La propuesta que Foster ha desarrollado junto a Luis María Uriarte tiene como punto fundamental la transformación de un conjunto formado por sucesivas ampliaciones en una estructura arquitectónica cohesionada, pero sin alterar lo existente ni tratar de homogeneizar sus diferentes lenguajes: la intervención no ... es un agregado, sino un elemento que actúa como conector entre la arquitectura historicista del edificio de 1945, diseñado por Gonzalo Cárdenas y Fernando Urrutia, y el racionalismo del volumen construido en 1970 por Álvaro Líbano y Ricardo Beasco.
En 2001, Luis María Uriarte –socio local de Foster en este actual proyecto de ampliación– llevó a cabo una intervención de gran calidad que mejoró accesos y recorridos internos, incorporando además una galería acristalada y habilitando un ático.
Museo de Bellas Artes de Bilbao. Volver a ser una casa
Fue en 2018 cuando el patronato del museo aprobó un plan estratégico a raíz del cual se convocó en febrero del siguiente año un concurso internacional para la ampliación y reforma de este que ganaría por unanimidad Agravitas, nombre de la propuesta elaborada por Foster+Partners y LM Uriarte Arkitectura, por esa estrategia de combinar una arquitectura de espíritu contemporáneo con el patrimonio existente, sin buscar sobresalir por encima de él.
«Si observamos esa cronología, comprobaremos que aproximadamente cada 25 años el Museo de Bellas Artes de Bilbao genera una transformación», explica Gilermo Zuaznabar, conservador de Diseño y Arquitectura de esta institución. «Y esta última es muy radical, porque coloca al museo en otro contexto, con otra configuración y otra ambición».
Ese transformado carácter se concreta en su renovada dimensión como pieza urbana. El museo se encuentra en un entorno del que forman parte edificios como el Museo Guggenheim, las universidades de Deusto y del País Vasco –que acogen la biblioteca diseñada por Rafael Moneo y el paraninfo de Álvaro Siza, respectivamente– y la Torre Iberdrola de César Pelli, pero del que se había mantenido apartado.
La ampliación planteada por Foster y Uriarte corrige esa situación «poniendo en contexto y en diálogo la posición urbana del museo», señala Zuaznabar. «Enmarca muy bien el eje y conecta la Gran Vía y el centro de la ciudad con la ría, generando un distrito cultural protagonizado por los museos y universidades en el centro de la ciudad».
Fundamental para esta dimensión urbana del edificio es el Atrio Arriaga, un ámbito que el propio Foster define como «un nuevo corazón público», que posee la función dual de servir como espacio de transición entre los dos antiguos edificios existentes y la ampliación, y de actuar como engranaje dentro del sistema de elementos urbanos que circundan al museo. El museo deviene así no sólo un lugar destinado –o limitado– a la exposición de obras, sino que se plantea como pieza que, en sus palabras. «enriquece y da otra calidad al contexto urbano».
Arquitectónicamente, la propuesta ha consistido en la construcción de una estructura levitante apoyada sobre dos conjuntos de pilares en forma de V. A 11 metros de altura, se despliegan una gran cubierta de lamas blancas y una superficie volada de más de 2.500 metros. Dicha superficie está perforada por un óculo de 6 metros de diámetro por el que se introduce luz natural a la galería y que conecta visualmente las plantas elevadas sobre ella.
La configuración de las tres arquitecturas hace posible ofrecer hasta trece espacios diferenciados destinados a la exhibición de la colección, su estudio y conservación. El programa expositivo que se alberga en este volumen se organiza en dos niveles: en el superior, una nave diáfana de 1.500 m2 y 6 de altura alberga una galería destinada a exposiciones temporales que se prolonga hacia las fachadas norte y oeste mediante una terraza perimetral de más de 500 m2 donde se expondrán esculturas al aire libre y que establece una continuidad entre las salas y el entorno urbano y paisajístico del museo con la voluntad, en palabras de Foster, de «transformar la experiencia del visitante y reforzar la presencia del museo en la ciudad».
En el inferior, una sala de 900 m2 y 2,80 de altura que, explica Zuaznabar, «es donde está la estructura sustentante de la construcción de Foster y Uriarte, su diafragma, la tabla que permite la exuberante nave diáfana superior. Así, este espacio técnico, ingenieril, las tripas o la máquina que sostiene el edificio, se revela como el más adecuado para enseñar la colección de diseño y arquitectura».
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