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¿Cómo narrar aquello que, en el momento de suceder, carece de forma y de palabras? En 'Oxígeno', Marta Jiménez Serrano (Madrid, 1990) trata de responder a esta pregunta relatando un episodio que la llevó a estar al borde de la muerte, con ... el lenguaje y la voluntad borrados, con la vida a punto de estarlo.
La intoxicación por monóxido de carbono que sufrió junto a su pareja, provocada por la mala combustión de una caldera de gas, es el punto de partida; alrededor, el libro se despliega como una reconstrucción minuciosa de lo ocurrido, tanto en lo físico —el cuerpo que falla, la pérdida de conciencia, la llegada del oxígeno como salvación— como en lo emocional.
Pero el relato no se limita a la crónica del accidente: salpicado de escenas —algunas infantiles, otras de su vida adulta o del inicio de su relación de pareja— y de breves reflexiones ensayísticas sobre la respiración, el cuerpo, la ansiedad y la capacidad de la mente para fabricar escenarios catastróficos, 'Oxígeno' se expande en muchas direcciones: lo despiadado que se ha vuelto el acceso a una vivienda —qué gráfico es todo lo que tienen que tragar para que les alquilen un piso—, las mudanzas constantes, la dificultad para pensar en una casa «para siempre», la vida compartida en espacios provisionales o la inestabilidad laboral dibujan un retrato reconocible de una generación marcada por la precariedad, atravesada por la falta de arraigo y la imposibilidad de proyectarse a largo plazo en una sociedad que, por otro lado, obliga a ser feliz todo el tiempo.
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O, al menos, a esconder la tristeza. Porque la tristeza, la enfermedad o la muerte generan incomodidad, explica la autora. El entorno reacciona con silencios, miradas desviadas o directamente desaparece: el dolor se gestiona en privado para no alterar el orden de lo cotidiano ni forzar a los demás a enfrentarse a algo que no saben cómo manejar.
El dolor, además, aparece como algo que descoloca el lenguaje. Durante la intoxicación, la narradora insiste en la dificultad de nombrar lo que le ocurre: el cuerpo duele, pero el dolor no se deja organizar en un relato claro. De ahí la sensación recurrente de irrealidad: los hechos carecen de una gramática comprensible. Esta imposibilidad de narrar con orden es ya una forma de incertidumbre que perturba al no disponer de un marco lógico para entender lo que está pasando.
La autora rehúye, con acierto, la épica del sufrimiento: la experiencia no ha sido ennoblecedora
La autora rehúye, con acierto, la épica del sufrimiento: la experiencia no ha sido ennoblecedora, el dolor no ilumina ni transforma; simplemente duele, incomoda, interrumpe. No se presenta como una heroína ni como víctima ejemplar, sino como alguien atravesada por un episodio difícil de encajar, no sólo por lo sucedido, sino por la falta de moral de quien lo ha provocado con su irresponsabilidad.
Como en sus libros anteriores, destaca en 'Oxígeno' la calidad de la prosa, sobria y exacta, capaz de combinar registros de un modo muy natural, sin que se noten las costuras. La escritura es contenida, muy consciente del ritmo y del peso de cada frase, y logra transmitir estados complejos —el miedo, la desorientación, la asfixia— con una claridad que no simplifica la experiencia. 'Oxígeno' demuestra que decir lo justo puede ser la forma más precisa de decirlo todo.
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