En la aviación moderna, cada aparato lleva una “matrícula digital” única que lo identifica ante el mundo en tiempo real. Tiene todo el sentido. Es un sistema pensado para aportar transparencia y seguridad, pero también demuestra una paradoja de lo más inquietante: lo que aparece en una pantalla no siempre es lo que realmente está volando.
China lo acaba de poner en práctica.
Un pájaro, un caza o un dron. Una investigación de Reuters ha desvelado que, desde el pasado mes de agosto, al menos 23 vuelos sobre el mar de China Meridional han sido registrados bajo el indicativo YILO4200, asociado a un dron militar chino de larga autonomía, aunque las señales que emitía contaban otra historia.
Ocurre que en los radares civiles aparecía como un carguero bielorruso sancionado, también como un caza Typhoon británico, como un avión norcoreano o incluso como un jet ejecutivo occidental. No se trataba de errores puntuales ni de fallos de programación. Era una suplantación deliberada de identidades aéreas mediante la manipulación de los códigos de transpondedor de 24 bits que identifican posición, rumbo y velocidad.
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“Nunca habíamos visto algo así”. Contaba el medio que los analistas de inteligencia abierta y responsables de plataformas de seguimiento aéreo coincidieron en algo poco habitual: este patrón no tenía precedentes. No era el clásico dron volando “en oscuro” sin emitir señal.
Era justo lo contrario. Volaba mostrando una identidad falsa, cambiándola incluso en pleno trayecto, probando en tiempo real hasta qué punto podía “ensuciar” el cuadro aéreo. “Nunca habíamos visto algo así”, resumió uno de los expertos que analizó los datos. No parecía un accidente ni una anomalía técnica. Parecía un ensayo consciente de engaño operativo.
La ilusión óptica definitiva. El dron, identificado como un Wing Loong 2 con 20 metros de envergadura, despegaba desde Hainan y trazaba patrones en forma de estrella o reloj de arena durante horas sobre zonas sensibles, incluidas rutas navales y áreas frecuentadas por submarinos.
En una de las misiones alternó la identidad de un Typhoon de la RAF con la de otros tres aparatos en apenas veinte minutos antes de “aterrizar” virtualmente como el avión bielorruso. En otra ocasión se hizo pasar por ese mismo carguero mientras el aparato real despegaba simultáneamente en Europa.
Era una ilusión óptica aérea en toda regla sostenida durante meses.
Taiwán como telón de fondo. No solo eso. Al parecer, las trayectorias no eran aleatorias. Muchas se proyectaban hacia el canal de Bashi, punto crítico entre Taiwán y Filipinas, y al superponerse sobre un mapa de la isla atravesaban áreas de interés militar alrededor de Taipéi y su costa sur.
De hecho, también rozaban bases estadounidenses y japonesas en Okinawa y las Ryukyu. No se trataba solo de vigilancia. El patrón sugiere, por tanto, un ensayo digital para un escenario mayor, una prueba de cómo generar confusión en los primeros compases de una crisis en el estrecho.
Confusión en milisegundos decisivos. Recordaban en la investigación que, en conflictos altamente automatizados, los milisegundos pueden separar la detección del disparo.
Introducir ruido, identidades falsas y ecos contradictorios puede retrasar decisiones críticas y saturar cadenas de mando. Aunque el enmascaramiento difícilmente engañaría por completo a radares militares avanzados, sí puede sembrar dudas, ocultar misiones de inteligencia o alimentar operaciones de desinformación. La clave no es tanto desaparecer. Es parecer otra cosa.
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Si China invade, el aviso podría ser una ficción. De fondo, la idea más inquietante no es solo que un dron haya estado ocho meses disfrazado delante de los radares de Taiwán. Es más bien que esa capacidad haya sido probada con paciencia, repetición y aparente impunidad.
Si se quiere, si finalmente China decide ir más allá en Taiwán, ni siquiera la propia isla se va a dar cuenta en el primer instante de qué está viendo en sus pantallas. Porque a partir de ahora, lo que aparezca podría no ser lo que realmente vuela. Y esa es la verdadera revolución del movimiento: una posible invasión que empieza, no con misiles, sino con una identidad falsa parpadeando en el radar.
Un “aliado” que se acerca y que en realidad no lo es tanto.
Imagen | 中文(臺灣):中華民國總統府, Mztourist -
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La noticia
"Nunca vimos algo así": si China invade Taiwán, Taiwán no se va a dar cuenta porque un dron lleva meses disfrazado de ilusión óptica
fue publicada originalmente en
Xataka
por
Miguel Jorge
.
"Nunca vimos algo así": si China invade Taiwán, Taiwán no se va a dar cuenta porque un dron lleva meses disfrazado de ilusión óptica
La idea inquietante no es solo que un dron haya estado disfrazado. Es que esa capacidad haya sido probada con paciencia, repetición y aparente impunidad
En la aviación moderna, cada aparato lleva una “matrícula digital” única que lo identifica ante el mundo en tiempo real. Tiene todo el sentido. Es un sistema pensado para aportar transparencia y seguridad, pero también demuestra una paradoja de lo más inquietante: lo que aparece en una pantalla no siempre es lo que realmente está volando.
China lo acaba de poner en práctica.
Un pájaro, un caza o un dron. Una investigación de Reuters ha desvelado que, desde el pasado mes de agosto, al menos 23 vuelos sobre el mar de China Meridional han sido registrados bajo el indicativo YILO4200, asociado a un dron militar chino de larga autonomía, aunque las señales que emitía contaban otra historia.
Ocurre que en los radares civiles aparecía como un carguero bielorruso sancionado, también como un caza Typhoon británico, como un avión norcoreano o incluso como un jet ejecutivo occidental. No se trataba de errores puntuales ni de fallos de programación. Era una suplantación deliberada de identidades aéreas mediante la manipulación de los códigos de transpondedor de 24 bits que identifican posición, rumbo y velocidad.
“Nunca habíamos visto algo así”. Contaba el medio que los analistas de inteligencia abierta y responsables de plataformas de seguimiento aéreo coincidieron en algo poco habitual: este patrón no tenía precedentes. No era el clásico dron volando “en oscuro” sin emitir señal.
Era justo lo contrario. Volaba mostrando una identidad falsa, cambiándola incluso en pleno trayecto, probando en tiempo real hasta qué punto podía “ensuciar” el cuadro aéreo. “Nunca habíamos visto algo así”, resumió uno de los expertos que analizó los datos. No parecía un accidente ni una anomalía técnica. Parecía un ensayo consciente de engaño operativo.
La ilusión óptica definitiva. El dron, identificado como un Wing Loong 2 con 20 metros de envergadura, despegaba desde Hainan y trazaba patrones en forma de estrella o reloj de arena durante horas sobre zonas sensibles, incluidas rutas navales y áreas frecuentadas por submarinos.
En una de las misiones alternó la identidad de un Typhoon de la RAF con la de otros tres aparatos en apenas veinte minutos antes de “aterrizar” virtualmente como el avión bielorruso. En otra ocasión se hizo pasar por ese mismo carguero mientras el aparato real despegaba simultáneamente en Europa.
Era una ilusión óptica aérea en toda regla sostenida durante meses.
Taiwán como telón de fondo. No solo eso. Al parecer, las trayectorias no eran aleatorias. Muchas se proyectaban hacia el canal de Bashi, punto crítico entre Taiwán y Filipinas, y al superponerse sobre un mapa de la isla atravesaban áreas de interés militar alrededor de Taipéi y su costa sur.
De hecho, también rozaban bases estadounidenses y japonesas en Okinawa y las Ryukyu. No se trataba solo de vigilancia. El patrón sugiere, por tanto, un ensayo digital para un escenario mayor, una prueba de cómo generar confusión en los primeros compases de una crisis en el estrecho.
Confusión en milisegundos decisivos. Recordaban en la investigación que, en conflictos altamente automatizados, los milisegundos pueden separar la detección del disparo.
Introducir ruido, identidades falsas y ecos contradictorios puede retrasar decisiones críticas y saturar cadenas de mando. Aunque el enmascaramiento difícilmente engañaría por completo a radares militares avanzados, sí puede sembrar dudas, ocultar misiones de inteligencia o alimentar operaciones de desinformación. La clave no es tanto desaparecer. Es parecer otra cosa.
Si China invade, el aviso podría ser una ficción. De fondo, la idea más inquietante no es solo que un dron haya estado ocho meses disfrazado delante de los radares de Taiwán. Es más bien que esa capacidad haya sido probada con paciencia, repetición y aparente impunidad.
Si se quiere, si finalmente China decide ir más allá en Taiwán, ni siquiera la propia isla se va a dar cuenta en el primer instante de qué está viendo en sus pantallas. Porque a partir de ahora, lo que aparezca podría no ser lo que realmente vuela. Y esa es la verdadera revolución del movimiento: una posible invasión que empieza, no con misiles, sino con una identidad falsa parpadeando en el radar.
Un “aliado” que se acerca y que en realidad no lo es tanto.