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Objeción de conciencia: un espíritu que revive en el 'No a la guerra'

Objeción de conciencia: un espíritu que revive en el 'No a la guerra'
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A partir de los setenta la negativa a hacer la mili fue calando entre los jóvenes: desde activistas por la no violencia, a los que no querían hacer un parón en su vida

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Antonio Arjona y Antonio Ruiz, en la sede de SUR, con documentación que han reunido de su época de activistas contra la mili. Pedro J. Quero 25 años del final de la mili Objeción de conciencia: un espíritu que revive en el 'No a la guerra'

A partir de los setenta la negativa a hacer la mili fue calando entre los jóvenes: desde activistas por la no violencia, a los que no querían hacer un parón en su vida

Cristina Vallejo

Lunes, 13 de abril 2026, 00:27 | Actualizado 00:33h.

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Para la mayoría la reivindicación acabó con el fin del servicio militar obligatorio, pero para ellos fue un triunfo incompleto, porque un ejercito profesionalizado vino acompañado del «aumento de los gastos militares». Pioneros en la provincia de la 'no violencia', Antonio Arjona y Antonio Ruiz valoran con algo de amargura aquello que ocurrió en el año 2001 y que irónicamente promovió un gobierno conservador, el de José María Aznar, y no los varios previos que habían comandado los socialistas: «A nosotros quién tomara la decisión nos daba igual. A quien le debería haberle dado vergüenza era al PSOE y a la izquierda que en su momento no lo hizo. Nosotros para la izquierda siempre fuimos un grano en el culo. El PSOE, cuando estaba en la oposición, tenía un cuadernillo sobre la gestión de la objeción de conciencia con la que nosotros estábamos satisfechos, pero después, cuando llegaron al Gobierno, comenzaron a cambiar. En realidad, cuando se quitó la mili no se terminó el problema del todo. Para nosotros sí desapareció la amenaza de tener que hacer el servicio militar, pero la sociedad tenía un problema mayor, y es que los gastos militares se incrementaban», explican, completándose las frases el uno al otro.

La Historia y sus historias

Estos dos Antonios, en una sala de reuniones de SUR con cientos de recortes y documentación de la época desplegados por toda la mesa, reconstruyen primero la Historia con mayúsculas y después su historia personal. La primera cuenta que, si bien un primer gran movimiento contra el servicio militar ocurrió en 1909, que dio lugar a la Semana Trágica de Barcelona, los primeros casos de estricta objeción de conciencia tuvieron lugar en el año 1959 y los protagonizaron dos testigos de Jehová que fueron condenados hasta los 38 años, cuando en aquel entonces acababa la edad militar. Después, en 1967, un grupo de amigos de la Comunidad del Arca, organización de inspiración cristiana y seguidora de Gandhi, en Barcelona, organizaron un campamento sobre la no violencia y plantearon de manera más reivindicativa su oposición a la militarización de la sociedad. En las postrimerías del régimen, varios jóvenes en edad militar pusieron en práctica un servicio civil en un barrio deprimido L'Hospitalet de Llobregat como sustitutivo de la mili, pero tal cosa no se les aceptó, fueron a la cárcel y sólo saldrían en libertad gracias al indulto de 1976. Ese mismo año una nueva ley únicamente reconoció la objeción de conciencia por motivos religiosos; respecto a ella, el rechazo de los objetores fue total y en 1977 nació oficialmente el MOC, el Movimiento de Objeción de Conciencia. El Gobierno respondió con el anuncio de una prórroga temporal para los objetores de conciencia hasta que se elaborara una ley definitiva al efecto cuya aprobación no tendrá lugar hasta 1984.

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Antonio Arjona Pedro J. Quero

«El primer grupo de objetores que se formó en Málaga trabajó en hospitales. Nosotros queríamos prestar algún servicio a la sociedad, pero no al Estado»

Pero esta nueva norma tampoco gustó al movimiento. En primer lugar, porque consideraba que no reconocía el derecho a ser objetor de conciencia: se contemplaba como una mera excepción a la obligación general de hacer el servicio militar. Y, respecto a la prestación social sustitutoria que exigía para quienes no hacían la mili, opinaba que en realidad suponía una fuente de mano de obra barata para muchas organizaciones que podrían estar creando puestos de trabajo bien remunerados. «Se estaba en contra de todo eso: yo podía querer hacer una prestación social, pero me oponía a que me obligara el Estado a hacerla como una alternativa al servicio militar. Eso implicaba que no se reconocía el derecho a ser objetor de conciencia por no querer participar en el tinglado militarista y en el tinglado del armamento. Casi todos los objetores de conciencia hacíamos una prestación social voluntariamente en los barrios. De hecho, el primer grupo de objetores que se formó en Málaga trabajó en hospitales. Nosotros queríamos prestar algún servicio a la sociedad, pero no al Estado», explican. Recuerdan, por ejemplo, que el movimiento, capitaneado por Pepe Beunza, inició la campaña 'Voluntariado para el Desarrollo' y presentó firmas en el Parlamento para que se reconociera como alternativa a la mili; o que en L'Hospitalet un grupo de objetores puso en marcha un servicio civil voluntario autogestionado y que también fue apresado.

De la negativa a hacer el servicio militar y también el social sustitutorio que imponía la ley a cambio nació el movimiento insumiso. Por eso la palabra «Insumisión» aparecía en pintadas por los muros de toda España.

Antonio Arjona y Antonio Ruiz nunca llegaron a ser insumisos. Fueron objetores. Arjona explica cómo fue el proceso hasta hacerse objetor. En el instituto tuvo un profesor de 'Formación del Espíritu Nacional' en la última etapa del franquismo un poco inusual porque en lugar de impartir tal materia propagandística de la dictadura enseñaba historia del pensamiento político. Luego, en el Hospital Civil, cuando estudiaba Enfermería, vivió en un «ambiente revolucionario»: «La universidad se levantó contra el régimen. Todos los ámbitos laborales se levantaron y todo el mundo apoyaba a todo el mundo, es decir, si nosotros estábamos estudiando y había una huelga de trabajadores, nos poníamos en huelga también. Este es el contexto en el que nace la objeción de conciencia», explica Arjona. Aunque confiesa que en realidad conoció el movimiento en un grupo parroquial al que un día llegó un objetor del grupo de no violencia al que se uniría: «Cuando me plantean la objeción de conciencia, eso iba con mis principios, con mi forma de entender la vida y las relaciones de la gente. No podemos ir aplastando al otro, tenemos que colaborar, desarrollar el apoyo mutuo... Ahí es donde yo opto por la objeción».

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Antonio Ruiz Pedro J. Quero

«Fui a la Universidad para hacerme perito y pronto caló en mí el espíritu de no violencia que bullía en el ambiente»

¿Cómo se lo tomaron en su casa? Cuenta que su padre, que en democracia siempre votó al socialismo, no quería que se metiera en líos. Y, por su experiencia durante la dictadura, pensaba que involucrarse en política era sinónimo de meterse en problemas, así que parece que no le hizo mucha gracia.

Antonio Arjona cumplió con parte del ritual que le encaminaba al servicio militar y se talló con 19 años, en 1976. Como estaba en la Universidad, pidió prórrogas por estudios hasta 1979. En 1980, por sorteo, le tocó hacer la mili San Fernando. Fue y dijo allí que con él no contaran. Como estaba en vigor la orden de Gutiérrez Mellado de que hasta que no hubiera ley, a los objetores se les diera una prórroga especial, no tuvo más problemas que la incertidumbre respecto a qué texto presentaría el Gobierno y qué se votaría en el Congreso. Así que Arjona empezó a hacer su vida, se puso a trabajar de enfermero, se casó… siempre con el runrún de la mili pendiente. Cuando se aprobó la norma, no volvió a saber nada del Ejército.

Lo mismo le sucedió a su compañero Antonio Ruiz. Él explica que presentó una declaración de objetor de conciencia con otros compañeros en paseo de la Farola, donde estaba la Marina, y tampoco volvió a saber nada más de la cuestión: «Ni me llamaron, ni me mandaron ninguna carta diciendo que tenía que presentar cualquier documentación, ni nada». Ruiz explica que llegó de su pueblo a la Universidad de Málaga para hacerse perito y se politizó rápidamente en el ambiente que bullía en esa época: caló en él el ansía de justicia, de la no violencia, y «un principio básico: no hay que matar a la gente».

La lucha de los objetores, aunque con prolegómenos anteriores, comenzó en serio en los años setenta, se extendió durante los ochenta, incluso ley mediante, y duró hasta que en 2001 el Gobierno eliminó la mili de forma efectiva, si bien la norma que marcaba la total profesionalización del Ejército databa de 1999. Sus ecos llegan hasta el presente. Durante la concentración contra la guerra que se convocó en Málaga el pasado 7 de marzo, cuando rememoraron su historia, hacían alusión a que esa protesta y el 'No a la Guerra' –la de Irak– de hace más de veinte años tienen su origen en la semilla del antibelicismo que sembró el movimiento de la objeción.

Movilizaciones «originales»

Saltan de un tiempo a otro y en un punto de la conversación se detienen en las formas de organización y de reivindicación que utilizaba el movimiento objetor: «Hemos sido de lo más originales y nos han copiado muchas cosas. Una de las primeras acciones que hicimos por toda España fue subirnos a cabinas telefónicas con pancartas. Hemos hecho desfiles militares vestidos con bolsas de basura, nos hemos encadenado en el gobierno militar, nos hemos paseado por las calles vestidos de presos. Normalmente nuestras manifestaciones no eran masivas, ni a base de gritos, pero intentábamos interpelar a la gente, no asustarla, sino entrar en contacto. Desde nuestra óptica no violenta, una acción debía servir para que la gente terminara formando parte de ella, así que teníamos a personas en la movilización encargadas de abrir conversación e incorporar a los paseantes», explican.

Los dos Antonios, que eran activistas del movimiento, ocuparon la sede del PSOE de Málaga y les sacaron a rastras de ahí: «Hacíamos defensa pasiva, nos quedábamos quietos, no nos movíamos y tenían que arrastrarnos». También desarrollaron trabajosas campañas para la objeción fiscal, es decir, para tratar de detraer de la factura de la Declaración de la Renta la proporción que se calcula que va destinada al Ministerio de Defensa. El procedimiento era verdaderamente laborioso, porque conllevaba rellenar el formulario, incluir una deducción por la partida que calcularan que no tenían que pagar y remitir una carta a la Agencia Tributaria con toda la documentación.

Contexto europeo

Con cada vez más conflictos bélicos, hay gobiernos en Europa que han planteado la posibilidad de volver a instaurar un servicio militar obligatorio. ¿Qué opinan estos objetores? «Que haya un ejército no sirve para nada y lo que nos están vendiendo es que tenemos que gastar más en Defensa», comentan. Su concepto 'no violencia' es muy amplio:no se queda en el «no a la guerra» que acaba de resucitar después de más de veinte años, a raíz del ataque perpetrado por Israel y Estados Unidos contra Irán que ha vuelto a desestabilizar a todo Oriente Medio. «Tú puedes ser pacifista en un momento dado porque estás en contra de una guerra en concreto, pero quien es no violento va más allá y está en contra de toda violencia, no solamente la físíca, sino también la estructural», explican, completándose las frases el uno al otro.

Confiesan que se emocionaron con esas manifestaciones multitudinarias del 'no a la guerra' tras la invasión de Irak y con las nuevas movilizaciones con el mismo lema contra la campaña militar de Netanyahu y Trump en Oriente Próximo. Creen que ambas son herederas del espíritu no violento de los objetores. Pero también de la propia historia de España: «Éste es un país marcado por la guerra civil: nuestros padres y nuestros abuelos nos han transmitido eso, que no queremos más guerras. Ése es el espíritu general».

Pero les planteamos si se puede ser siempre no violento: ¿Qué hacer ante un golpe de Estado o cuando hay una invasión, como la de la Alemania de Hitler sobre Polonia o la Rusia de Putin contra Ucrania? Contestan que una persona no violenta reacciona, por ejemplo, organizando la atención a los heridos, garantizando el alimento a la población… «Trabajaríamos en otro ámbito, pero nosotros no vamos a coger un fusil ni a pegar tiros», afirman, para zanjar la cuestión con el mensaje más utópico de todos: «Los ejércitos gastan miles de millones de euros en prepararse para la guerra. ¿Cuánto nos gastamos para organizar la defensa popular no violenta?». Y dejan en el aire un caso para el estudio y la reflexión: la reacción del pueblo checoslovaco tras la invasión soviética en 1968, la Primavera de Praga.

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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