- JUANDE PORTILLO Nueva York
El nuevo propietario del edificio inicia una amplia reforma para aprovechar el boom de las oficinas de lujo y estudia reabrir su mirador. El arquitecto diseñó en secreto su emblemática aguja para convertir al edificio en el más alto del mundo.
“Para entender a Nueva York en su totalidad, para hacerse de él una idea realmente sintética, haría falta ser un genio, y, por si uno no lo es, más vale que se gaste cincuenta centavos y suba al edifico de Mr. Chrysler”, aconsejaba en una de sus célebres crónicas el periodista español Julio Camba, que en 1934 la recopiló en el libro La Ciudad Automática junto a otros textos de su segunda corresponsalía en la Gran Manzana. Desafortunadamente para quien sigue intentando leer esta ciudad, Celestial, el mirador público de la planta 71 del majestuoso rascacielos, lleva cerrado desde 1945. Más de 80 años después, y al borde del centenario de su construcción, el reciente cambio de manos del emblemático edificio podría conllevar la reapertura de un mirador, explican sus porteros al curioso, entre otras grandes transformaciones de una de las figuras más icónicas del skyline de Manhattan.
La historia del Edificio Chrysler es la de la búsqueda de la posteridad y lo efímero de la gloria. El magnate automovilístico Walter Chrysler (1883-1954) encargó al arquitecto William van Allen la construcción del edificio habitado más alto del mundo para acoger su sede en 1929. Con la obra ya avanzada, sin embargo, descubrieron que el cuartel general del Banco de Manhattan, que también se estaba levantando en ese momento, lo iba a superar por unos centímetros. Emprendieron entonces la llamada carrera hacia el cielo. Junto a los motivos automovilísticos que decoran el fantástico edificio art déco, como las célebres gárgolas con forma de águila que emulan las del capó del modelo Plymouth, el arquitecto diseñó una aguja, inspirada en el radiador de los coches, de 56 metros de altura, que construyó en absoluto secreto dentro de la majestuosa cúpula del edificio. La punta de lanza se izó sorpresivamente sobre los 77 pisos a última hora y quedó instalada en solo 90 minutos a la vista de los neoyorquinos, elevando la altura final del edificio hasta los 319 metros de altura. Se convirtió así en la estructura construida por el hombre más alta de todo el planeta, superando incluso a la torre Eiffel.
Apenas hubo tiempo para celebrarlo. Era octubre de 1929, y el inmediato crack bursátil ensombreció un récord que el Chrysler no llegó a conservar ni un año. A pocas manzanas de allí, John Raskob, director financiero de General Motors, culminó en 1930 su propio edificio, el Empire State Building, con 102 plantas hábiles y una antena que llega a los 443 metros. Su mirador no tardó en arrebatar los visitantes del Chrysler, que acabó cerrando el suyo.
El edificio, no obstante, vivió décadas de gloria. Su fastuoso hall de mármol se convirtió en sala de exposición de los automóviles de la marca, albergó la sede de la Western Union, y se convirtió en uno de los iconos de la ciudad. En 2008, el fondo de inversión de Abu Dabi adquirió el edificio por 800 millones de dólares, según The New York Times. Para 2019, sin embargo, la inmobiliaria austriaca Signa y la promotora neoyorquina RFR lo compraron por 150 millones, denotando una creciente degradación que, junto al teletrabajo impuesto por la pandemia, acabó hundiendo en la insolvencia a sus nuevos propietarios, después de que la mitad de las instalaciones quedasen desiertas.
Ahora, la firma inmobiliaria Tishman Speyer acaba de hacerse con el inmueble con una inversión de 235 millones que incluye ambiciosos acuerdos de renovación que van desde el pulido de su emblemática cúpula, a la renovación de los ascensores o la reapertura de una terraza exterior, reservada eso sí a los inquilinos. Alrededor se proyectan servicios de bienestar, fitness, restauración y, ante todo, un lavado de cara a las instalaciones que permita sacar partido al boom de las oficinas de lujo que vive actualmente la ciudad.
La apuesta por devolver su antiguo esplendor al Chrysler es a largo plazo. Tishman Speyer (que ya tuvo el edificio en 1997 y fue quien lo vendió a Abu Dabi) ha llegado a un pacto de arrendamiento del terreno bajo el edificio, que pertenece a la universidad privada Cooper Union, por 150 años.
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