Revista Litoral, para la que ha entregado una peculiar recreación del pez que aparecía en el primer número de la publicación, clave en la configuración del 27 como generación literaria.
–Sí, sí. Pero veo que mi obra ha ido evolucionando, que he dado pequeños saltos. Y sigo en esa búsqueda. No me gusta quedarme relajado, estancado. Prefiero explorar todas las posibilidades, replantearlo todo, cuestionarlo todo. Y sin ningún tipo de temor. Porque se trata de eso, de hacer arte.
–Muchos artistas se refugian en lo que ya les ha funcionado. ¿Alguna vez le ha tentado repetirse?
–No, porque entonces te conviertes en un hacedor de cuadros, no en un artista. El arte va por otro lado: prefiero cuestionar la fórmula que repetirla. Es un juego, en realidad. Tengo una relación muy lúdica con la pintura. Tengo una estructura de discurso, y la narrativa puede ser infinita, pero no me interesa ir al estudio cada día a hacer cosas que ya he hecho o que conozco. Prefiero ver hasta dónde puedo estirar las ideas.
–En su caso, ¿pintar es un proceso más físico o más mental?
–Disfruto más de la exploración. El proceso técnico puede resolverse a base de prueba y error y es cuestión de tiempo, pero el proceso creativo, la composición, la idea, es realmente estimulante.
–Pero en su trabajo la técnica resulta decisiva. ¿Hasta qué punto ha marcado su evolución?
–Sí, hay mucha parte de 'cocinilla' en el estudio, mucha investigación de materiales y experimentación para encontrar el recurso técnico que pide cada idea. Por ejemplo, he trabajado con una fábrica en Italia para desarrollar una imprimación que, en húmedo, me permita levantarla del lienzo y que, al secar, se cristalice y quede fijada. Eso lleva un proceso de investigación, claro, pero la idea estaba antes: yo quería arrancar la piel de la pintura de alguna forma. A partir de ahí busqué cómo hacerlo. Podría haber sido de otra manera, por ejemplo añadiendo capas y arrancándolas después, como hacen otros pintores, pero yo llegué por este camino. Al final, cada idea encuentra su propio proceso.
–¿No le genera ansiedad ese abanico casi infinito de posibilidades?
–En realidad me genera mucho gozo cuando el cuadro plantea un reto y consigues superarlo. Tiendo a trabajar con elementos primarios, no solo en lo técnico, también en la idea. Muchas veces prescindo del color, aunque otras sí lo utilizo, pero me interesan sobre todo la línea y el plano. El reto está en destilar la idea del cuadro y hacerla legible, que se entienda.
«Prefiero cuestionar la fórmula que repetirla. Es un juego, en realidad. Tengo una relación muy lúdica con la pintura»
–Hay en su obra un intento de despojarse de lo conocido, de volver a lo primario. Me recuerda a la filósofa Chantal Maillard y su propuesta para «matar los conceptos», para volver a ser el niño que de repente experimenta el color, por ejemplo rojo, sin saber que es un color, que tiene una palabra que lo nombra, etcétera.
–Sí, pero ojo: tu rojo no es mi rojo. El niño no proyecta sobre el rojo lo mismo que tú o yo ahora. A estas alturas de la vida, y más en los tiempos que corren, te dicen «rojo» y te lleva directamente a otros significados. Esa inocencia ya no existe.
–¿No hay entonces una voluntad de volver a cierta pureza?
–Soy muy consciente de que no parto de la nada ni soy un genio que aparece de repente. Vengo de una tradición y creo en ella. Lo que hago es generar fricciones, distanciamientos, ecos, paralelismos: buscar conexiones a lo largo de la historia. Como en una ciudad, hay capas que te interesan más y otras menos, pero todas están ahí. Al final todos trabajamos con una herencia y cada uno decide cómo jugar con ella.
–Convive con esa herencia.
–Muchas veces hago referencias explícitas a otros artistas, sin ocultarlo. Es una forma de reconocer de dónde vienes. Incluso cuando algo no me interesa tanto, intento darle la vuelta y apropiármelo, adaptarlo a mi lenguaje.
–Se ha construido un relato muy simplificado sobre su carrera. ¿Se reconoce en él?
–Es peligroso. Yo he confiado muchas veces en el entrevistador y luego se fuerza el titular y eso genera un relato que no se corresponde con la realidad. Ni soy un «niño prodigio» ni he pasado de dormir en el suelo a tener éxito. Eso son titulares fáciles. Mi carrera la construyen muchas colecciones, muchos contextos.
–¿Le afectan ese tipo de etiquetas?
–No puedes luchar contra eso. Son molinos. Yo me centro en el trabajo. Al final no te van a juzgar por ese tipo de relatos, sino por lo que haces.
«No puedo luchar contra la etiqueta de niño prodigio ni contra los relatos. Son molinos. Yo me centro en mi trabajo»
–Si tuviera que explicarla, ¿cómo definiría hoy su pintura?
–No la defino. Hago lo que necesito en cada momento, sin prejuicios. No me siento a pensar si voy a hacer abstracción o no. Trabajo de forma procesual, en el día a día del estudio.
–¿Hasta qué punto el proceso se convierte en el tema?
– Por ejemplo, los cuadros de «cosidos» surgen de restos de otros cuadros que fui acumulando durante años. No eran suficientemente grandes ni suficientemente pequeños, así que empecé a coserlos. Primero de forma más intuitiva y luego creando un patrón, una estructura que se repite y que te permite reconocer el cuadro sin depender tanto de la idea inicial. Y luego pasa algo curioso: empiezas a ver ese patrón en todas partes. Como cuando tienes un coche rojo y de repente ves coches rojos por todos lados. Eso también lo incorporo. Al final todo se convierte en recursos que se adaptan a lo que necesitas.
–La línea parece cada vez más central en su trabajo. ¿Qué le interesa de ella?
–Sí, es fundamental. Me interesa mucho la mezcla de lenguajes: una pintura más gestual, más libre, y una línea más gráfica que la atraviesa y la ordena, que incluso le quita un poco de solemnidad.
–¿Sigue teniendo un papel importante el cuadro-paleta?
–Sí. Es casi inevitable. La paleta es memoria, es generadora de otros cuadros. Recoge todo lo que pasa al final del día. Son como archivos del proceso.
–Su estudio se ha mitificado bastante. ¿Se reconoce en esa imagen?
–Se ha contado mal. Es un lugar de trabajo, sin más. Está adaptado a lo que necesito. He trabajado en espacios grandes y pequeños; lo importante es la capacidad de adaptación. El estudio no es un lugar de producción, sino un espacio donde se mantiene la fricción entre lo que sabes y lo que aún no entiendes.
–¿Teme que esa estructura acabe condicionándole?
–Claro, hay que tener cuidado. Puedes convertirte en víctima de tu propio sistema. Por eso mantengo un equipo mínimo. No quiero trabajar para sostener una estructura, sino para pintar.
Hernández, durante su última visita a Málaga. (Dani Maldonado)«Ya no me obsesiona estar en el Reina Sofía»
–¿Qué recuerdo guarda de su exposición en Málaga?
–Fue un momento muy agradable. Vinieron coleccionistas internacionales, me apoyaron, prestaron obras… y fue mi primera institucional importante en España. Después vinieron otras, como Alcalá 31 o el Moussac, y ahora el Thyssen en Madrid. Al final se van acumulando cosas.
–¿Tiene la sensación de que se le ha querido más fuera que dentro de España?
–Han pasado más cosas fuera que dentro, eso sí. Pero se me ha querido igual. Donde la gente ha querido conocer mi trabajo, se me ha querido.
–¿Le duele no estar en museos estatales? Me refiero al Reina Sofía.
–Es extraño, pero ya no me obsesiona. No es dolor; es como un fantasma que ya no me persigue. Está ahí, pero no me afecta.
–¿Cree que llegará?
–Supongo que será cuestión de tiempo. Eso dice todo el mundo.
–¿Cómo cree que reaccionará cuando pase?
–Con normalidad. Estaré contento, claro, pero creo que un museo estatal debe representar una escena amplia. Aunque algo no sea de tu gusto, si forma parte de lo que está pasando deberías incorporarlo.
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