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Périgord negro: un viaje a la prehistoria con sabor a trufa

Périgord negro: un viaje a la prehistoria con sabor a trufa
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Espectaculares cuevas patrimonio de la humanidad, castillos de ensueño y pueblos medievales se extienden por una tierra famosa por sus manjares culinarios.
Périgord negro: un viaje a la prehistoria con sabor a trufa

Espectaculares cuevas patrimonio de la humanidad, castillos de ensueño y pueblos medievales se extienden por una tierra famosa por sus manjares culinarios.

Regala esta noticia Añádenos en Google El castillo de Castelnaud desde el río Dordoña. (Virginia Carrasco)

Virginia Carrasco

Madrid

19/06/2026 a las 00:06h.

Hay una zona en el suroeste de Francia que se viste de colores todo el año: verde, blanco, púrpura y negro. Es el Périgord, un territorio en la región de Nueva Aquitania que hoy en día coincide con el departamento de Dordoña. De todos ellos, el Périgord negro, llamado así por las sombras de sus bosques de encinas y su tierra marinada con trufas, es el más turístico, el más antiguo históricamente y el que inició esta clasificación cromática a finales del siglo pasado. No es casualidad que el Negro sea el más visitado de los cuatro: ofrece castillos fortificados, ciudades medievales perfectamente conservadas y una de las mayores representaciones de arte prehistórico de Europa que le convierten en el paraíso para los amantes de las cuevas y grutas.

  1. La 'Tierra de los 1001 castillos'

El sobrenombre que se le dio a Périgord, consecuencia directa de la Guerra de los 100 años que se luchó en su territorio, hace difícil escoger cuál de ellos visitar. Para abrir boca se puede ver el castillo de Biron, uno de los más grandes e impresionantes de la zona. Perteneció durante casi mil años a la misma familia, los Gontaut-Biron, y en un paseo por su torre del homenaje, el patio de honor o su iglesia se puede apreciar la evolución arquitectónica de una fortaleza medieval hacia las comodidades de una residencia más renacentista. Con una entrada combinada que merece la pena, se puede ver también el claustro de Cadouin, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. El claustro del siglo XV es una obra maestra del gótico flamígero y forma parte de una abadía cisterciense con raíces en el siglo XII. Parada del Camino de Santiago, ofrece a visitantes y peregrinos disfrutar de las tallas de los capiteles, la rareza de sus esculturas colgantes o simplemente el deambular tranquilo por las soleadas galerías.

Arte parietal en el interior de Lascaux IV, réplica exacta de la cueva original. (Virginia Carrasco)

Si Lascaux es considerada la joya de la corona por sus pinturas, hay otras cuevas en la zona, como la Grand Roc, que son obras de arte de la naturaleza. La variedad y cantidad de cristalizaciones minerales que se puede observar en su interior la hacen digna de cualquier visita, con formaciones únicas de estalactitas, estalagmitas o excéntricas, vistas además a muy corta distancia. La ruta prehistórica por el valle del Vézère se puede completar con la Roca de Saint-Christophe, un acantilado de 80 metros de altura con terrazas naturales que estuvo habitado casi ininterrumpidamente desde la prehistoria hasta el renacimiento, con una ciudad troglodita primero y un fuerte medieval después. Por la zona hay sitios interesantes para descansar y comer, como el restaurante Le 1862, con estrella Michelín, o el hotel Les Glycines.

  1. Sarlat, patrimonio de película y gastronomía

Sarlat-la-Canéda, conocido popularmente como Sarlat, es, además de la capital del Périgord Negro, un lugar imprescindible a visitar. Puede presumir de ser la ciudad de Europa con mayor número de monumentos históricos protegidos por metro cuadrado: 68 edificios en tan solo 11 hectáreas. Gracias a ello, pasear por su casco histórico es un viaje a un pasado medieval con palacetes y torres nobiliarias. Sus callejuelas adoquinadas esconden tesoros como la catedral, con uno de los órganos mejor conservados del siglo XVI, la misteriosa 'Linterna de los muertos', edificio de pasado templario cuya finalidad aún se desconoce hoy en día o la iglesia de Santa María, reconvertida en sede de un ascensor panorámico con vistas de 360 grados a la ciudad y en mercado cubierto con puertas de 15 metros de altura diseñadas por Jean Nouvel, un regalo del famoso arquitecto a su ciudad natal. Y es que la gastronomía juega un papel fundamental en Sarlat. Su mercado al aire libre es uno de los más famosos de Francia. Celebrado los miércoles y los sábados, disemina por sus calles puestos con todo tipo de productos locales, desde nueces y miel, pasando por la trufa o el foie gras, y terminando por el confit o magret de pato. El restaurante Le Bistrot, a los pies de la casa natal del filósofo Étienne de La Boétie, es una apuesta segura para degustar sus platos tradicionales.

Arriba, el famoso mercado al aire libre de Sarlat. Abajo a la izquierda, La Linterna de los Muertos. A la derecha, vistas de la ciudad desde el ascensor panorámico de la iglesia de Santa María.. (Virginia Carrasco)

Por su ubicación, Sarlat también puede servir como punto base desde el que explorar la región. Hay planes para todos los gustos y edades en un radio de menos de 20 kilómetros. Están los jardines suspendidos de Marqueyssac, plantados hace siglo y medio sobre un acantilado a 150 metros de altura. Sus 150.000 setos, podados todos ellos a mano por seis jardineros, forman figuras geométricas perfectas que hacen las delicias de cualquiera al que le guste la armonía y la botánica. No hay que irse de allí sin probar sus helados artesanos de pétalo de rosa y acacia. Y es que los gourmets están en su salsa en el Périgord. Si lo que se busca es algo diferente, a la vez que gastronómico, se puede visitar la piscifactoría de Caviar Perle Noire, y degustar las huevas de sus esturiones. Se aprenderán los secretos de una exquisitez que tarda diez años en producirse y que situó a Francia como el tercer productor mundial de caviar antes de la pandemia, después de China e Italia. Para vivir la experiencia completa, se puede participar en el 'cavage', o la búsqueda de la trufa, en el Domaine de Vielcroze, donde hacen demostraciones con una perra entrenada y se profundiza de la mano de expertos en las particularidades de su icónico 'oro negro'.

Arriba, varios ejemplares de trufa blanca, propia de la época estival. A la izquierda, el pueblo de La Roque-Gageac, uno de los más bonitos de Francia. A la derecha, una cabaña de Breuil con las típicas 'lauzes' en su tejado. . (Virginia Carrasco)

En las cabañas de Breuil se observa de primera mano las 'lauzes', piedras calizas típicas de la región que se usan en los tejados. Es increíble poder apreciar a la altura de los ojos el encaje milimétrico de unas losas sobre otras en este oficio artesano que no utiliza mortero ni cemento para mantener su estabilidad y está considerado patrimonio inmaterial por la Unesco. Y si lo único que apetece es un plan de relax, la escapada a La Roque-Gageac está a la orden del día. El pueblo, considerado uno de los más bonitos de Francia, está encajado entre un acantilado y el río Dordoña, desde cuyas aguas se tienen las mejores vistas. Nada como un paseo a bordo de una gabarra, embarcación tradicional que antiguamente transportaba mercancías, para dejarse mecer en un río a cuyas orillas se practican deportes acuáticos y se vislumbran castillos como el de Castelnaud.

Cerca de la frontera y accesible en coche a dos hora desde Burdeos o Touluse, el Périgord Negro se convierte en un destino por descubrir que asombrará.

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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