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«Nos pedían salvarlos porque querían volver a ver a sus hijos»

«Nos pedían salvarlos porque querían volver a ver a sus hijos»
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El sargento de la Guardia Civil Pedro Garre y los agentes, Rafael Zea y Manuel Moyano, salvan del fondo de un barranco a dos turistas británicos con el 40% de su cuerpo quemado
«Nos pedían salvarlos porque querían volver a ver a sus hijos»

El sargento de la Guardia Civil Pedro Garre y los agentes, Rafael Zea y Manuel Moyano, salvan del fondo de un barranco a dos turistas británicos con el 40% de su cuerpo quemado

Regala esta noticia Añádenos en Google El sargento Pedro Garre y los agentes Rafael Zea y Manuel Moyano en una zona afectada por las llamas. (N. Escámez)

Nerea Escámez

12/07/2026 a las 07:51h.

Once y media de la noche del jueves. El terreno montañoso de Bédar arde. Las llamas han arrasado todo a su paso y el silencio ... que solo rompe el crujir de

Continuaron peinando la zona de esta rambla de Bédar hasta que se subieron a una loma. Allí, siguieron gritando en busca de cualquier resquicio de esperanza. Necesitaban encontrar a personas con vida. Las voces respondieron más cerca, «ya no eran un eco», señalan. Al llegar a una pared de la rambla, pudieron discernir gritos de auxilio en un idioma extranjero. Se trataba de dos turistas británicos que estaban tendidos sobre las ascuas. La escena era dantesca. Los cuerpos estaban afectados por quemaduras severas y apenas podían moverse. En medio de las cenizas, el uniforme verde iluminó este punto de la catástrofe para dar un poco de esperanza. «Nadie podía imaginar que allí hubiera personas con vida, pero nuestro corazón nos decía que teníamos que estar, ahora vemos el barranco y decimos: ¿Cómo hemos podido bajar hasta ahí?», describe Manuel todavía impactado por el rescate.

«No sabían nada de español», indica el sargento que, sin embargo, no encontró un problema en la barrera del idioma. El agente Rafael Zea se comunicaba perfectamente en inglés. El primer encuentro entre salvadores y víctimas resumió a la perfección una situación desesperante: «Por favor, salvadnos, necesitamos agua, nos vamos a morir, no vamos a llegar», confiesa el guardia civil que interactuó con los afectados.

«Bajábamos por una zona muy abrupta y no llevábamos botellas de agua, al ver la deshidratación que tenían y lo primero que pedían era este líquido, otros compañeros que nos acompañaban decidieron subir de nuevo la colina para coger agua y volver a bajar, pese a lo complejo del terreno», apunta el guardia civil. «Era prioritario darle agua porque era lo que más nos pedían». Tras resolver las dudas de asistencia médica con el personal correspondiente, les proporcionaron vida sorbo a sorbo.

Los turistas de Reino Unido, con edades que rondan los 47 y 51 años, habían llegado de vacaciones. «Nos decían que tenían tres hijos en Inglaterra y que querían volver a verlos, que no estaban seguros de si iban a sobrevivir», esa esperanza quizás les mantuvo con vida pues su estado distaba de ser compatible con la misma. «No parábamos de decirles que sí, que iban a sobrevivir, que habían tenido mucha suerte dada la devastación que rodeaba a la rambla», expresa Zea, todavía conmocionado por la vivencia, «solo les decíamos que pensaran en sus hijos y no en que se estaban muriendo», relata con crudeza.

Aquellos guardias civiles mantuvieron a los heridos conscientes para evitar que se durmieran. Les hablaban cada cinco minutos. «Entre ellos también lo hacían, querían estar seguros de que estaban bien», explica Moyano.

Las voces respondían más a un intento agónico de mantenerse con vida que a una respuesta propia a lo que se les preguntaba. «Ella me decía cuánto quedaba para salir de allí y yo solo le decía 'Diez minutos'», sostiene. Una respuesta que se repitió durante tres horas aproximadamente, el tiempo que tardaron en evacuarlos con los medios adecuados de los bomberos desde la hoya de un barranco. No sabían ni conocían el alcance de las lesiones. «Podían tener un hueso roto o estar internamente dañados», apunta Moyano, que observa a sus compañeros relatar aquella vivencia, sus ojos demuestran el cansancio de unas jornadas infernales.

«Tuve que pegarme a la pared con la persona encima para que tuviese algo blando donde apoyarse, en ese momento, de hecho, al estar en una ladera, había desprendimientos por el calor, nos cayó una piedra de unos 35 kilos al lado». El sargento Garre y el agente Zea decidieron subir a un espacio céntrico: «Ellos, como forma de supervivencia, al ver que cayó una piedra y pese a su estado, se incorporaban para decirnos 'Movedme de aquí que nos caen piedras', eso fue lo que más me impactó, la lucha por la vida», narra compungido, «nos ayudaron con su fuerza personal a que pudiéramos evacuarlos siempre teniendo cuidado».

Valor psicológico

La presencia de la Guardia Civil junto a los turistas heridos fue ese rayo de luz que necesitaban en la oscuridad, algo que se incrementó con la aplicación de la psicología, un aspecto fundamental cuando el miedo se apodera de los heridos que han vivido una situación tan catastrófica. Y es que el estado de agitación que presentaban los británicos fue apaciguado por la experiencia de ese grupo de guardias civiles: «Fuimos su esperanza en aquella ladera oscura, nos comentaban todas sus preocupaciones y el vínculo que establecimos en ese momento fue impresionante, algo que no se puede explicar», indica el guardia civil todavía emocionado por aquel rescate. Cuando la ayuda llegó hasta lo más profundo del barranco, había llegado el momento de subir. Subidos a la camilla, había que ascender para poder evacuarlos a un hospital de manera urgente.

«La mujer no dejaba de acariciarme con el dedo pese a la gravedad de las lesiones, me separaba un segundo y me volvía a llamar, no quería perderme de vista», considera.

Los profesionales sanitarios pusieron rumbo al Hospital Universitario de Torrecárdenas con los dos heridos graves por quemaduras, que, seguidamente, fueron evacuados a la Unidad de Quemados del Hospital Virgen del Rocío de Sevilla. En Bédar se quedaron este grupo de guardias civiles con la satisfacción del deber cumplido, de haber hecho todo lo posible para sacarlos de allí. «En ese momento no sabíamos nada de su estado, que estaban graves y nos temíamos la peor de las noticias», reflexiona Garre, «el resto quedaba en manos de los médicos».

Experiencia

Las labores de rescate y evacuación alargaron el servicio de los agentes y cuando la jornada se acabó, tocaba el turno de volver a casa. «Cuando te levantas es cuando dices 'Madre mía, lo que ha pasado'», manifiesta Rafael, «no somos conscientes aún después de los días, el esfuerzo que hicimos es abismal», apostilla. Tanto él como Manuel no han vivido una situación similar, algo que sí que vivió el sargento Pedro Garre, con las inundaciones de Almería y Murcia en 2012. «Siempre tienes miedo, porque eso es lo que da protección, pero en el momento del incendio, cuando más lo sentí fue cuando íbamos en el coche, veías los árboles ardiendo por las llamas, podía volcarse», explica.

Cerca de un terreno reducido a cenizas el guardia civil Manuel Moyano mira al frente, todo está desolado, sin embargo, lo tiene claro: «La satisfacción que me queda en este instante es que esas personas, cuando nos vieron aparecer, lo que vieron fue un uniforme de la Guardia Civil», explica. Lo llevan marcado en el corazón desde antes, incluso, de entrar a la academia, es «el espíritu benemérito», sentencia. A su lado, Rafael Zea mantiene la esperanza de que contactarán con los heridos tan pronto salgan de su estado de gravedad: «Van a salir y vamos a volver a verlos», aseguran los protagonistas que no olvidarán nunca las caras de los turistas británicos.

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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